15 de abril de 2024

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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Manantiales de humanismo

Valoraciones sobre El legado estético cultual de José Antonio Portuondo, de David Batista Vargas
José Antonio Portuondo

José Antonio Portuondo

Por Freddy Varona Domínguez*

El valor de una obra de pensamiento está no tanto en la influencia que tuvo, sino en la que puede tener en las épocas que están por venir. Las grandes ideas tienen el don de trascender; el mérito de quienes se relacionan con ellas está en interpretarlas y saber adaptarlas a las circunstancias nuevas. Valía muestra, entonces, quien es capaz de entender la grandeza de un ideario al parecer superado y reinsertarlo en la vida con la mirada en el mañana.  

Desde esa perspectiva, me entregué al libro de David Batista Vargas El legado estético cultual de José Antonio Portuondo, cuyalectura me ha hecho recordar al filósofo alemán contemporáneo Peter Sloterdijk cuando afirmó: “quien proclama una teoría del progreso, se sitúa irremisiblemente en el drama del progreso como participante, portador o punto culminante” (2000, p. 55).

Tal remembranza se debe a que Batista Vargas y el gran pensador cubano estudiado por él, tienen en el progreso humano un motivo para seguir adelante y para explayar reflexiones, donde brota con frecuencia, como si fuesen manantiales, el humanismo que irriga la concepción de la estética y la cultura.

Valioso es este libro no solo por su esencia humanista, sino, además, por contribuir a que el pensamiento de Portuondo retorne a los debates científicos y porque incita a polemizar en torno a posiciones estéticas que permiten entender algo del pasado y así pulir la mirada hacia el futuro.

El saber estético no ha de limitarse a la teoría del arte y la literatura, ni a la categoría belleza. La estética filosófica ha de centrarse en la sensibilidad, criterio cercano al del filósofo alemán Alexander Baumgarten (1714-1762), creador del término estética, pero solo cercano, porque si bien le dio importancia a la sensibilidad, limitó a la belleza el objeto de estudio de la especialidad a la cual dio nombre y sello distintivo (1990, p. 184).

La estética filosófica ha de centrarse en la sensibilidad, partir de ella y a ella retornar. De esta vorágine no pueden ausentarse las creaciones artísticas y literarias, ni el eje belleza-fealdad; tampoco las relaciones que en vínculos con él se tejen.

En esa modalidad de concepción se ubica a sí mismo Batista Vargas cuando expresa: “asumimos la estética como: el saber que se ocupa de estudiar los complejos procesos vinculados con todo el universo de las relaciones estéticas, provenientes de la sensibilidad, que incluye a las artes, pero no agota con ellas y con las más variadas determinaciones de la cultura. Ella es expresión de nuevos y más complejos posicionamientos vinculados con la realidad histórica y los contextos que envuelven la vida cotidiana de hombres y mujeres en interacción desde sus subjetividades” (p. 103).

En la sociedad contemporánea, estetizada como ninguna de las precedentes, ha de brindársele mayor atención al saber estético filosófico, además de lo expuesto, por la creciente disminución de la sensibilidad, que es en sí incremento de la indiferencia, fenómeno que ha llamado la atención de diversos estudiosos, como el filósofo italiano Remo Bodei (1938-2019), quien lo asocia a la banalización en sus distintas manifestaciones (1998, p. 153). La estética permeada de humanismo es una vía para atacar la indiferencia. Esta pretensión recorre el texto de referencia, más implícita que explícitamente.

El libro de Batista Vargas luce un prólogo fervoroso de quien también fue editora del mismo, la doctora Norma Gálvez Periut, desarrollado a partir de sus experiencias como alumna de quien, con el tiempo, llegó a ser simplemente el querido Pepé. La obra tiene dos capítulos.

El primero comienza con las condiciones sociales de la Cuba de finales del siglo XIX y principios del XX, particularmente a partir de 1911, cuando nació Portuondo, en Santiago de Cuba, y abarca el marco familiar donde comenzó a formarse como hombre de bien y se despertó su potencia intelectual, con su inclinación por la música, la literatura y las obras de José Martí, todo lo cual, como apunta el autor, fue favorable para que asumiera el marxismo y llegara a ser un revolucionario.

