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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

En la radio hubo un Robin Hood cubano

Pudo llamarse Robin Hood, Jesse James, El Tempranillo, Jesuinho Brillante o Cartouche

Lo cierto es que en el folklore de cada nación aparece el fenómeno del bandolerismo. Tan atrás se remonta el asunto que, para algunos historiadores, Procusto y el archiconocido Caco no fueron más que renombrados bandoleros del mundo antiguo.

El esquema se repite de pueblo a pueblo, y la leyenda popular del “bandolero noble” constituye una constante.

Protector de viudas y huérfanos, desfacedor de entuertos que despoja a los pudientes en beneficio de los menesterosos, es el hombre bueno que, obligado por la sociedad, las circunstancias y la miseria, se ve compelido a convertirse en un ente fuera de la ley.

El bandolerismo alcanzó dimensiones de leyenda en nuestro país con Manuel García, El Rey de los Campos de Cuba, quien ha sido considerado como la figura más firme y popular de nuestro folklore.

Ah, pero en nuestro pasado existió cierto ser justiciero que no fue un bandido, sino… ¡un personaje radial!

Se produce el milagro

Transcurre 1948 y el país anda de cabeza.

No, no nos estamos refiriendo al desorden provocado por el mandato del partido auténtico. Ni al desaforado asalto al tesoro público. Ni al auge pavoroso del gansterismo.

El asunto consiste en que, de lunes a viernes, a las 7 de la noche, la nación se paraliza por completo.

La gente está como hechizada, ante los radiorreceptores, escuchando la serie “Leonardo Moncada, el titán de la llanura”, que transmite el Circuito CMQ.

Un brillante equipo, tanto en lo técnico como en lo actoral, se ha echado a la radioaudiencia en un bolsillo. Entre los responsables del portento sobresalen dos nombres: Enrique Núñez Rodríguez, guionista, y Eduardo Egea, quien encarna al personaje protagónico, aquel hombre valiente, probo y defensor a capa y espada de los débiles, de los desprotegidos, de los ninguneados.

Núñez Rodríguez

Fue Núñez Rodríguez (Quemado de Güines, 1923 —La Habana, 2002) lo que se suele calificar como “un tremendo caso”. Escritor, guionista de radio y televisión, dramaturgo, hombre de la prensa. Y un baluarte —como Miguel de Marcos, Eladio Secades o Héctor Zumbado—  de esa joya del alma nacional que es el humor. Al respecto comentó: “El humor sirve para decir las verdades más grandes del mundo, hacer reír sin ofender y sobre todo criticar sin vulgaridades”.

Eduardo Egea 

                                   

Por su parte, Egea (La Habana, 1921—Ibíd., 1964) inauguró su carrera —quinceañero— en El Progreso Cubano, para después moverse hacia CMQ. Actuó en cinco filmes mexicanos.

En el teatro, lo mismo lo hallamos en Hamlet que como Dimitri, en una versión de Los hermanos Karamasov.

Cuando llegó a Cuba la tv, se sumó a aquella novedad como si la pantallita hubiese sido inventada para él.

Nadie ha podido explicar cómo se puede hacer tanto en solo 43 años de vida.

Un héroe que sigue vivo

Leonardo Moncada anduvo trotando, enhiesto por toda América, lo mismo en las ondas radiales que en la cinematografía. Y en su país de origen sigue siendo una presencia, a veces inadvertida.

¿Me pedía usted, amable lector, una prueba de lo antes dicho?

Pues sépase que aquí, de cada diez canes, tres o cuatro se llaman Campeón. (El nombre del perro que acompañaba a Leonardo).

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