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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Carmen Souto: “Agradezco haber crecido en un equipo de profesionales jóvenes”

La musicóloga comenta sus experiencias trabajando en los proyectos de la Televisión Cubana junto a reconocidos artistas y creativos del medio
Carmen Souto

Carmen Souto

Graduada de piano en la Escuela Nacional de Arte en 2002 y de Musicología en el Instituto Superior de Arte en 2006, esta última institución donde impartió la docencia por más de una década, Carmen Souto Anido es de los rostros que detrás de las cámaras se ha convertido en pieza esencial de los mayores proyectos musicales que hasta hoy ha organizado RTV Comercial. Tenaz, abierta a las exigencias que en materia de comunicación exigen las actuales propuestas musicales, a la par del ejercicio de su profesión dentro de la televisión cubana, alterna el rol de editora de la revista Boletín Música con el de gestora cultural y coordinadora académica de eventos dentro de Casa de las Américas. La producción de discos en esta imprescindible institución cultural y para Producciones Colibrí es otra de las tantas aristas de trabajo de esta joven profesional con quien dialogamos para En Vivo.

¿Cuándo llegas a la TV?

-Fue en el año 2008, de la mano de Manolito Ortega, como guionista de un programa conducido por Juan Carlos Rivero, Juntos en Concierto, que estuvo al aire durante un año. Luego, junto a Juan Carlos, diseñamos 320 Kb/s, el primer proyecto grande que asumí, también como guionista, esta vez bajo la dirección de Roxana Duverger. Por mi especialidad siempre he trabajado en programas musicales, ya sea como guionista o especialista/asesora, productora/directora musical o como investigadora.

RTV Comercial en ti.

-Trabajar para RTV Comercial en el equipo de Manolito Ortega fue un reto enorme, significó desdoblarme como especialista hacia áreas de la producción y la dirección musical que antes no había realizado. Implicó enfrentarme y manejar repertorios que solo conocía por referencias; asumir de manera directa decisiones en términos de estilos musicales, intervenir en los arreglos, tener en cuenta elementos relacionados con el sonido, aprender todo lo relativo a las tipologías de los programas y los horarios televisivos con todo lo que eso trae consigo. Implicó un salto enorme, muchas horas de estudio y búsqueda de referencias en relación a los lenguajes que manejan los formatos que estábamos realizando. Definitivamente me convirtió en otro tipo de músico y cambió, en muchos sentidos, mi mirada como analista ante la industria de la música.

“Agradezco haber crecido en un equipo de profesionales jóvenes, que compartimos intereses y búsquedas estéticas; un equipo que es, en realidad, un taller, un laboratorio de ideas, que toma muy en serio el trabajo investigativo, donde no se tiene miedo al riesgo y nos permitimos –en la medida de lo posible– el proceso de prueba y error, y de tener en cuenta el papel decisivo de la audiencia, que es quien te consume; y ha sido muy lindo ver cómo los públicos se han arriesgado a construir los programas con nosotros”.

¿Con este equipo enfrentaste distintos tipos de formatos televisivos?

Sí, todo comenzó en 2016, cuando Manolito me llama para asumir la asesoría musical de la segunda temporada de Sonando en Cuba. En ese momento el programa debía abrir su espectro genérico más allá del entorno sonero y la música popular bailable. Fue la oportunidad, entonces, de poner en circulación un repertorio muy amplio que no estaba en uso y proponerlo desde sonoridades contemporáneas, de acercarnos a distintos formatos vocales que fueron un reto tanto para concursantes como para entrenadores y la propia orquesta. Con este programa sentamos las bases que luego se repitieron como, por ejemplo, un sistema de clases como superación semanal, una disciplina y ética de trabajo, el valor que le damos a la promoción de la cultura cubana, además de la complicidad que se estableció con el público.

“Luego vino Bailando en Cuba (en sus dos temporadas), la oportunidad de hacer una especie de franquicia con el formato anterior. Un programa que trajo consigo muchos retos, porque de alguna manera se pensó que haríamos un remake de Para bailar, pero buscamos realizar un certamen de bailarines con una alta competencia profesional, que colocara el baile de pareja –y sus códigos populares– en primer plano del espectáculo, sin renunciar a las dificultades técnicas propias del baile diseñado para espectáculo.

