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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Entrevista al Premio Nacional de Televisión José Ramón Artigas

Entrevista al Premio Nacional de Televisión José Ramón Artigas
José Ramón Artigas

José Ramón Artigas

Es un placer entrevistar a un profesional como José Ramón Artigas, Premio Nacional de Televisión, quien tanto en la expresión oral como en el contenido de su discurso proyecta una cultura y conocimientos que definen su excepcionalidad. Próximo a cumplir 78 años el 23 de octubre mantiene intactos, la memoria, los saberes y el orgullo de hacer televisión.

¿Cuáles son sus primeros recuerdos relacionados con la televisión?

Cuando tenía siete años, mi madre María Luisa Vázquez, comenzó a trabajar en 1953, en el recién inaugurado Telemundo Canal 2, como secretaria del departamento de programas. Yo vivía en Holguín con mi padre, quien me enviaba de vacaciones a la capital. En esas estancias me fui adentrando en el medio. En 1957, cuando conocí el trabajo de un director de la talla de Erick Kaupp, dirigiendo Cecilia Valdés, en los estudios de P y 23, supe que no iba a ser abogado, sino que quería encaminar mis pasos hacia la televisión, propósito al que mis padres se opusieron, pero en el que insistí, sin ninguna ayuda.

¿Por qué le impresionó tanto la figura del director Erick Kaupp?

Erick era una figura de referencia para todos, por su método de dirección y sus resultados. Dirigía Gran Teatro de Estrellas, que se hacía los miércoles a las 8:30, contando con la actuación de grandes figuras como María Elena Marquéz o Amparo Rivelles. El codirector era Modesto Centeno. Su puesta de Cecilia Valdés, dentro de los códigos de la época, fue impactante.

¿Cómo recuerda la televisión en vivo de esa época?

Esa etapa tiene muchos detractores, pero en esa televisión en vivo, los profesionales se jugaban el prestigio a diario y si se cometía un error se enteraban todos, porque esos canales ya eran cadenas nacionales y eran vistos en las principales capitales de provincia.

Telemundo contaba con programas de ópera y la orquesta era dirigida por el maestro Roberto Sánchez Ferrer. Me parece justo reconocer el mérito de transmitir ese género en los años 50 con las dificultades que entrañaba. También se crearon espacios de perfil cultural y educacional, como fueron los programas Pueblo y Cultura y La Universidad Popular, en el que uno de sus panelistas, fue Ricardo Alarcón de Quesada.

En la revista El Mundo en Televisión, revista informativa matutina de dos horas, se dió la noticia de la huida de Batista, en boca del periodista Carlos Lechuga. No me parece justo reducir esa etapa, a televisión comercial a secas, pues existieron propuestas valiosas como fueron el Gran Teatro ESSO de CMQ, dedicado al arte lírico, con la dirección musical del maestro Gonzalo Roig.

¿Cómo fueron sus inicios profesionales?

Comencé en el canal Telemundo sin recibir salario. A partir de 1960 fui auxiliar e inspector de estudio y al mismo tiempo, ingresé en el Instituto Tecnológico Osvaldo Herrera en un curso de operadores de estudio de radiodifusión, en el que tuvimos excelentes profesores, uno de ellos fue Antonio Bofiñé, grabador de la orquesta de Radio Progreso.

En 1962, siendo técnico de audio de control remoto, me presenté a las oposiciones de la Universidad de la Habana, para matricular los cursos de producción y dirección de radio y televisión, que impartió el maestro Humberto Bravo, en coordinación con la Facultad de Humanidades y la Dirección de Extensión Universitaria.

¿Cuál fue la tarea más compleja que asumió como técnico de audio?

Integrando la unidad de control remoto, entre enero de 1964 y julio de 1971, estuve a cargo del audio de las trasmisiones en vivo de las intervenciones del Comandante Fidel Castro en los actos políticos. De esas ocasiones, recuerdo en 1968, en medio de tórridos aguaceros, el acto con motivo del centenario del 10 de octubre y otras coberturas relevantes, entre ellas, la constitución del Comité Central.

