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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El trío de la muerte

Eran dos cantantes y un actor, presencias habituales en la radio y la tv en la década de los 1950

Casa de Beneficencia

Eran dos cantantes y un actor, presencias habituales en la radio y la tv en la década de los 1950. Y por La Habana andaba suelto, haciendo de las suyas, el llamado Trío de la Muerte.

Mas no se piense en nada tétricamente sangriento. No, todo lo contrario. Aquélla fue la terna más guapachosa que se registra en toda nuestra historia. No obstante —como después se verá— podían ser temibles, en otro sentido.

Eran lo que los anglófonos califican de practical jokers, o lo que es lo mismo en jerga cubiche, “unos chivadores con jota”.

Su llegada a cualquier sitio crispaba los nervios de los presentes, sobre todo de los más circunspectos y conservadores. Porque se preguntaban qué nueva broma –descomunal, inaguantable– se le iba a ocurrir al Trío de la Muerte.

La víctima podía ser desde un anónimo pobre diablo hasta un encumbrado ejecutivo. Y muy variados eran los escenarios para la acción de la troica temible, lo mismo un bar de mala muerte que un estudio de televisión.

Sí, eran capaces de operar en cualquier punto, pero quizás su burla más sonada fue la que culminó en la Casa de Beneficencia de esta muy ilustre San Cristóbal de La Habana, ubicada donde hoy vemos el Hospital Hermanos Ameijeiras.

Como es sabido, la Beneficencia se remonta a los principios del siglo XVIII, cuando el obispo Jerónimo Valdés crea —bajo el patronato de San José— una casa cuna para albergar niños expósitos, o sea, abandonados por sus madres. El bondadoso prelado habría de poner su apellido a disposición de los niños recluidos, y por allí pasarían después figuras ilustrísimas, como el infortunado poeta Plácido.

Y, en tan piadoso lugar, finalizó la más imaginativa chanza del Trío.

Una burla colosal
Yo no sé si a las agravantes de nocturnidad y alevosía habría que sumar la de premeditación. O quizás todo se improvisó cuando se tropezaron con el enano.

Si dije enano, dije mal: era un superenano, de dos pies y medio, más parecido a un niño que a un ser humano en su adultez.

Y aquel personaje, junto a su enanismo, mostraba otra característica: bebía como si tuviese seis pies. Además, como formaba filas en las huestes de los cariduros, si el trago era gratis, mejor que mejor.

El Trío de la Muerte llegó a la barra y, como quien no quiere la cosa, invitó a su víctima a beber. Y le fueron dispensando la más absurda mezcolanza: ron, vino, cerveza, ginebra, vodka, coñac… Al final, aquel diminuto ser cayó en un sopor profundísimo, como si lo hubiesen anestesiado con cloroformo. Ahí mismo lo cargaron, para conducirlo hasta un auto, donde fue ataviado con un pañal.

Un rato después, era depositado en el torno de la Beneficencia, como si fuese un niño abandonado.

Es fácil imaginar el estupor de la pobre monjita cuando despojó del pañal al supuesto expósito.

Y el Trío de la Muerte tuvo que pasar a la clandestinidad, pues por toda La Habana los buscaba un enano, provisto de una pavorosa Colt 45 y animado de no muy buenas intenciones.

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