El autor señala que, en los años treinta, “se aprecia el respeto y la consideración que le ofrecen intelectuales comprometidos con los problemas más generales de la sociedad y específicamente de la cultura, tales como: Alejandro García Caturla, Manuel Navarro Luna, Emilio Roig de Leuchsenring, Osvaldo Dorticós, Mirta Aguirre, Julio Le Riverend” (p. 11), junto a otros nombres de alto valor; y enfatiza su colaboración con muchas publicaciones como la Revista Bimestre Cubana y la mejicana Revista Iberoamericana.

El autor destaca que, en la década de 1940, cuando la literatura marxista era insuficiente y estaba permeada de dogmatismo, la producción intelectual de Portuondo muestra la asunción original del marxismo, específicamente en los asuntos culturales y artísticos.

“Los fundamentos político-culturales y filosóficos de José Antonio Portuondo dan cuenta de una asimilación contextual de múltiples fuentes teóricas y epistemológicas, que este autor supo integrar a partir del uso creador de la metodología marxista. En muchas zonas de su obra fue un pionero de enfoques que hoy pudieran denominarse como post-coloniales, en el sentido de una visión emancipadora, antimperialista, antirracista y latinoamericanista” (p. 39).

No ha de extrañar que Batista Vargas señale que es característico del pensamiento de Portuondo, en cuanto a la cultura, la posición clasista en las obras literarias, la crítica al carácter imitativo y mediocre de las mismas, la exaltación del independentismo, el patriotismo y las raíces culturales cubanas, así como el dominio de las tendencias literarias actuales. Sobre esta base considera que el pensador “como historiador de la literatura, la cultura y el pensamiento estético, es uno de los más genuinos y rigurosos referentes de la academia humanística cubana” (p. 72).  

En el segundo capítulo, Batista Vargas caracteriza la concepción estética y acerca de la cultura, del pensador. Es notorio su interés de que se perciba en Portuondo el carácter de intelectual orgánico, porque “su obra es el resultado de una combinación armónica de la teoría y la praxis, como hombre de pensamiento y acción, de una depurada cosmovisión sobre la época y las coyunturas en que le tocó vivir.

Las ideas, los conceptos que elaboró, los sistemas y códigos de comunicación implícitos y explícitos en su obra, de excepcional ascensión cultural, reflejan una forma singular de hacer y de decir. Desde sus inicios, esto le permitió combinar magistralmente la doctrina que defendió con una demostración fecunda, validada por la trayectoria seguida en un contexto histórico concreto” (p. 88).

En la obra de Portuondo subyace ese contenido crítico-práctico, que conscientemente apunta a un compromiso con el pueblo y a subvertir la vieja atadura sociopolítica colonial y neocolonial. Entre las características del intelectual, Batista Vargas recalca la profundidad de sus conocimientos acerca de lo estético y lo artístico, respecto a las creaciones contemporáneas y a las del pasado, y no solo vistas desde el marxismo.

El autor subraya que Portuondo también era conocedor de otras escuelas filosóficas del siglo XX y que “sobre esos pilares de saber desarrolla su propia visión que tiene la impronta de las nociones de Martí y todo el pensamiento culturológico cubano y latinoamericano” (p. 102).

En el libro se subraya la ruptura epistemológica de Portuondo con la tradición de identificar lo estético con lo bello, y cita su obra Concepto de la poesía, donde el pensador sentencia que “la estética es aquella ciencia cultural que tiene por objeto el estudio de los procesos de descubrimiento y realización de los valores expresivos” (p. 115).

Con la intención de enfatizar la posición de Portuondo, se apoya en el filósofo cubano contemporáneo José R. Fabelo, cuando afirma: “muchos objetos que existen sin una predestinación estética pueden adquirir esta función en determinado contexto. Y a la inversa, obras de arte, creadas como portadoras privilegiadas de valor estético pueden, con el tiempo o con el cambio de contexto, perder esta función” (p. 116).