¿De qué manera surgió para usted, la oportunidad de dirigir televisión?

Gracias al entonces vicepresidente del ICR, Abraham Masiques. Al ser graduado de dirección, estuve dos años a prueba, hasta ser nombrado director con la asignación de la plaza. Masiques dejó una honda huella en el ámbito humano, dentro del Instituto. Puedo dar constancia de su sensibilidad ante el esfuerzo que desplegábamos los trabajadores, pues fueron años de extensas jornadas de trabajo y tareas revolucionarias.

¿De cuáles directores se considera deudor?

Erick Kaupp era un ejemplo vivo, sentarse a verlo dirigir, era una escuela. En los musicales, mi referente fue Manolo Rifat, quien me dió sus dos manos y junto a Severino Puente, codirigí el espacio Teatro por 12 ocasiones.

Recuerdo también a Carlos Piñeiro, profesor de muchos de nosotros, director de Teatro ICR y autor del libro de dramaturgia para televisión, que tanto nos ayudó. Me gustaría resaltar al Premio Nacional de Televisión Jesús Cabrera. Al coincidir con él en las actividades de la UNEAC y poder escucharlo, lo admiro mucho más, pues con 95 años, sigue dando lecciones de vida y compartiendo lúcidos criterios. Sus realizaciones continúan vigentes y son verdaderas enseñanzas. Fue el primer decano que tuvo la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual.

¿Cómo recuerda la introducción del color en la televisión?

En ese momento éramos 70 directores en la televisión y fui uno de los siete que integró el equipo experimental para televisión en colores, que contó con Manolo Rifat, Abel Ponce, Lidia Sánchez, otros compañeros y yo. En diciembre del 1975, en el Primer Congreso del PCC, se estrenó la unidad que se había fabricado en Japón, por encargo expreso del país. A esa actualización tecnológica, se fueron sumando paulatinamente otros directores y espacios. Esa fue una labor muy interesante que se complementó con la introducción de cámaras HL 77 y otros equipos en color de producción japonesa.

 Usted ha dirigido importantes espacios, galas y espectáculos relacionados con la música. ¿Es su género favorito?

Siempre me ha llamado la atención todo lo musical y en particular, las expresiones de la música clásica. Mis preferencias artísticas las pude encauzar en la realización del programa Gala, que mostraba actos completos de las distintas manifestaciones del arte y al dirigir espectáculos musicales de todo tipo, durante 45 años, intentando sedimentar la cultura de la mejor manera posible.

¿Qué significó para usted, trabajar con Esther Borja y dirigir Álbum de Cuba?

Esther es un paradigma que ha guiado el resto de mi labor. La artista tenía una gran facilidad de comunicar y don de gente, era una persona que provocaba empatía. Heredé su amistad de mi madre, quien también fue secretaria de los ejecutivos de talento artístico, durante años.

Álbum de Cuba fue un espacio que estuvo al aire 25 años, su primer director fue Ernesto Casas y yo lo dirigí por ocho años, aproximadamente. Colaborar con Esther y el género que proponía, definió mi necesidad de defender a ultranza lo mejor de la creación artística cubana, particularmente la esfera de la música y sus exponentes menos favorecidos por los medios de difusión.

¿Qué rasgos lo han caracterizado como director y qué significación le otorga al trabajo en equipo?

Mi característica fundamental es que soy organizado al extremo, planifico todo, me gusta ensayar, pero no me gusta desgastar al interprete.

Como me formé trabajando en vivo, adquirí el hábito de hacer las cosas lo mejor posible, pues todos nos jugábamos, el todo por el todo, por lo que no cabía margen para el error. He trabajado muchos años con equipos estables. Un ejemplo de ello es De la Gran Escena, en el que continúo junto a su escritor fundador y una de las asistentes de dirección, la cual fue nuestra editora. En mis espectáculos, repito colaboración con el codirector Elesván Diez y el sonidista Sergio Wong, pues creo en la efectividad del team work.

