Un aula sin paredes: sobre ¡Silencio! La Universidad en el Aire, de Hernán Yglesias Villar
Hay libros que se escriben para llenar un vacío, y otros que se escriben porque el vacío era tan grande que casi impedía escribir. ¡Silencio! La Universidad en el Aire, de Hernán Yglesias Villar, pertenece a esta segunda categoría. En su presentación, el autor confiesa que en 2012, cuando presentó el tema «Contribución de los cursos impartidos en la Universidad en el Aire al desarrollo de la educación en Cuba» para un ejercicio académico, casi no lo logró: la planilla evaluadora estaba formada por personas nacidas después de 1959 que, sencillamente, no conocían la existencia de material fáctico suficiente que permitiera sostener la investigación.
Ese detalle, que parece una anécdota burocrática, es en realidad el corazón del problema que este libro viene a resolver: la Universidad del Aire no solo había dejado de transmitirse; había dejado de existir en la memoria colectiva.
Yglesias no se limita a contar la historia de un programa radial. Su apuesta es más ambiciosa: demostrar que la educación es un proceso social amplio, que no se agota en la escuela ni en el ministerio, sino que involucra agentes y agencias educativas —la familia, las instituciones, y por supuesto, los medios de comunicación—. Cita a Liuba María Hevia para ilustrar esa idea: «No sé si he podido ser lo que soy fuera/lo cierto es que miré usted, mi abuelo fue mi primera escuela».
Con ese gesto, el autor desplaza el foco desde la educación formal hacia esas zonas menos atendidas por la historiografía, donde la radio —ese medio que parecía destinado solo al entretenimiento y la publicidad— se convierte en un aula sin paredes.
La tesis central del libro se articula en tres direcciones: primero, que la Universidad del Aire contribuyó efectivamente a la educación en Cuba y al uso de la radio con fines educativos; segundo, que la educación debe entenderse en su sentido amplio, como proceso social; y tercero, que este proyecto fue una alternativa al sistema de enseñanza oficial y a la propia Universidad de La Habana. No se trata, entonces, de un simple recuento de conferencias, sino de una reivindicación del papel de los medios como agentes educativos de pleno derecho.
Para sostener ese argumento, Yglesias organiza su libro en cuatro grandes bloques que recorren casi tres décadas de historia: los antecedentes y las bases conceptuales; la primera etapa, entre 1932 y 1933; el período de esplendor, entre 1949 y 1952; y los años finales, entre 1953 y 1960, que incluyen el triunfo revolucionario y el lento declive del proyecto. Uno de los aciertos metodológicos del libro es, precisamente, su decisión de no tratar la Universidad del Aire como un bloque homogéneo. El autor advierte que el programa tuvo momentos con diferencias bien marcadas y por eso lo divide en cuatro etapas.
El segundo período, el de 1949 a 1952, es considerado por él como el más fructífero por la diversidad de temas, el debate con el público y la amplitud de formas que convergieron en sus transmisiones. Esa precisión cronológica no es un detalle menor: durante décadas se dio como fecha de fin de la Universidad del Aire el año 1952, cuando en realidad continuó hasta 1960. El libro corrige ese error y, con ello, amplía el mapa de lo que fue posible pensar y decir en la radio cubana de aquellos años.
Uno de los momentos más sugestivos del volumen es el análisis del curso «Realidades y esperanzas de Cuba», transmitido en 1959, ya con la Revolución en el poder. Las páginas finales reproducen las palabras con que Luis Aguilar León, director del programa en ese momento, presentó el ciclo:
“Y créanme que nunca mejor que estos momentos para dirigirme a ustedes, porque hoy, tras largos años de opresión y censura, respiramos a pulmón pleno una libertad recén conquistada. Porque se nos hace preciso, ahora más que antes, las palabras y los consejos serenos que nos ayuden a mantener esa libertad, y porque la Universidad del Aire, uno de los más tenaces y logrados esfuerzos en pro de la cultura nacional tiene hoy que vestir sus mejores galas para celebrar lo que es abono y esencia del espíritu: la libertad de expresión”.
El libro no elude las tensiones de ese momento. Yglesias señala que la Universidad del Aire interrumpió su programación planificada para saludar un hecho de suma importancia: el triunfo de la Revolución cubana, como hiciera Mañach en la década de 1930 tras la huida de Machado. Es decir, el programa no fue ajeno al cambio político, sino que intentó dialogar con él.
El curso incluyó conferencias de figuras clave del nuevo gobierno, como Armando Hart Dávalos, entonces Ministro de Educación, y Regino Boti, Ministro de Economía, junto a otros intelectuales y técnicos. El propio Hart, en una intervención del 1 de febrero de 1959, dijo:
“La Universidad del Aire significa mucho para nosotros. Aquí veníamos desde mucho antes del 10 de marzo todos los domingos. […] hoy venimos […] exactamente lo mismo que hace unos años; venimos a expresar en brevísimas palabras lo más esencial de esas dudas, de esas inquietudes y de esas esperanzas […] Alumno que soy de la Universidad del Aire, responsabilizado además con la difusión y la cultura, mis palabras irán dirigidas más que a nadie, al director del programa y la juventud cubana, porque queremos que lo que representó para nosotros la UA, pueda llegar a representar para toda la generación revolucionaria responsabilizada hoy con el poder”.