Con énfasis, el autor señala la idea de Portuondo de que la estética está compuesta por una teoría de los valores expresivos, así como por la historia de los esfuerzos humanos por descubrir los valores estéticos y por realizarlos; a su vez reconoce la amplitud de su concepción y lo ubica “entre los pensadores cubanos que más lejos llega en su valoración de la importancia de la inserción que tendrá lo estético en los diversos campos de la vida social” (p. 119).

Significación especial tiene una idea del pensador, que Batista Vargas capta y presenta literalmente: “(…) si en el caso de la experiencia cotidiana y práctica nosotros nos movemos entre objetos individuales, si en el caso de la experiencia gnoseológica o teórica, nos movemos entre conceptos universales, en la experiencia estética nos vamos a situar en un punto intermedio en el que objetos individuales simbolicen, expresen los objetos universales”.

En ellas, ve una “consideración de la experiencia estética como experiencia cotidiana que adelanta al derrotero de la reflexión de esa índole en nuestros días” (p. 123). Sobre la base de esa opinión, subraya de Portuondo la crítica al dogmatismo en la estética marxista ante el abstraccionismo, la vanguardia y el modernismo y su alta estima por el desarrollo de una estética humanista, con fundamentos cosmovisivos marxistas, enriquecidos con el pensamiento crítico contemporáneo, desde donde deriva sus ideas acerca de la cultura y el arte, en las cuales siempre brilla la lucha de los cubanos por la emancipación.

Esa posición sale a relucir en el libro cuando se habla del papel activo de Portuondo en los debates cubanos acerca de la cultura, desarrollados en los años sesenta y setenta del siglo XX; a propósito de lo cual, el autor puntualiza que la intención del pensador era “la construcción de una nueva estética emancipadora, que tuvo aciertos y desaciertos” (p. 143).

No distante de este criterio está el de los autores Díaz Machado y Moya Padilla (2016), quienes aseguran que “su amplio conocimiento y su profundo humanismo lo hicieron encontrar la vía para imbricar al sujeto con su entorno y al artista con el compromiso social en pro de construir una sociedad más justa” (p. 169). Similar opinan los estudiosos Rovira Suárez y Escalona Chádez (2021), al sostener que siempre Portuondo vinculó estas cualidades con su desempeño de profesor universitario.

Una de las afirmaciones finales, que engloba el sentir que recorre todo el libro de Batista Vargas, es que José Antonio Portuondo Valdor fue “un hombre de su tiempo, que supo colocarse con un espíritu crítico, en el epicentro mismo de lo más novedoso dentro del mundo de la literatura y el arte (p. 156), un intelectual revolucionario con pensamiento abierto y de esencia humanista.

* Doctor en Ciencias Filosóficas. Profesor Titular de la Universidad de La Habana. Estudioso de los nexos estético-culturales en el pensamiento filosófico occidental contemporáneo, de la epistemología y de las relaciones ser humano-tecnología en la educación superior.

Bibliografía

Batista Varga, D. (2020). El legado estético cultual de José Antonio Portuondo. La Habana: En Vivo, Ediciones ICRT, 162 p.

Bayer, R. (1990). Historia de la estética. La Habana: Editorial Pueblo y Educación. 

Bodei, R. (1998). La forma de lo bello. Madrid: Visor.

Díaz Machado, K. y Moya Padilla, N. (2016). El debate vanguardias artísticas versus realismo socialista. Visión de José Antonio Portuondo. Universidad y Sociedad, 8(4).

Rovira Suárez, N., & Escalona Chádez, I. (2021). José Antonio Portuondo en la Universidad de Oriente (1953–1958): acercamiento a sus concepciones y prácticas pedagógicas. Didasc@lia: Didáctica y Educación, 12(1).

Sloterdijk, P. (2000). El pensador en escena. Valencia: Pretextos.

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