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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Alma y memoria de la nación

Acercamiento a la defensa de los valores autóctonos de nuestra cultura

En la obra del maestro Pancho Amat, Premio Nacional de Música, descuella la raigal cubanía.

¿¡Quién no ha movido los pies y el cuerpo al sentir el ritmo, la cadencia, la sabrosura de “El que siembra su maíz” o “Son de la loma”, entre otros clásicos del género oriundo de Cuba!? Reconocido como una expresión cultural de marcada función social, el son motiva el pleno disfrute, la musicalidad de varias generaciones, compartir estribillos, tumbaos.

Dada su trascendencia en la vida de los cubanos y las cubanas el 8 de mayo fue declarado Día del son cubano. La fecha rinde homenaje al natalicio de dos músicos extraordinarios: Miguel Matamoros (1894-1971) y Miguelito Cuní (1917-1984), símbolos del género en Cuba y allende los mares.

Sus particulares maneras de hacer y sentir la música influyeron decisivamente en la estética de ambos creadores. El primero hizo gala de su expresividad, creó un estilo sui géneris irrepetible con el que abrió el camino para establecer el modelo o canon oriental que se consolida y enriquece mediante los aportes sustancias de notables personalidades, e incluso familias soneras, de ellas formaron parte Los Hierrezuelo y Ñico Saquito.

Por su parte, el cantor Miguelito Cuní, sonero impecable de oído afinado, improvisador nato, cultivó múltiples experiencias en orquestas y conjuntos fieles, las cuales privilegiaron las esencias del género de fructífera permanencia en la cultura popular tradicional, entre ellos Arsenio Rodríguez y Félix Chappotín.

Múltiples razones sustentan que el son haya sido declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 2012 en reconocimiento a valores socioculturales que trascienden espacios geográficos, épocas, tiempos.

Tampoco olvidemos la personalidad de Nicolás Guillén, con una obra incipiente y prometedora durante las décadas iniciales del siglo veinte, que en determinado momento se ve atraída por las proyecciones del flujo de sones, los cuales le llegaron mediante el movimiento de sextetos y septetos. Esa expresión creativa como toda su obra descuella en un entretejido de procesos y relaciones que incluye rasgos músico-culturales de trascendencia en la estética del período. Él hizo entrar al son en el reinado poético, como de manera acertada reconoció Juan Marinello. En Sóngoro cosongo también le rinde culto a la rumba, así confirma una entrañable simpatía por los distintos ritmos de procedencia africana que llenan el pentagrama popular cubano.

Ciertamente, nada se improvisa. Ideas, pensamientos, hallazgos, investigaciones, fuentes, legados, son decisivos en las músicas del contexto nacional de amplia trascendencia mundial. En el dinámico panorama, rico en búsquedas y novedades significativas, descuella el maestro Adalberto Álvarez, quien batalla por la defensa de la identidad y la riqueza del son que nos identifica. En una cosecha prolífera demuestra ser un legítimo continuador de las tradiciones, abrió cauces e innovaciones para nutrir la belleza, la gestualidad, el sentido del bailable cubano en el ámbito caribeño. De ningún modo por azar muchas de sus piezas integran los repertorios de figuras nacionales e internacionales: Juan Luis Guerra y la 440, Andy Montañez, Papo Luca con la Sonora Porteña.

Por su parte, el maestro Pancho Amat ha insistido en la necesidad de privilegiar en todos los espacios culturales, lo autóctono, lo verdaderamente legítimo. “El son es una presencia indispensable en agrupaciones noveles y de larga experiencia, basta escuchar sus repertorios para conocer piezas clásicas y nuevas, lo bueno nunca pasa de moda, pertenece a todos los tiempos”.

Más que para el alma divertir el son tiene un fuerte arraigo en la vida del pueblo. Debemos escucharlo sin distracciones, teniendo en cuenta las complejidades de la globalización, las problemáticas y contradicciones vigentes tienden a enmascarar los valores representativos de lo nuestro, tiene que prevalecer la calidad artística mientras repetimos cada letra de sones, los cuales son imperecederos en el alma y la memoria sonora de la nación.

 

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