“Para mí el mayor desafío tuvo que ver con la selección y edición de los temas en competencia; aprendí mucho del universo danzario gracias a las exigencias de los coreógrafos en relación con las músicas que editaba para ellos. Luego siguió el proyecto Quién vive, un programa que mostró el talento aficionado de las universidades del país. Con ellos hicimos cuatro galas en el Teatro Astral para celebrar el aniversario 50 de la Federación Estudiantil Universitaria. En medio de esta dinámica creativa, también concebimos los programas especiales de fin de año, que fueron creciendo en complejidad cada año, tanto bajo la dirección de Manolito como de Yeandro Tamayo.

Y con esta experiencia, ¿cómo definir un proyecto como La Banda Gigante?

La Banda Gigante fue el mayor reto de todos los proyectos. Creo que para todos fue así. Tuvimos la oportunidad, rara vez ocurre, de diseñar un programa sin referentes como formato televisivo, aún hoy no se ha realizado un espacio similar en ningún lugar; y esto junto con el temor. Nos encantó porque nos permitió experimentar, reinventarnos como equipo y mostrar otro tipo de espectáculo en la televisión, con un contenido muy específico, para un público general en un horario estelar (domingos, 8:30 p. m).

“Mantener la atención y la emoción en un programa de esta naturaleza trajo muchos desafíos: hacer una competencia para instrumentistas sorteando las dinámicas lineales y reiterativas naturales de estos certámenes, generar un espectáculo que colocara al instrumentista en primer plano condicionó la selección del repertorio con el uso de músicas muy populares muy conocidas, para que el televidente pudiera conectarse con lo que estaba sonando desde el instrumento.

“La competencia también determinó tipos de arreglos, de modo que esas músicas fueran un reto para el instrumentista desde el punto de vista técnico, a la vez que muy atractivo para el público. Creo que en este sentido los retos de improvisación se llevaron las palmas. Pudimos ofrecer a los concursantes una experiencia de formación en música popular más allá de la academia, con la presencia, incluso, de importantes músicos internacionales, creo que ese fue uno de los valores mayores.

“El resultado fue increíble, y no me cansaré nunca de agradecer al equipo maravilloso de compositores que hicieron un trabajo excepcional en los arreglos; la complicidad de los profesores –músicos todos de primer nivel– que acompañaron a los competidores durante seis meses de trabajo; la complicidad con la orquesta base que dirigió Michel Herrera; el apoyo del trabajo en la escena con el equipo de sonido –OK Eventos– y con los asesores escénicos y danzarios. Hoy lo veo en la distancia y puedo decir que fue una locura gigante. Regir y conducir todos estos procesos demandó mucho de mí, me acercó a mis orígenes como instrumentista y me empujó al límite cada día. Sin dudas ha sido la mayor experiencia de crecimiento que he vivido hasta hoy.

Y hacemos ahora un necesario aparte para el regreso del proyecto más polémico de todos: el Concurso Adolfo Guzmán.

–¡Polémico fue, sin dudas!, lo sabíamos antes de empezar. Estamos hablando de un espacio canónico dentro de la televisión cubana y para la canción misma, por lo que cualquier aproximación que se hiciera, cualquier transformación, iba a ser mirada con recelo y, a su vez, cualquier reedición de los códigos de la antigua usanza iba a ser mirada igual. Creo que es el programa que más veces montamos y desmontamos. Tratamos de hacer un concurso desde el respeto, que mantuviera en lo posible la esencia de los anteriores, pero trayéndolo a la contemporaneidad, en diálogo con esta época hipertelevisiva y multigenérica que vivimos.

“Retomamos un concurso que la dirección de la Televisión nos pidió con 10 emisiones, y eso marcó muchas de las transformaciones que más chocaron: primero el cambio de formato, de galas televisadas a un show televisivo, con todo lo que eso implica; luego, la defensa de las canciones, que esta vez no estuvo en manos de grandes figuras de la canción, porque por la naturaleza y duración del programa en la Cuba contemporánea es muy complejo comprometer cantantes por tres meses, así que apostamos por voces jóvenes que pudieran acompañarnos durante todo ese tiempo y llamar a las grandes figuras para momentos de homenajes. Fue un cambio coyuntural, operativo, pero uno de los más polémicos.

