sáb. Sep 26th, 2020

envivo

Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El precio de ser diferentes


Fragmentos de uno de los dos trabajos escritos para la revista ENVIVO poco antes del fallecimiento del autor.

Por Vicente González Castro (Director y realizador de televisión)

Muchos colegas han tomado como patrones de calidad la factura de producciones de las multimillonarias cadenas de TV, que en las comidillas de pasillos y comedores se agrupan bajo el peligroso acápite de “la televisión de afuera”. Se compara injustamente la producción de nuestros canales con lo que hace Globo, Discovery, Universal, FOX o cualquiera de ellas, y lo que es peor, muchos de los “novedosos proyectos” de nuestra TV, son copias simplonas y malas de esos patrones televisivos. A veces valoran lo que se ve en los sistemas de cable o de TV Satelital y lo toman acríticamente como la media de calidad y contenidos de las transmisiones de aire (broadcasting), lo cual es un grave error. vicente

Tenemos el privilegio de tener frente a las pantallas a un público culto, o al menos mucho, muchísimo más culto, que la media de los países del área. Un público que sabe apreciar una buena película, que es capaz de disfrutar el verbo elocuente de Eusebio Leal y con él escudriñar las raíces de su ciudad capital, aprender de los precursores de su historia cultural o política; puede degustar las expresiones más selectas de la plástica, la música, la danza o el teatro… En muy pocos países puede verse sin interrupción un filme o una puesta en pantalla de un clásico, como Las brujas de Salem, Un tranvía llamado deseo, o La casa de Bernarda Alba, hecho por la televisión nacional.

Gozamos de muchos privilegios irrenunciables:

– Una televisión sin cortes comerciales, que aprovecha cada minuto de transmisión en contenidos (la norma hoy en ciertos programas y horarios puede ser 50 y 50, es decir que para media hora de programa exitoso, media hora de comerciales).

– Cada canal no atenta contra el mensaje del otro; la “competencia” es de contenidos y de estilos, pero no de principios, porque todos los canales pertenecen al Estado. La radio y la TV constituyen (al menos teóricamente) un sistema.

– La preferencia de horarios y espacios puede determinarla la política cultural o informativa de la TV, y no los patrocinadores a partir de los raitings de teleaudiencia.

– La televisión asegura empleo a cientos de creativos en sus diversas especialidades y fomenta el desarrollo de las expresiones audiovisuales, reforzando la identidad nacional.

Con esta realidad, aspirar a la factura tecnológica de la TV desarrollada que realizan las grandes cadenas ha sido un freno, en ocasiones,  para la  producción. Pretender imitar superproducciones y estilos de su modo de hacer es un error.  El preciosismo tecnológico, en esta televisión, puede llegar a ser un arma letal. Creo más importante dirigir todas las fuerzas a mejorar  la calidad artística y estética, sobre una realización digna y modesta. No hay espacio para la banalidad, la cursilería, lo superficial, lo esotérico, para la especulación científica; tampoco para la producción farandulera.

Ese público que se defrauda cuando ve una tontería en pantalla, que exige una programación de calidad y pide que se le ponga fin, es el mejor privilegio que tenemos los realizadores cubanos. Los que hacemos la TV tenemos que estar a la altura de eso: ese es el precio de ser diferentes.


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