La mala más buena de Cuba

Entrevista con Verónica Lynn, excelente actriz de radio y televisión.

altPor Rosa Blanca Pérez

“Contrariamente a lo que tal vez todo el mundo piensa, mis primeros pasos en la actuación no los di en el teatro, sino en la televisión”. Así comienza esta conversación con Verónica Lynn, y de tanto saberla dueña y señora de los escenarios en Santa Camila de la Habana Vieja, Aire frío, ¿Quién le teme a Virginia Wolf? o El último bolero, esa primera confidencia suya resulta sorprendente. ¿Cómo fueron entonces esos comienzos?

“Fueron en un programa televisivo que tenía a inicios de los años cincuenta Gaspar Pumarejo, y que contaba con un espacio para los aspirantes a cantantes, actrices y actores. Yo, que desde niña tanto había visto actuar a Shirley Temple en sus películas, sentía una gran inquietud por ser actriz y por demostrarme que podía serlo. Por eso a escondidas de mi familia hice mi solicitud y me presenté a esa competencia, que era como una prueba de aptitud, pero al aire y en vivo. Me tocó representar a una muchacha burlada por un hombre casado. Era solamente una escena, muy melodramática por cierto, que compartí con un conocido actor de teatro llamado Manuel Pereiro. Él hacía de mi padre”.

-Como es de suponer que los resultados de la prueba fueron satisfactorios.

Sí, salí airosa de aquella prueba, lo cual me posibilitaba formar parte del elenco dramático de ese canal, donde recuerdo por ejemplo haber participado como dos o tres veces en un programa humorístico con Juan Carlos Romero; en una puesta en pantalla de Don Juan Tenorio, donde hice la Ana Pantoja; en otro drama en el que representé a una mujer del bajo mundo, testigo de un asesinato. Usaba en ese papel una boina de medio lado y durante el juicio en el que debía testificar le preguntaba a los jueces en un tono entre gracioso e insolente: “¿Dónde me pongo?”. Ese fue el personaje más importante que hice entonces, y con mucha aceptación del público. Después interpreté a la criada en “La Dama de las Camelias” y también actué en “El Pájaro Azul”.

-La televisión de inmediato le permitió demostrarse a sí misma y al público que podía ser actriz. ¿Cómo es que entonces se vincula con el teatro?

Sucede que todas esas actuaciones mías en televisión las hacía “de gratis”, por puro amor al arte. Yo me sentía feliz haciendo aquello, que me robaba mucho tiempo porque debía pasarme el día ensayando para salir después al aire, en vivo y en directo, como era la televisión en esos tiempos. Pero la mía era una familia de pocos recursos económicos y yo debía mantener mi casa. Por eso opté por el teatro, porque las funciones eran nocturnas y las mañanas podía dedicarlas a trabajar vendiendo productos de peluquería.

-¿Por cuánto tiempo estuvo desvinculada de la televisión?

Volví a la televisión en 1959, después de haber actuado en el teatro asumiendo siempre papeles protagónicos, lo cual hasta entonces no me había ocurrido ante las cámaras.

-¿Es que acaso el teatro comenzó tratándola con más justeza que la televisión?

Considero que en la televisión comencé dando los pasos que deben darse, desde abajo. Ir escalando poco a poco partiendo de pequeños papeles hasta llegar a merecer algún protagonismo. Al teatro llegué con la experiencia de haber hecho televisión en vivo, lo cual no permitía ningún margen de error, igual que en un escenario frente a un público. Por otra parte se había perdido un poco la tradición de teatro existente en nuestro país y en esos tiempos comenzaba una especie de rescate con el llamado “teatro de bolsillo”, es decir, puestas en escena en salas pequeñas, como “Tespis”, “Prometeo”, “Las Máscaras”. Llegar allí con el fogueo de una transmisión televisiva en vivo me posibilitó asumir de inmediato papeles protagónicos, a diferencia de otros compañeros que no tenían esa experiencia. Además de mis inicios, eso es algo que debo agradecerle también a la televisión.alt

-¿Qué le deparó entonces la televisión a su regreso a ella?

