dom. Ene 19th, 2020

Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Félix B. Caignet en la memoria


Acercamiento al genial escritor de radionovelas

Mi recuerdo más remoto de esta personalidad de la Radio Cubana se remonta a los años 30, cuando siendo niño me sentaba junto a la familia, en torno a un aparato PHILCO con Damasco en la bocina, antena en el techo y ojo mágico, para escuchar los episodios de Chan Li Po, el detective chino creado por Félix B. Caignet, que aconsejaba siempre tener mucha paciencia.

Las primeras andanzas de este personaje surgieron en la emisora CMKD de Santiago de Cuba, en la interpretación del notable actor Aníbal de Mar. Es importante conocer que con estos episodios el autor producía innovaciones en la radio, pues introducía los seriales de continuidad y el narrador.

Mi padre, de profunda raíz santiaguera, decía conocer a Caignet y observaba que poseía un frío instinto de percepción popular porque se había distinguido como cultor de versos negros, cuentos y melodías infantiles y composición de sones, guarachas, guajiras y boleros; además de una activa participación en la prensa provincial.

En los días del machadato, Caignet había sido objeto de hostigamiento por los cuerpos represivos del tirano que vieron en su “Ratoncito Miguel” una fuerte alusión a la situación imperante en el país.

Con su traslado a La Habana, llevando por delante al detective chino, Félix fue abordado por las publicitarias vigentes. Estas habían sentado sus reales desde que en 1934 se aboliera la Enmienda Platt y se firmara un nuevo Tratado de reciprocidad comercial, que hizo posible la introducción masiva de la producción industrial norteamericana.

La ubicación del mercado cubano en los marcos de una libre competencia se apoyó en la radio. Los avisos comerciales ocuparon el dial y el patrocinio de programas se generalizó.

La década de los años 40, como yo la recuerdo, fue de explosión de la radio en el orden nacional, siempre con un predominio de la capital.

Félix tiene en esta etapa un fecundo período creativo con las aventuras de Aladino cubanizado, pues contenía un genio que gustaba de majarete con leche.

Otro de sus grandes éxitos fue “Ángeles de la calle” y novelas como “Peor que las víboras”. De sus series del detective chino, “La Serpiente Roja” fue llevada al cine y surgió de su inspiración la más extraordinaria de sus creaciones: “El derecho de nacer”.

Por esos días, la fama de Caignet y sus obras habían rebasado nuestras fronteras y eran consumidas con frecuencia en casi todos los países de América Latina.

De labios de Caignet conocí de su presencia junto a un elenco de artistas cubanos contratados en República Dominicana por el General Arismendi Trujillo, hermano del tirano Rafael Leónidas Trujillo, que en los años 30 fundó la más potente emisora del país, La Voz del Yuna.

Trujillo quiso inaugurar tal empresa con los episodios de Chan Li Po. Se transmitía a las ocho de la noche y se producía en vivo. Un día, a esa hora, hubo un inesperado apagón que se prolongó más allá del tiempo del programa.

Caignet y su elenco se retiraron a su hospedaje, pero allí fueron requeridos por un militar, el negro Espronceda; jefe de la escolta del general, que traía la orden de llevarlos a un lugar determinado: la planta eléctrica de la ciudad.

Arismendi quería que ellos vieran lo que iba a ocurrir allí. Frente a la instalación estaban en fila: el administrador, los técnicos y todo el personal del turno de la noche. A una orden de Espronceda sus subordinados le aplicaron 10 latigazos a cada miembro del personal para que supieran que a las ocho de la noche, hora de Chan Li Po, que escuchaba diariamente el general, no se podía interrumpir el servicio eléctrico.

Conocí personalmente a Caignet en uno de sus viajes a Santiago de Cuba, que se hicieron frecuentes comenzada la década de los años 50. Pertenecía yo a una organización juvenil dedicada a las artes y las letras conocidas como Círculo Artístico Literario Heredia. Asumimos la tarea de saludar personalmente a los visitantes de relevancia y Caignet lo era.

A finales de 1957 llegue a la Habana para trabajar en la propaganda del Movimiento 26 de julio, y después de unos meses en la casa del actor Jorge Socías, pasé a la residencia de Caignet en Santa María del Mar.
La crisis del movimiento tras la Huelga del 9 de abril nos obligó a buscar trabajo y Caignet me ayudó introduciéndome en CMQ y en los programas de Crusellas como actor.

La amistad que establecimos me llevó a conocer aspectos de su larga labor en la prensa escrita, en la radio y después en la televisión y el cine. Ya había fundado la CUB – MEX, la Empresa Fílmica con sede en México y en la que se filmaron varias de sus obras.

Conocí el arrollador triunfo de audiencia de “El derecho de nacer” en todos los países de América Latina en los que se llevó a la radio. Recordaba Caignet, con cierto goce, al Padre Condomines, que dirigió la obra en Perú; y a Lima Duarte, el conocido actor de los seriales cariocas, que lo dirigió en Brasil.

Caignet tenía una formación bastante autodidacta y una notable cultura general. Leía mucho y era un gran conversador. Su acierto al crear los episodios en la radio tenía su origen en la lectura de aventuras clásicas y también en las entregas semanales de las novelas que se vendían de casa en casa, en cuartillas de dos o tres capítulos, por una peseta.