Muchos lo identifican con el espacio De la gran escena, pero desconocen sus diversas facetas diferentes. ¿Puede compartir con nuestros lectores, algunas de sus otras experiencias?

Cuando De la gran escena salió al aire hace 36 años, ya yo llevaba 25 años en la televisión, asumiendo la dirección de diversos géneros audiovisuales y había representado a nuestro país internacionalmente. De la gran escena tiene un propósito muy noble por la función cultural que cumple, razón por la que no he renunciado a realizarlo. Ese programa ha logrado mantenerse en altos índices de gusto y popularidad durante dos generaciones y a veces, algunas personas, reducen mi obra al éxito de ese espacio.

He desplegado una carrera amplia como director de espectáculos, de los que puedo mencionar: Boleros de Oro, Danzón Habana, el espectáculo de Habaneras en Cataluña, en 1991, la versión teatral y televisiva de la puesta en escena de Cecilia Valdés, pues Aquella Cecilia fue un encargo de mi dilecto amigo y nunca olvidado, el historiador Eusebio Leal Spengler, con motivo de la Cumbre Iberoamericana de 1999. Además, dirigí la conmemoración del centenario de Agustín Lara en Veracruz.

Como director artístico estoy a cargo, desde el 2003, del Festival de Música Popular Cubana Barbarito Diez, en Las Tunas. Hace dos años que no se realiza, pero siempre he considerado que Barbarito Diez fue una figura igual de importante que Esther para nuestra cultura. Ambos coincidieron en repertorio y calidad por lo que me propuse, que no se perdiera la memoria de esas figuras, por respeto al patrimonio cultural de este país.

 Conozco que su labor como presidente de la Asociación de Radio, Cine y Televisión de la UNEAC durante el período 2002 a 2007 fue muy intensa. ¿Qué recuerdos guarda de esa responsabilidad?

Como un gran sacrificio personal. Me esforcé mucho por buscar la comunicación entre los artistas y las instituciones, mejorar los medios de enseñanza y atender las necesidades y reclamos de nuestros miembros, pero dentro de un diálogo respetuoso, desterrando la chancleta.

¿Cómo resumiría su labor docente?

He impartido clases de dirección de tv durante 30 años y he tenido más de 600 alumnos en Cuba y en el extranjero. He impartido cursos y diplomados en el Centro de Estudios de Radio y Televisión del ICRT y como Profesor Titular en la Facultad de Arte de los Medios de comunicación Audiovisual de la Universidad de las Artes, en la que asumí la presidencia de la Comisión de carreras, al fallecer Vicente González Castro.

Cuando comenzamos a trabajar en la FAMCA, no disponíamos de suficientes medios para la enseñanza, por lo que insistí mucho en la creación de un estudio de televisión para la facultad, propósito que felizmente, veo cumplido. Actualmente continúo vinculado a la enseñanza como tutor de tesis.

¿Cuál es su apreciación sobre la prevalencia en nuestra programación de los espacios informativos?

Responden a una intención por establecer el debate. El secreto, como en la cocina, es la mezcla. La segmentación tiene que ver con la curva de emoción del televidente para que se sostenga la atención, por lo que, tiene un gran peso en la aceptación del público, quién lo conduce y otros factores que puedan contribuir a la efectividad de esos espacios.

¿Qué opina acerca de la televisión que se hace en estos momentos en nuestro país?

La televisión se está adecuando al tránsito del sistema analógico a la digital y está reinventándose ante los nuevos retos y plataformas, pero no debe olvidar que se debe a los “públicos” y deben existir segmentos para todos.

De alguna manera, creo que la radio y la televisión han contribuido a atenuar el largo tiempo de encierro, debido a la pandemia. En cuanto a los que hacemos la televisión, creo que se ha afectado, en ocasiones, la profesionalidad, el amor y el sentido de pertenencia. El programa grabado a veces enmascara la falta de preparación. Transitar la cadena ascendente del escalón profesional obliga a una preparación adecuada, para no empezar por la azotea.

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