Durante esos años, los buenos directores de televisión frecuentaban el teatro, donde yo era algo más conocida. Uno de ellos era Tito Borbolla, que dirigía un espacio llamado “Tele-teatro experimental”, una puesta en pantalla muy novedosa en ese entonces, con muy pocos recursos escenográficos para garantizar la prevalencia del argumento y los actores. Borbolla me llama para actuar en “Los bajos fondos”, junto a Pedro Álvarez, Enrique Santiesteban, Reynaldo Miravalles, Zenia Marabal, Manolo Alván. Un reparto de lujo para una obra en la que todos los personajes eran importantes. En esa época, había espacios consagrados a determinados actores y actrices, como era el caso de Eduardo Egea y Gina Cabrera, en cuyo programa asumí algunos papeles co-protagónicos. También trabajé en una puesta en pantalla de “Fuenteovejuna”, algo muy difícil porque no solamente era en vivo… sino en verso. Además incursioné a veces en “La Comedia del Domingo”, que no era un humorístico propiamente dicho, sino se representaban obras ligeras, con tramas de equívocos y enredos, y siempre con finales felices que respondieran al género.

-¿Ha hecho alguna otra incursión en el humorismo?

Sólo en ese tipo de comedias, y no en programas previstos para hacer reír. La comedia me encanta porque es mucho más difícil conseguir risas que provocar lágrimas. Por eso respeto mucho al humor y a quienes lo hacen bien, por supuesto. En la comedia se asume el personaje sin la profundidad que requiere el drama, pero haciéndolo igualmente creíble, veraz, auténtico.

-¿Regresar a la televisión la apartó en cierto modo del teatro?

Nunca. Hubo una época en que hice más televisión que teatro, pero sin jamás abandonarlo.

-¿Actuando en uno de esos medios ha echado de menos al otro?

Actuando en uno de esos medios sigo queriendo al otro, pero sin echarlo de menos, porque si el teatro me compensa mucho, y también eso me ocurre con la televisión. Son dos medios diferentes aunque la técnica del actor sea la misma, pero es otra la manera de expresarla. Una cámara capta el mínimo gesto en un set de televisión, mientras en el teatro el actor debe ofrecerse entero, para llegar hasta los que están en la última fila del último balcón. La proyección escénica es otra en el teatro, mucho más exigente. Sin embargo, cuando se hace televisión en vivo el ritmo de producción le demanda al actor tener muy bien aceitados sus instrumentos de trabajo, que son su cuerpo y su mente, para captar con rapidez los requerimientos de cada personaje.

Cuando no existía la técnica del video-tape, con pocas horas de anticipación se les daba a los actores los libretos del programa que saldría al aire por la noche. Eran tiempos, por ejemplo, de hacer un cuento con catorce escenas y por supuesto catorce cambios de vestuario que se hacían detrás de los báckings, y todo el mundo colaboraba. Mientras la peluquera me aplicaba un moño en la cabeza, el electricista me subía el zíper del vestido y el coordinador me colocaba un collar. Si algo echo de menos es esa disciplina casi de relojería, esa dinámica de trabajo.

alt-¿Prefiere usted entonces la televisión en vivo?

Es imposible negar el desarrollo tecnológico, siempre y cuando beneficie, enriquezca y haga más artístico ese producto que se llama programa de televisión. Pero creo que no debe utilizarse el desarrollo tecnológico para acomodar, sino para perfeccionar, impulsar, posibilitar, para ganar tiempo, y no para dilapidarlo. Con la introducción del video-tape la televisión dejó de hacerse como el teatro, es decir, de arriba abajo. Comenzó a desglosarse el proceso de grabación por escenas, sets, locaciones.

-¿Según su experiencia, eso facilita o dificulta el trabajo del actor?

Lo facilita, porque antiguamente una se enfrentaba al personaje libreto a libreto, sin saber a veces cuál sería su evolución a través de la novela. Actualmente se tiene en la mano toda la trama, lo que hace posible ir trabajando paso a paso y matiz a matiz cada personaje. Se va perfilando de una escena a otra ese desarrollo, no importa si se grabe en final antes de los comienzos de la serie. Todo depende de la interpretación del actor y de la maestría del director, que debe llevar en todo momento las riendas del personaje, por más libertad que le permita a la actuación.

