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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Un malo querido

En el libro Aquel niño que nunca fui. Memorias, escrito por el actor Luis Rielo, el protagonista muestra su faz vital, oculta casi siempre de las cámaras y muy lejana del glamour

Desde hace algunos años, quizás un poco saturados todos de ciclópeas epopeyas y grandes hitos, las historias de vida ocupan un importante sitio en las producciones comunicativas de cualquier soporte. La voz humana en primera persona, sea filmada, grabada o escrita, y que habla de sus propios avatares, logros y carencias, se ha tornado en un documento apreciado y cada vez más necesario.

Eso hace que las biografías y libros de memorias, por suerte ya no siempre reseñando las sendas gloriosas de grandes guerreros, héroes o triunfadores de abultados bolsillos, adquieran hoy una trascendencia diferente. Tales historias de vida, que logran reflejar en ellas existencias menos pomposas y más tangibles, se convierten en retratos humanos, cercanos al común prójimo y, justo por eso, se ungen de mayor valía. Esa idea salta a la vista cuando recorremos las páginas de Aquel niño que nunca fui. Memorias, escrito por el actor Luis Rielo y que publica la Editorial En Vivo.

Porque justo se trata de una autobiografía donde el protagonista, sin lugar a dudas un artista querido y reconocido por su pueblo, muestra también esa otra faz vital, oculta casi siempre de las cámaras y muy lejana del glamour. El duro camino que hay que transitar para conseguir los sueños, para lograr los objetivos que cada quien plantea para su propia existencia se retrata aquí de modo vívido.

Luis Rielo, trasmutado en memorioso biógrafo de sí, es uno de esos actores bañados por un innegable regalo. Gracias a su trabajo, ha logrado por años perder su propio nombre para ser Malpica, el Sargento Asín, algún odioso esbirro, bandolero o agente de la CIA, o ese todavía hoy despreciado mayoral Matías. Tal lauro, solo palpable cuando despierta desde las muchas voces y miradas del pueblo telespectador, es un presente que la diosa Fortuna prodiga a pocos elegidos. Ser un malo querido, odiado en la televisión y admirado luego en la vida real es un añorado privilegio que no todos consiguen.

Como artista, Rielo ha tenido una muy completa trayectoria. Ha hecho teatro, radio, cine y mucha televisión. En épocas en que la mayoría de los programas televisivos nacionales eran por completo en vivo, en especial aquel hoy mítico espacio de Aventuras que casi paralizaba el país al final de la tarde, Luis Rielo era un habitual de tales realizaciones. Tuvo la suerte de trabajar bajo la batuta de consagrados directores del género y de tener ese don para encarnar terribles personajes negativos. Con estos malos entre manos, los artistas de buena cepa saben sacar el debido lustre a sus actuaciones y hacer sitios en los recuerdos. Sin dudas, las aventuras otorgaron un lugar de privilegio al actor en la memoria colectiva de los que pudimos disfrutar aquellos seriales.

Sin embargo, no todo es oropel y encanto. El propio escritor revela los matices de su muy dura infancia, esa que él mismo afirma que no tuvo, dada la muy precaria situación económica familiar y la lucha por la supervivencia diaria. Cuenta también cuánto sacrificio, cuánto esfuerzo, dedicación y constancia hay detrás de esas imágenes, antes de que lleguen los aplausos y la admiración del público. Golpes, heridas, momentos difíciles, que nunca vemos en cámara, también están entre los precios a pagar. La voluntad de hacer realidad un sueño, los escollos de la vida diaria son el duro camino a recorrer para gozar luego del, en este caso, más que merecido cariño del pueblo televidente.

Muchas son las sombras que ha debido enfrentar este artista en su camino. Detalles tan simples como un frenillo al hablar, la falta de habilidades discursivas o las escasas lecturas pueden ser obstáculos insalvables en una carrera hacia el arte. La constancia diaria, la disciplina y sobre todo la voluntad que conduce inexorable a un objetivo son las verdaderas alas que alzan el vuelo a los logros.

Luis Rielo, luego de una larga vida de trabajo, ostenta el Premio Nacional de Televisión, la condición Artista de Mérito y el Premio Caricato, entre otros lauros. Ahora pone su existencia ante nuestros ojos, como invaluable regalo, como ejemplo de esas cualidades que todos podemos tener y practicar. Así, en clave humana, las pantallas de papel de Aquel niño que nunca fui esperan por ser abiertas.

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