La pedagogía visual de Juan García Prieto
De izquierda a derecha: La directora Iraida Malberti, el director de fotografía José Luis Mederos y el arquitecto y director de arte Juan García Prieto (Foto: Cortesía de José Luis Mederos López)
En la Televisión Cubana (TVC), y muy especialmente en la programación infantil, el arquitecto Juan García Prieto (1948-2026) dejó una huella que todavía se reconoce por su capacidad para convertir la imagen en pedagogía, el diseño en emoción y la escenografía en una puerta de entrada al asombro.
Su legado se inscribe en esa zona poco visible pero decisiva donde la sensibilidad artística da forma a la memoria de varias generaciones de niños, y donde cada detalle visual ayudaba a construir un modo más amable, imaginativo y educador de mirar la infancia.
Sobre ese legado se refirió Carlos Cremata Malberti (Tin), director de la Compañía de teatro infantil La Colmenita, durante el homenaje que se ofreció en el Centro Cultural Casa de las Tejas Verdes, en el habanero municipio Playa, a propósito del fallecimiento del arquitecto García Prieto.
Allí, Cremata evocó no solo al creador que trabajó junto a su madre Iraida Malberti en Cuando yo sea grande, sino al fundador, al maestro visual y al cómplice artístico que ayudó a moldear los primeros pasos de La Colmenita y a ampliar el alcance del teatro infantil cubano.
Un homenaje necesario
El homenaje en la Casa de las Tejas Verdes tuvo un sentido profundamente afectivo y cultural. Frente a los colmeneros fundadores presentes en Cuba —el actor Luis Manuel (el Leopoldino de Vivir del Cuento), la actriz Claudia Alvariño Díaz (Muma) codirectora de La Colmenita la actriz que era “chiquitica” cuando conoció a Juan—, Cremata recordó a García Prieto como una presencia decisiva en la gestación de los primeros trabajos del grupo y en el universo visual de Cuando yo sea grande.
La escena del homenaje refuerza la idea de que estamos ante una figura cuya influencia trascendió su oficio técnico. García Prieto fue recordado como maestro, cómplice y generador de una estética que no subestimaba a la infancia, sino que la tomaba como punto de partida para construir sentido.
La pedagogía de la imagen
Cremata definió Cuando yo sea grande, dirigido por Iraida Malberti, como “un ejercicio sostenido de pedagogía visual”, donde García Prieto trabajó como director de arte en diálogo estrecho con la sensibilidad coreográfica y lúdica de Malberti.
Esa frase resume muy bien el tipo de legado que dejó el arquitecto: no se trataba solo de hacer televisión infantil, sino de educar la mirada con imágenes pensadas desde el detalle, la imaginación y esa relación creadora “extraordinaria”.
La directora y el diseñador se entendían perfectamente, al punto de discutir problemas personales como familia. En ese proceso, el trabajo de García Prieto fue decisivo. Su diálogo con Malberti convirtió la puesta en escena en una experiencia donde lo visual también enseñaba a sentir, a escuchar y a imaginar.
Cremata destacó el sentido profundo de la estética de su madre, y cómo Juan irradiaba magisterio en cada rincón, siendo un tremendo pedagogo con los niños.
Fundador de una forma de crear
Para Cremata, el arquitecto no fue únicamente un colaborador valioso: “Consideramos que Juan es el fundador de La Colmenita, pero no solo fundador, sino que él vio parir a La Colmenita, dar a luz a La Colmenita”.
Su papel aparece asociado al nacimiento mismo del proyecto, cuando Cremata escribía guiones, su madre dirigía y Juan era el director de arte de Cuando yo sea grande. Y ya era un mito en la TVC por su trabajo como asesor de arte de la serie Shiralad. Ese es uno de los aspectos más importantes de su legado.
García Prieto enseñó a pensar en grande: ayudó a romper el miedo al gran formato, en escenarios amplios. El 2 de abril de 1994, Tin estrenó con niños y adultos, en el teatro Karl Marx, la pieza Meñique, inspirada en el cuento del francés Édouard de Laboulaye adaptado por José Martí en La Edad de Oro.
“Él supervisaba, diseñaba, construía junto a nosotros. Juan nunca cobró un centavo por eso, o si, cobró el cariño tremendo que le dieron los niños. Fue el fundador de las primeras creaciones de La Colmenita”.
Llenó el Karl Marx con una cantidad de hexágonos inmensos. En la sala Avellaneda del Teatro Nacional, nos ayudó a hacer, con los telones de fondo, las texturas de una cueva para el gigante. Por cierto, Yamil Jaled Hernández (10 de noviembre de 1976 –7 de noviembre de 2018) interpretó al primer gigante de La Colmenita.
Esa lección marcó el desarrollo posterior del grupo y amplió sus posibilidades de llegar a un público familiar, por lo que así se evitó que cientos de niños quedaran llorando afuera de teatros pequeños.
El valor del detalle
Cremata también subrayó la capacidad de García Prieto para trabajar el detalle con rigor y generosidad. Recordó que para materializar sus diseños en el estreno de La Cenicienta según los Beatles tuvieron que solicitar la colaboración del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos para que les facilitaran victrolas antiguas y equipos de enormes de ventilación y luces de las décadas de 1940-1950.
Ese oficio del detalle se convirtió en una enseñanza para quienes lo rodearon. La excelencia visual que se le atribuye no era un adorno, sino una ética de trabajo. Por eso su nombre quedó ligado a la calidad de las primeras producciones de La Colmenita y a una manera de hacer que combinaba juego, disciplina y belleza, pensando siempre en grande desde lo chiquitico.
Los niños en el centro
Cremata lo recuerda como alguien cercano, afectuoso y profundamente atento a lo que pensaban los pequeños creadores. Uno de los rasgos más valiosos de su testimonio es la insistencia en la relación de García Prieto con los niños: “Su relación con los niños era muy simpática”, con una química tremenda, bromeando con ellos”.
Su hijo Saúl fue quien grabó el primer Don Loro de Oro de La Cucarachita Martina (su voz todavía se escucha en la obra), y su hija Mara luego los ayudó en cuestiones de la tecnología y estética.
Esa sensibilidad no era un rasgo menor: fue una condición esencial para que su trabajo tuviera sentido dentro de un proyecto infantil. Juan sabía mirar desde el nivel de los niños —“sacarte los ojos y ponértelos en las rodillas”, como le dijo Iraida a Cremata.
Huella perdurable
El valor de estas palabras de Cremata está en que no solo rinden tributo a una persona, sino que rescatan una forma de hacer cultura. Juan aparece como un creador que dejó huellas en la TVC —de Shiralad a Cuando yo sea grande—, en la escena infantil y en la formación de un proyecto colectivo que sigue asociado a la alegría, el ingenio y la participación comunitaria.
Su obra permanece en la memoria artística cubana como ejemplo de cómo la creación para niños puede ser, al mismo tiempo, profundamente lúdica, técnicamente sólida y humanamente transformadora.