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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Beatriz Márquez: nombrar la música

Mencionar a Beatriz Márquez es, sencillamente, nombrar la música
Beatriz Márquez

Beatriz Márquez

Cuando ella nació fue como si aquel 17 de febrero de 1952 las notas musicales se escaparan de los pentagramas para oficiar un sortilegio sobre la cuna de aquella criatura en quien la vida se estrenaba, y entonces comenzó a hacerse realidad la magia.

Era imposible reconocer en ese instante los atributos que distinguen a los elegidos. Ni siquiera su padre, el compositor René Márquez, sabedor de tanta música y bohemia, logró adivinarlos cuando acunaba en sus brazos a la niña que tuvo como canciones de cuna un ramillete de boleros en una casa del reparto Mantilla.

Pero ya desde entonces la música habitaba en Beatriz, la poseía. Y sin embargo, ni la propia música imaginaba entonces que sería Beatriz Márquez quien iba a adueñarse absolutamente de ella, con solo dejarla salir de su garganta, al desgranarla en el teclado blanquinegro de algún piano o al desentrañarle con su oído absoluto todos los misterios.

Han pasado setenta febreros desde aquel de 1952 y Beatriz Márquez sigue derrochando virtuosismo en todas sus interpretaciones y en los más diversos géneros, como si los años vividos —cincuenta y cinco de ellos de total entrega profesional— solo fueran capaces de confirmar la validez de aquel sortilegio oficiado por las notas musicales.

Por eso es imposible pronunciar su nombre —o escribirlo— sin que el aire se llene de todas esas canciones que estaban esperando por ella desde siempre y desde lejos; sin que vengan a reverenciarlo los sinsontes y el arrullo de las palmas; sin que espontáneamente nos envuelva la sublime caricia de su voz, porque mencionar a Beatriz Márquez es, sencillamente, nombrar la música.

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