“También chocaba un poco que el jurado hablara: el jurado anterior no se veía y en esta ocasión tenían una posición frontal, natural en los formatos contemporáneos, porque el público quiere saber por qué hay una decisión tomada. Pero de forma general se mantuvieron los preceptos fundamentales de las ediciones anteriores del Guzmán: concursaron obras inéditas, los compositores fueron también intérpretes de sus obras, y los que no, eligieron qué voces jóvenes querían para defender sus obras; se dialogó con la canción contemporánea, se descubrieron nuevos talentos tanto desde la composición como desde la interpretación. No faltaron los homenajes a grandes figuras y los invitados cubrieron un amplio espectro de la cancionística.

“El resultado fue muy lindo, significó, además, la primera producción transmedia real que hicimos con el equipo maravilloso de comunicación, con contenidos exclusivos para la página web, para las redes y plataformas que responden a este tiempo y permiten que los públicos recreen la música después con sus comentarios, e incluso con campañas de apoyo a sus artistas.  No puedo dejar de señalar y agradecer la labor de La Banda Gigante en la que fue su primera gran producción para los medios, y la complicidad incondicional de Carlos Gaytán, que hizo un trabajo inmenso e imprescindible. Agradezco al equipo de profesoras de canto, a los coreógrafos, a Lester Hamlet, que fue otro gran cómplice de este resultado”.

¿Qué sabor te ha dejado este empeño?

–Justo el de la polémica, como base esencial para el propio desarrollo del trabajo, y en ese sentido me deja un saldo positivo, claro que haríamos cosas distintas si lo repitiéramos como equipo, pero, de forma general, creo que como primer intento no estuvo mal. Fue importante para las generaciones más jóvenes acercarse a un tipo de canción que no es habitual en su consumo diario y, para las generaciones no tan jóvenes, el reencuentro con un espacio que no quisimos que recordaran con nostalgia.

“Me hace muy feliz ver que aún las cápsulas de las canciones circulan en la televisión. Al final del camino, todos los programas que hemos hecho han sido plataformas de muestra, y me alegra que este, concretamente, siga siendo aprovechado tanto por los autores como por los intérpretes. Fue muy importante también volver a sacar La Banda Gigante, un resultado nuestro, qué bueno que pudimos completar un ciclo que era importante para nosotros, al integrar esa formación musical como acompañante a un programa de televisión, que fue para lo que la creamos”.

¿Qué sigue ahora?

–Vivimos un momento en que tenemos que replantearnos muchas cosas como seres humanos, pensar qué vamos a ser tras este momento; y eso se refleja en todos los ámbitos de la vida, también en el camino laboral. Tengo la suerte de que en este momento difícil la maestra Lizt Alfonso –a quien quiero y respeto mucho– me invitara a trabajar en varios proyectos preciosos junto a su compañía, es un honor tremendo.

Y así, incansable, proyectos mediante, con cierta pausa de trabajo en televisión por razones obvias, con esta experiencia acumulada, Carmen Souto se prepara para moverse de nuevo hacia el teatro, porque aunque se reconocen más los proyectos de formatos competitivos, igualmente ella asumió la dirección musical de importantes galas televisadas como la del aniversario 55 del Instituto Cubano de Radio y Televisión en 2017, la dedicada al centenario de Benny Moré en Cubadisco 2019 y las dos temporadas del espectáculo La historia no contada de Bailando en Cuba 2, junto al equipo de Vivir del cuento. Esta última propuesta conllevó más de 30 funciones en el Karl Marx, a teatro lleno, una experiencia excepcional que Carmen define como adictiva, que le encantaría repetir.

Ajena a las entrevistas, aun cuando siempre logra una reflexión inteligente para compartir, Carmen Souto continúa con su trabajo en Casa de las Américas y colaboraciones con otras instituciones, además nos adelanta: “las producciones para los medios también se mantienen en proyecto, quizás no tengan una realización inmediata, pero espero que más pronto que tarde podamos ofrecer nuevas alegrías a los televidentes”.

Carmen Souto junto a concursantes de Sonando en Cuba.

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