Escribía por las mañana y se encerraba en sus habitaciones y no se le podía interrumpir ni producir ruidos que lo molestaran. Se sentaba frente a su vieja máquina Underwood, la silla era un raro mueble muy rústico, armado de pedazos de madera de guayaba y se la había regalado el actor Rolando Ochoa.

La jardinería era una de sus ocupaciones placenteras y, después de escribir, recorría el jardín y contemplaba un rato el paisaje del valle. Recibía muchos visitantes, gente de la farándula y de múltiples sectores que iban a saludarlo, a conocer la casa, a disfrutar de la piscina en la que él nunca se bañaba.

Recuerdo, entre las personalidades que lo visitaban, a Carlos Badia, a Jesús Albariño, a Normita Suárez, a Miguel Matamoros, a Esther Borja, a Ibrahim Hurbino, a Ramón Crusellas, a Celestino García Suárez y a Julio Lot.

Durante el tiempo de la lucha, Caignet prestó servicios a la situación de los presos políticos en El Príncipe. Aportó medicinas, abrigos para el frío y dinero para alimentos y otras necesidades.

Cuando comenzaron las transmisiones de la Radio Rebelde desde la Sierra Maestra, los presos querían escucharlas, se lo dije a Félix y de inmediato compró el aparato y dio el dinero con el que se pudo sobornar a un custodio para que pudieran introducirlo en las galeras.

Cuando se produjo el triunfo del 1 de enero de 1959, facilitó su casa en el Vedado para acoger a varios ex reclusos que eran del interior del país y su piscina fue visitada frecuentemente por combatientes del Ejército Rebelde.

Sobre la fama de Caignet se extendió la ineludible crítica que acompaña, no siempre con buenas intenciones, a personajes destacados. El mismo Félix hablaba de esas críticas y sonreía comprensivo. Decía que escribía lo que querían los publicitarios y que sabía muy bien que esa literatura carecía de grandes méritos. Que donde reclamaba su lugarcito en la cultura cubana era en su música.

En mis recuerdos salta su referencia a obras musicales que tenía en mente como si las tuviera en plena elaboración. Me hablaba de una zarzuela “Sor Cascabel”, una monja que con su alegría desbordante transformaba un convento. Caignet narraba situaciones y cantaba la música que tenía preparada.

Otra zarzuela llevaría por título “Zapato apretao”, la historia de un negrito callejero descalzo, a quien un turista norteamericano tomaba de guía para que le mostrara La Habana y para eso debía ponerse zapatos.

Los sones que el negrito cantaría los entonaba Caignet y eran composiciones de mucha gracia y cubanía.

Las publicitarias citaban a este hombre como el más humano de los autores radiales, por los temas que trataba y los personajes que movía. Él expresaba, sin embargo, admiración por lo que escribían Iris Dávila, Hilda Morales, Carballido Rey, Cástor Vispo, Alberto González, Marcos Behemaras y aludía ya a ese muchacho que escribía para Radio Progreso, llamado Joaquín Cuartas.

Una de las últimas veces que hablé con Félix fue en el cincuenta aniversario de la Radio Cubana, cuando lo invitamos a un programa especial de la TV. Con una tranquilidad pasmosa me dijo del mal que lo aquejaba y que creía que había vivido una vida útil y que de algo había que morir.

En una visita que le hice a Santa María me mostró las cartas de agradecimiento que recibía de los bancos norteamericanos por confiarles los fondos que producían sus obras, aunque no era él quien hacia tales depósitos, si no, el apoderado; que tenía un documento o poder que lo autorizaba a tales operaciones.

Me habló también de las presiones que ejercían desde fuera para que abandonara el país, algo que nunca haría porque él no sabía vivir fuera de Cuba. “El día que me levante y no pueda ver una palma, me muero”, me dijo.

En 1970 se celebró en Santiago de Chile el primer Festival Latinoamericano de Televisión en el que representé a nuestro país y formé parte del jurado de programas dramatizados.

Sostuve una verdadera contienda con los representantes de Panamericana de Televisión que llevaron como propuesta de Gran Premio a “Simplemente María” porque había superado los records de audiencia de “El derecho de nacer”.

Argumenté que esa obra era una especie de símil de la escrita por Caignet, basada en la misma temática de reparación de injusticia por ascenso social. El resto del jurado me apoyó.

Otras de las cuestiones en que recuerdo ideas y opiniones de Caignet se refieren al centenario de nacimiento de Martí en 1953. En medio del convulso panorama político que se vivía, las actividades para celebrarlo ocupaban la atención de los cubanos.

La funesta película titulada “La Rosa Blanca” provocó polémicas porque muchos titulados martianos la defendieron. Radio Capital Artalejo entrevistó a Caignet al respecto y Félix repudió el engendro y calificó a los defensores de tiñosas intelectuales que vivían de roer los huesos ilustres.

He dejado correr la memoria sobre uno de los más singulares personajes de la radio cubana; que como señalé anteriormente, reclamaba un lugarcito en la música, sin embargo hay que reconocer por siempre el amplio espacio que ganó en un medio que la humanidad estima y aprecia por su gran efecto de compañía.


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