mié. Sep 23rd, 2020

envivo

Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Hay una lagartija sobre el televisor.


Estoy seguro de que muchos lectores se preguntarán, ¿qué hace un artículo sobre lagartijas en una revista de televisión?

Hay una lagartija sobre el televisor

Por Boris Leonardo Caro y Adianet Aguilera Simón

Sí, reconozco que el título es confuso, a propósito. Pero el reptil y la programación de la pequeña pantalla en el entorno nacional confluyen de algún modo en este acercamiento a conceptos tan polémicos como lo cubano y lo extranjero. Ya veremos.

Made in U.S.A.
No tengo cifras que avalen mi apreciación, sin embargo, basta un repaso a la cartelera semanal de los cinco canales nacionales de la Televisión Cubana (TVC) para notar un predominio de los programas de factura extranjera, en especial hechos en Estados Unidos.
Desde la infinidad de series, muy a la moda en esta época, que saltan de horario y canales, mas siempre mantienen una presencia bastante amplia: Dr. House, Grey’s anatomy, My name’s Earl, CSI, Desperate housewives…; hasta las telenovelas brasileñas y argentinas, de estreno o reposición: Cabocla, Mujeres de nadie, Páginas de la vida…; además de documentales, películas, y un omnipresente etcétera.
Es obvia la incapacidad de la TVC de mantener niveles de producción que inviertan el desequilibrio entre materiales foráneos y nacionales. Los archiconocidos problemas económicos y las deficiencias en la creación de guiones lastran la ejecución, por ejemplo, de las telenovelas. Al respecto recomiendo el dossier ¿Crisis de la telenovela cubana?, en el primer número de la revista En Vivo.
No hay otro remedio entonces. O quizás sí.
Los productos audiovisuales procedentes de otros países portan las visiones propias de esas sociedades y, específicamente, de las empresas que los financian. Esas maneras de enfocar la realidad no pueden catalogarse a priori como negativas. Son simplemente distintas a las nuestras en algunos puntos y similares en otros. Pero abrir la pantalla a la avalancha de series, filmes, documentales, animados… realizados en otras latitudes, sin proponer al público una lectura crítica, que no didáctica, es un acto de inocencia imperdonable.
Las noches de la TVC están cubiertas de sangre, plagadas de películas donde la acción se transfigura la más de las veces en violencia pura y dura. Y aquí emerge otra arista de urgente discusión, cuando es imposible construir la cartelera con materiales hechos en casa y aparecen justificaciones del tipo: eso es lo que le gusta a la gente.
¿Quiénes son esa «gente» llevada y traída para argumentar decisiones de Montescos y Capuletos?  Conozco mucha «gente» interesada en una buena comedia, un drama o hasta una película de terror, antes que una balacera o una de «patá y piñazos». Y si es preciso soportar los tiros en nombre de no-se-qué, repito, ¿por qué no acompañarlos con espacios de crítica que arrojen luz sobre tanta violencia?

Mimetismos

Imitar. Hay quienes dicen que, después de los griegos, no se ha inventado nada nuevo. Todo sería entonces una repetición de los mismo platos, con los ingredientes combinados de otra manera. Claro, esto es una exageración, pero lo cierto es que la originalidad ha devenido una meta cada día más ardua.
En la TVC abundan los programas con referentes extranjeros conocidos. Algunos adaptan la receta al contexto nacional, otros prefieren el fácil camino del copy-paste.
Pienso, por ejemplo, en El selecto club de la neurona intranquila, un certamen donde la agilidad mental y los conocimientos conviven con el humor inteligente, muy cubano. La TVC ha presentado antes programas como este, del cual existen infinitas versiones en el mundo.
Seguramente otros como 23 y M, De tarde en casa, La descarga, Piso 6 o Lucas, por sólo citar unos pocos, tendrán similares en otros países. Y cada uno, en menor o mayor medida trata de añadir ingredientes locales. Lamentable resulta, en cambio, cuando la apropiación no pasa de la epidermis.
Un cambio de escenografía para equipararse a los cánones visuales internacionales, como el ocurrido en espacios informativos, si no va acompañado con transformaciones de contenido, nos recuerda aquel refrán popular: aunque la mona se vista de seda…
O peor, asumir fórmulas extranjeras sin considerar lo realizado antes en casa, como ciertas series policíacas que han imitado sin recato y con pésimos resultados a los CSI made in U.S.A.
La lagartija que se disfraza de cowboy, muere al primer disparo.

