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Por Hanna Imbert
De todas las artes, el nuestro, el audiovisual es el que más exige y necesita del trabajo colectivo. Mientras el compositor, el escritor, se pueden sentar en una habitación, lo más solitaria posible, a elevar sus musas y comenzar el complicado proceso de la creación, los que hacemos televisión, video, cine, necesitamos de las musas, las manos y el talento, de muchas personas.
Cuando se logra realizar un producto artístico valeroso en el campo de las imágenes y los sonidos, tenemos que agradecernos todos. Los máximos responsables de una obra de arte audiovisual son el director y el productor. Así es en el mundo y pretendemos que sea en nuestro país. Cuando hablo de responsabilidad, me refiero específicamente al deber de complacer al espectador, de alcanzar estética y formalmente algo valioso y para recordar. De la anterior afirmación se desprende la siguiente: tal y como nadie discute el hecho de que el director es un artista, nadie debe poner en duda el que el productor también lo sea. Así debería funcionar, así lo deberían sentir todos los involucrados en este arte imprescindible. Desgraciadamente, no es así.
Mientras estudiaba la carrera, nueva en su curso regular diurno, aprendía junto a mis compañeros los directores. Estudiábamos uno al lado del otro, Estética, Historia del Arte, Dirección de Fotografía, Edición y Sonido, Apreciación Cinematográfica, Guión y muchas otras asignaturas. Juntos dimos los primeros pasos, sin estar muy seguros de hacia adónde íbamos. Juntos elegimos nuestras especialidades, las que definirían las futuras profesiones que ejerceríamos.
Cuando decidí que mi profesión sería la producción audiovisual, fue porque estaba segura de que mi papel sería el de un artista que le facilitaría a otros los elementos necesarios para realizar una obra determinada. Como artista podría ser escuchada y tomada en cuenta por los máximos responsables, el director y los demás especialistas.
Me atraía en especial el papel de ser la imagen pública de un proyecto de creación, la responsable ante las esferas mayores en términos materiales y logísticos, aquella persona que debía responder por la obra en su conjunto, mostrarle y demostrarle a mucha gente que lo que estaba ante ellos era lo mejor y que sí valía la pena colaborar o asumir. Imaginaba el placer que sentiría al dar el listo, al decir: “todo está, no falta nada”. La satisfacción de un colectivo bajo mi responsabilidad, el agradecimiento de los actores por un buen trato y consideración, la complacencia de los técnicos ante las condiciones de trabajo, y un millón de cosas de este tipo.
Soñaba con estas ideas hasta el día que llegué a la televisión. A ella le agradezco mi primer trabajo serio, por llamarlo de alguna manera, le agradezco conocer a mucha gente talentosa y, sobre todo, con unas ganas increíbles de hacer. Le agradezco también, ¿por qué no? el despertarme.
Es difícil ser artista en las condiciones en las que trabaja la televisión, incluso para los directores, no solo por problemas de recursos; sino también por el ritmo en el que se debe producir. Disponemos de poco tiempo, normas pre-establecidas, la pantalla pisándole a uno los talones, políticas de programación a seguir y muchas otras cosas. No hay tiempo para que nos realicemos todos, sin excepciones, en un programa de televisión. Cuando llegué a ella descubrí que no tenía tiempo de aprender lo que me faltaba, que debía acostumbrarme rápidamente y no dedicarme a protestar o a poner en duda ciertas decisiones que me antecedían a mí y a muchos más.
Lo intenté, de verdad, traté de seguir el ritmo, pero a veces siento que sería una traición a mi profesión, a mis cinco años de sacrificio y estudio, y a todos mis sueños. Estaría siendo desleal conmigo misma si no intentara convertir el papel del productor en lo que realmente debe ser. Si no tratara, desde mi humilde posición de joven, recién graduada e inexperta, de lograr ser lo que para mí es un Productor.
Productor, como máximo representante de la industria en el proyecto audiovisual, respondiendo a intereses de gusto, artisticidad y, por supuesto, en las condiciones en que vive nuestro país actualmente, de ahorro y eficiencia. No se debe tratar, de ningún modo, de hacer más con menos cuando de televisión se trata.
Respeto, admiro y tengo un millar de cosas que aprender aún, de muchos de los productores de la televisión cubana. Respeto también a aquellos que difieran conmigo en el concepto del productor. Creo que es mi deber, como egresada de una carrera de arte, defender mi papel y mi espacio. Siento como obligación, sin ser la Juana de Arco de los productores, levantar un viejo y mal establecido criterio sobre el productor “reparte agua” o aquel que dice que “No” todo el tiempo y entabla una campaña naval contra el director y la calidad artística de un producto audiovisual. Quizá cometa un error, o sea mal interpretada por muchos de los que quisiera fueran mis compañeros de trabajo. Tal vez no tenga las armas, ni los aliados suficientes, para comenzar a librar esta batalla. Son los riesgos que se toman en la juventud, luego ya no hay tiempo ni deseo, pero estoy casi segura y llena de esperanzas de ir por el buen camino. Por el mejor camino no solo para nosotros, los productores, sino para el arte televisivo en general.
Cuando tengamos productores que se sientan tan dueños de un proyecto como el director, que no se vean como simples facilitadotes de la obra, cuando se abra el caparazón de las funciones de un productor y, por tanto, del goce artístico y estilístico del mismo, cuando se llegue, al fin, al verdadero y justo papel de un productor, el arte del espectáculo sobre el cual se diseña la televisión, se verá enriquecido y estimulado. Entonces, estaremos preparados para librar la antigua batalla en favor de que la televisión sea reconocida como un arte.
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