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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El campeón de la risa

A partir de 1934, a Enrique Arredondo, lo hallamos en el inolvidable Teatro Alhambra, encarnando al personaje del negrito cubano.

Enrique Arredondo

Aquel muchacho de diecisiete años las ha pasado decididamente mal.

Durante la niñez ha sido repartidor de pomos de leche en carretilla, descargador de ladrillos, vendedor de ropa, zapatero.

Ah, pero alberga en su almita una vocación irreversible: él ha de ser actor.

Otro es el sueño de Conrado, su padre, quien aspira verlo convertido en un profesional de alto rango. Hasta el día en que ocurre este intercambio entre progenitor y vástago:

-Papá, yo quiero ser actor.

-Déjate de boberías. Aspira a más. Por otra parte, tú no tienes talento para eso. Mira, sí lo tiene el que hace de negrito en el teatro Valentino. Yo lo vi actuar ayer.

-Papá… ¡ese negrito soy yo!

 Salvando a una preciosa ninfa marina

Enrique Arredondo (La Habana, 1906—Ibíd., 1988), desde 1923, anda correteando por toda Cuba, según era habitual en aquellas nómadas compañías teatrales.

A partir de 1934 lo hallamos en el inolvidable Teatro Alhambra, encarnando al personaje del negrito cubano.

En 1940 funda su propio grupo escénico.

Actúa repetidamente en el extranjero: Estados Unidos, Puerto Rico, México. Recorre este último país, donde lo encontramos en una revista musical junto a Tin Tan.

Fue abundante su presencia en la radio, incluyendo el inolvidable programa Alegrías de sobremesa, de Progreso.

Participó en cinco filmes.

En 1956 se suma a nuestra tropa televisiva.

Y dondequiera se mostró como un artífice de la morcilla, o sea, el texto que, de su cosecha, el actor intercala en el guion. Fue inolvidable cuando, en el papel de funerario, descuelga el teléfono de su establecimiento contestando: “Funeraria, la última noche que pasé contigo”.

Durante todas esas andanzas, fue perdiendo el nombre y el apellido que le asignaron en el registro civil. Se llamó según el personaje que tenía a su cargo: Bernabé, Simeón, Doctor Chapotín, Cheo Malanga.

Parecía llegado para dar la razón a Víctor Hugo, cuando el genio francés dijo: “La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano”.

No en vano el periodista Mario García del Cueto lo llamó “monarca del disparate y del absurdo, soberano de la risa”.

Un día de noviembre, cuando transcurría 1988, Cuba estuvo bajo un duelo no declarado formalmente. El coloso de la risa había emprendido viaje hacia el trasmundo.

Quizás entonces alguno de sus admiradores, entre lágrimas, reacio a admitir la tremenda pérdida, echaría mano a un par de frases que Arredondo había repetido: «No pué seee» y “¡Mentira, tú me está engañando!”.

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