¿100%? Cubano

silvaEl pollo del arroz con pollo: encontrar la esencia que nos diferencia de los demás pueblos de este planeta. No voy a alejarme de la cuestión de este artículo. Ahí están las obras de Fernando Ortiz, José Lezama Lima, Cintio Vitier, José Martí, más toda la música, desde Salas hasta la Charanga Habanera, y la pintura, y el teatro, en fin, para quienes deseen indagar en las claves de nuestra nacionalidad.
Lanzo una pregunta: ¿qué es más cubano, Piso 6 o Palmas y cañas? ¿Quién es más cubano, el guajiro natural amante de las décimas y controversias, o su nieto fanático a las estrellas del pop latino?
En un mundo de inevitables globalizaciones, sigo interrogando, ¿dónde están las fronteras? ¿Vale la pena defender purismos que sólo conducen al aislamiento?
Nuestra televisión no puede aferrarse en una especie de autofagia cultural. No lo hace, a Dios gracias. Pero pululan los dardos contra este o aquel programa, porque presentan la música de afuera, los videos de cualquier parte… Por suerte, la lagartija es hábil en eludir dardos malintencionados.
La respuesta nunca puede ser la censura, cerrar los ojos como si Shakira y toda la maquinaria de las industrias culturales del vasto mundo capitalista súper y subdesarrollado no existieran. Tampoco entregarse, bandera blanca en el cerebro. Repito: la TVC necesita incorporar más espacios de crítica, para estimular una lectura inteligente, de lo nuestro y lo de otros.

 

Cambiar el punto de vista
Sabemos que la noción de cubanía comenzó a forjarse en el siglo XIX, cuando dejamos de llamarnos criollos, para adoptar con creciente orgullo el gentilicio de cubanos.
Los complementos de la frase: «los cubanos son…», han variado o se han sostenido, en lo mejor y lo peor. Creo que la TVC debería apostar por mantener aquello que nos ensalza como seres humanos y desterrar los defectos de nuestro ser nacional.
¿Quién se atrevería a poner en tela de juicio la cubanía de Jura decir la verdad? Sí, allí estamos en todos los matices: en el machismo ramplón, en la homofobia, en el habanero-centrismo… y también en la burla a nuestras dificultades cotidianas, en el doble sentido, en fin, en nuestra natural forma de reírnos, más allá de los clichés.
Y pregunto ahora lo mismo sobre No quiero llanto, el programa veraniego del carismático Antolín ─ alias Ángel García ─, que recurrió a la fórmula de las mujeres modelos, como maniquíes para saciar la voracidad contemplativa de cierto público.
¿Por qué perpetuar esos antivalores tan arraigados en la sociedad cubana, en un medio cuya función educativa debe primar? Sí, existe una Cuba machista, homofóbica, discriminatoria, pero tenemos que aspirar a otra Cuba, equitativa, respetuosa, hospitalaria.
Cambiemos de posición. El debate urgente no debería ser si la televisión cubana es más o menos «extranjerizante» ─ un término que huele a quinquenio gris ─ sino si es más o menos «cubanizante» ─ perdonen el neologismo ─ en una dimensión profundamente humana.
¿Y la lagartija? Ahí, cambiando de colores con los tiempos, porque tal ha sido siempre su esencia, pero sin vanos sueños de encarnar en un disfraz monocromático.


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