12 de mayo de 2026

envivo

Editorial envivo del ICS

«Flor Noralba y sus amigos»: El arte de convertir los afectos en hogar

En "Flor Noralba y los amigos", la autora nos muestra que nadie sobrevive sin un paraguas sostenido por varias manos.
Flor Noralba

Flor Noralba

¿Cuántas veces hemos escuchado que los amigos son la familia que uno elige? En «Flor Noralba y los amigos», Flor Nodal Montalvo toma esta frase y la convierte en un testimonio de vida palpitante y sincero. Este libro, tercer eslabón de una trilogía que nos ha permitido asomarnos al alma cubana a través de Aida y Ñico, cierra el círculo íntimo con una obra que celebra, por encima de todo, el poder salvador de los vínculos humanos.

La estructura del libro es un reflejo del propio corazón de la autora: se abre con un espacio sagrado dedicado a su hija, Flor Noralba, y se expande generosamente hacia afuera para abrazar a «…y los amigos» y «Amigos y caminos» . No es una división casual. La autora nos muestra que el amor maternal es la raíz, el punto de partida desde donde se aprende a querer, pero es en el terreno de la amistad donde ese amor se multiplica y encuentra su verdadera dimensión social y humana.

Como bien apunta Rosana Cesaroni en el prólogo, la autora considera a las amistades como parte de la familia, no por lazos de sangre sino por enlace de vida compartida. Y esa es la clave de lectura. No estamos ante un diario íntimo ni ante una novela de ficción, sino ante un álbum de gratitud. Cada capítulo dedicado a Ileana, Luisito, Chavela, Kike, Fumero o Tatiana no es una simple anécdota; es el reconocimiento explícito de que nadie sobrevive a las tormentas de la vida sin un paraguas sostenido por varias manos.

La primera parte, dedicada a Flor Noralba, es tierna sin caer en lo empalagoso. Asistimos al crecimiento de una niña que aprendió a no mentir por el recuerdo de una rodilla raspada y que, desde pequeña, tuvo claro el valor de quienes la rodeaban. La narración nos lleva de la mano por los días de un Período Especial que ella, protegida por el amor de su madre y la generosidad de amigos convertidos en padrinos, apenas sintió. Hay un pasaje revelador en el que se cuenta que a todos los peluches y muñecas que le regalaban les ponía el nombre del amigo que se lo obsequió. Ese gesto sencillo encapsula el mensaje central de toda la obra: la conciencia del valor del otro.

La segunda y tercera parte son un desfile de almas imprescindibles. Aquí la amistad se presenta en todas sus formas posibles: está la amiga de la infancia que te rescata del miedo en un puente, el compañero de trabajo que se convierte en cómplice de locuras y hasta el amigo que, desde la distancia y el silencio, sigue mandando galletitas porque recuerda lo que te hacía feliz. La autora no idealiza; habla de discusiones, de separaciones forzosas y de la muerte de seres queridos como Loyda o David. Pero lo hace con la serenidad de quien entiende que el dolor por la ausencia es la prueba irrefutable de un cariño que valió la pena.

Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para transportarnos a una Cuba reconocible, de becas en el campo, de escaleras sin barandas que hielan la sangre de una madre, de guanábanas que caen del cielo como un milagro justo cuando el hambre aprieta. Es la Cuba de los amigos que emigraron y nunca soltaron la mano, de los que se quedaron y siguen llamando por teléfono para preguntar si ya almorzaste. La prosa de Flor Nodal Montalvo es cercana, como una conversación de sobremesa donde el café se enfría porque la historia que se cuenta es demasiado buena para interrumpirla.

No hay aquí espacio para la solemnidad vacía; hay espacio para la risa de la joven que finge una boda, para el perfume Agua Brava que anunciaba la llegada del amigo incondicional y para la fuerza de una hija que le recuerda a su madre que siempre hay una solución, lo que no se puede perder es la fe. Esa fe recorre cada página como un hilo invisible que une a todos los personajes, vivos o ausentes, cercanos o lejanos.

La sección dedicada a «Los que se fueron antes» merece una mención especial. Alberto Mesa, Loyda, David, Olguita y Lourdes Suárez desfilan por estas páginas con la dignidad de quienes dejaron una huella imborrable. La autora no se regodea en la pérdida; más bien agradece, con la madurez de quien ha aprendido a convivir con la ausencia, todo lo que esos seres le dieron mientras estuvieron a su lado. Es imposible leer el capítulo dedicado a Loyda sin sentir un nudo en la garganta, pero también sin esbozar una sonrisa al recordar su desenfado y su generosidad sin límites.

«Amigos y caminos» , la tercera parte, amplía aún más el horizonte. Aquí aparecen Azucena, la poeta latinoamericana que ayudó a la autora a parir su primer libro; Rosana Cesaroni, la argentina habanera que prologa la obra y tiende puentes entre dos tierras; Francis, la amiga elegante y servicial que estuvo en los momentos más duros; Tatiana, con su risa contagiosa y su eterno que me quiten lo bailao; Cuquitín, el enamorado persistente y caballeroso; Kike, el amigo que regaló a Florecita el libro que la convertiría en una lectora empedernida; Fumero, el tío postizo que malcrió a la niña con amor; Roberto Cuevas, el compañero de helados y galletitas; las Niurkas, Robledo, Carlitos, Enriquito, Fernando… Todos tienen su espacio, su momento, su gratitud explícita.

Lejos de ser un libro triste, «Flor Noralba y los amigos» es un canto a la alegría de haber compartido el camino. En tiempos donde las relaciones tienden a ser efímeras y digitales, este libro es un remanso de autenticidad. Nos recuerda que la verdadera riqueza no está en lo que acumulamos, sino en a quiénes podemos llamar cuando el día se pone gris. Nos enseña que la amistad no entiende de distancias ni de años de silencio; entiende de presencia, de detalles, de ese ¿cómo estás? que llega justo cuando más se necesita.

La autora, locutora y comunicadora de larga trayectoria, vuelca en estas páginas su oficio de contar historias. Se nota el ritmo, la pausa, la inflexión justa para emocionar sin manipular. No es casual que muchos de los amigos que aparecen en el libro estén vinculados al mundo artístico y cultural cubano. La Cámara de Comercio, las ferias del libro, los teatros, los programas de televisión y las peñas bohemias son el telón de fondo de muchas de estas amistades. Es el testimonio de una vida vivida en comunidad, en colectivo, en ese «todos» que tanto nos define como cubanos.

«Flor Noralba y los amigos» es, en esencia, un homenaje a ese ejército silencioso de personas buenas que nos sostienen sin pedir nada a cambio. Es un libro para regalarle a ese amigo que, aunque no veamos hace años, sabemos que sigue estando ahí. Es la constatación de que, como bien demuestra la autora, la amistad es el idioma más universal y resistente del amor. Y es, sobre todo, una invitación a mirar nuestra propia vida y preguntarnos: ¿a quiénes debo yo un capítulo en mi álbum de gratitud?

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

5 × cinco =

| Newsphere por AF themes.