Sin embargo, el libro también documenta cómo, a medida que avanzaba el proceso revolucionario, el panorama comunicativo se transformó. Yglesias apunta que, si bien en algún momento la Universidad del Aire ofrecía una alternativa educacional única, ahora el panorama cambiaba, pues comenzaron a aparecer otras muy parecidas y, sobre todo, poco a poco se iba inclinando la programación de todos los medios hacia lo educativo.
El proyecto, que había sido pionero, dejaba de ser excepcional en un contexto donde la educación se convertía en prioridad estatal. Los cursos posteriores —«Cultura cubana e ideas contemporáneas» y «Doctrinas e ideas contemporáneas»— muestran un giro hacia temas más ideológicos: existencialismo, marxismo, psicoanálisis, imperialismo, pensamiento social católico, sindicalismo. Y el último, «El gran camino de los libros», inaugurado en julio de 1960, tuvo a Mañach como figura central.
En una de sus alocuciones, el propio Mañach anunció: «Nosotros, queridos oyentes, estamos llegando hoy a Roma por ‘El gran camino de los libros’. Nuestra estancia en la Ciudad Eterna, es decir, en la evocación de sus letras inmortales, no va a ser muy larga, apenas unas cuatro semanas, cuatro domingos». Poco después, el programa desapareció. El libro cierra así un ciclo que comenzó en 1932 y terminó en 1960, atravesando casi tres décadas de historia cubana.
El volumen dedica páginas sustanciales a dos personajes inseparables de la Universidad del Aire. Sobre Jorge Mañach, Yglesias reconoce que hay «mucho Mañach» por descubrir y que «hay quien ha dicho que fue controversial», pero él se inclina por verlo como «un hombre de preciosas muestras de coherencia, y de amor desmedido a su patria». Es una valoración que, sin duda, orienta el tono del libro: no es una biografía crítica de Mañach, sino una reivindicación de su proyecto educativo.
Algo similar ocurre con Goar Mestre, a quien el autor defiende de la acusación de «monopolista» y reivindica como una figura clave de la historia mediática cubana, cuya impronta —dice— «sería atinado acercarse, de una vez por todas». Estas tomas de posición no debilitan la investigación, pero sí la sitúan: es un libro escrito con admiración, no con distancia neutral. Y eso, lejos de ser un defecto, es también una de sus claves: Yglesias no oculta que escribe sobre algo que considera valioso, y esa convicción atraviesa cada página.
Uno de los hallazgos más valiosos de la investigación aparece también en la presentación: en el Instituto de Historia de Cuba, Yglesias encontró fondos de discos de vinilo con el rótulo «Universidad del Aire» y comenzó a digitalizarlos. Allí aparecieron muchas de las conferencias que se creían perdidas para siempre luego de 1952. Es decir, el libro no solo reconstruye una historia a partir de fuentes impresas, sino que rescata el archivo sonoro de un proyecto que, de otro modo, habría quedado reducido a menciones de pasada en la bibliografía especializada. La inclusión de anexos con conferencias completas, portadas de los cuadernos y una lista de audios de los programas convierte a este volumen en una fuente primaria para futuros investigadores.
La presentación termina, además, con un dato que ilumina todo el libro: en octubre de 1995, la emisora nacional Radio Rebelde comenzó a transmitir la «Universidad Popular del Aire», presidida por Armando Hart Dávalos, 35 años después de la última noticia del proyecto original. Ese gesto —recuperar el nombre, la idea, la voluntad de educar a través de la radio— demuestra que la Universidad del Aire no fue solo un experimento del pasado, sino una idea persistente en la cultura cubana. Yglesias lo sabe, y por eso su libro no es una elegía, sino una invitación a repensar el papel de los medios en la formación de ciudadanía.
¡Silencio! La Universidad en el Aire es una contribución significativa a la historiografía de la radio y de la educación en Cuba. Su mayor mérito no está solo en rescatar un proyecto olvidado, sino en demostrar que la radio —incluso la radio comercial, incluso la radio de entretenimiento— puede ser un espacio de formación intelectual y de debate público.
El libro corrige errores, recupera audios, organiza cronologías y propone una tesis que trasciende el caso cubano: la educación no solo ocurre en las aulas. Para quienes investigan la historia de los medios, la cultura cubana del siglo XX o los proyectos de educación popular, este volumen es una referencia obligada. Para quienes simplemente aman la radio, es una ventana a un tiempo en que la palabra dicha al aire podía, de verdad, cambiar algo.