-¿Con qué directores de televisión le ha gustado trabajar más?

Me gustaba trabajar con mi marido, Pedro Álvarez, aunque tal vez por eso fuera con quien menos cosas hice en la televisión. He disfrutado trabajar con directores como Borbolla, Carlos Piñeiro, Vázquez Gallo, Loly Buján, Eduardo Moya, Roberto Garriga, Ana Lasalle, que tenía la ventaja de además ser buena actriz, y recientemente con Rudy Mora, un joven director muy talentoso y creativo.

-¿Y con qué actores y actrices?

Por supuesto, con Pedro, porque nos llevábamos muy bien, acoplábamos al máximo. He tenido la suerte de trabajar con los actores y actrices que más he admirado. Sin embargo, nunca tuve la posibilidad de hacerlo con Raquel Revuelta, y lo lamento, porque para mí era un paradigma como actriz.

-¿Hay algún personaje que lamente no haber hecho?

Siempre digo que el personaje que he querido hacer es el que me ofreciera un director y me gustara hacer además. Cualquier personaje, ya fuera de Shakespeare o de Estorino debía gustarme, y entonces lo asumía, Por ejemplo, nunca soñé con hacer la Julieta, pero en “La Casa de Bernarda Alba” he representado a todas sus hijas, pero no a la propia Bernarda, que es la que ahora me correspondería por mi edad. Pero cuando me muera no lo haré lamentando no haber hecho la Bernarda, o tal o más cual personaje, porque he hecho siempre los que me ha gustado hacer, y con ellos me basta.

alt-¿Entonces considera que en su carrera no hay un personaje del que valdría la pena arrepentirse?

Sin llegar al arrepentimiento, hay algunos que no me gustó hacer, pero no me quedó otro remedio. Fue cuando el trabajo artístico estaba normado, y había que aceptar ciertos papeles para cumplir con la norma y cobrar el salario correspondiente. No fueron personajes que me aportaron nada, ni yo les pude aportar mucho a ellos, pero no me arrepiento de haberlos asumido. Me permitieron llegar a la norma. Al menos eso se los debo agradecer, aunque ni siquiera me anime a mencionarlos por su nombre.

-Pero sí quiero que nombre sus personajes favoritos en la televisión, que deben ser muchos.

Son muchos, sí, pero siento una especial predilección por algunos. Además de los que estrené en el teatro, como la Camila de “Santa Camila…” y la Luz Marina de “Aire frío”, me gustó mucho mi Fortunata de “Fortunata y Jacinta”, mi Rosa Frölich de “El Ángel Azul”, para no hacer muy larga la relación.

-Sin embargo, no menciona a la doña Teresa de “Sol de Batey”.

Es que Teresa representa para mí algo especial. Sin vanidad, pero sin modestia debo reconocer que la crítica especializada me ha considerado una buena actriz, tanto de teatro como de televisión, incluso cuando había quienes consideraban a la televisión solamente un medio de comunicación y no como un hecho artístico. Como ya he dicho, comencé en la televisión haciendo pequeños papeles, en el teatro asumiendo protagónicos, y así me convertí en una actriz conocida y reconocida. Pero la popularidad es otra cosa. Ser popular, en el mejor sentido de esa bendita palabra, se lo debo a la doña Teresa de “Sol de Batey”. Es al personaje a quien más satisfacciones le debo en ese sentido. Y contradictoriamente, el que más muestras de afecto y cariño me ha propiciado entre la gente. Tanto es así que al estrenarse esa telenovela estando su colectivo de visita en una cooperativa de Pinar del Río, se me abalanzó un campesino que podía ser la viva estampa de cualquier esclavo de la dotación de Teresa. De momento pensé que aquel rudo hombre de campo me haría algún reproche, no a mí, sino a “la mala de la telenovela”, porque a veces los televidentes suelen apasionarse hasta tal punto con una trama. Sin embargo, cuando estábamos ya frente a frente y casi nariz con nariz, me dijo con la mejor de sus sonrisas: ¡Óigame, usted es la mala más buena de Cuba! Eso es algo que guardaré siempre entre mis más preciados recuerdos, y se lo debo agradecer a doña Teresa. Y también, por supuesto, a la televisión.

 

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