dom. Ene 19th, 2020

Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El selecto club de los juegos inteligentes


Sobre los programas de participación en la TV Cubana

El selecto club de los juegos inteligentes


Por Antonio Enrique González Rojas

 

“¿Quién no se atribuye alguna virtud,

cierto talento o un firme carácter?”

José Ingenieros
(El hombre mediocre)

 

El ser humano racional, capaz de (re)conocerse como ente creativo y modificar la realidad que una vez lo engendró a su imagen y semejanza, conforma su credo vital desde el influjo del genio individuado, clama por detentar una cosmovisión única e independiente, salpicado por el main stream gnoseológico de la sociedad: saberes compartidos, consensuados por la convención y la conveniencia. También por el instinto primitivo de pertenencia a un grupo social, donde la integración a un núcleo homogéneo deviene estabilidad, seguridad, al saber que el Sol siempre sale por el Este, que “las rosas son rojas/ las violetas son azules…”

De dilemas prístinos como este de ser vs. formar parte, no puede huir prácticamente nadie. Se adoptan actitudes salomónicas, treguas o pactos entre el demonio perturbador del librepensamiento y el angelote calmo del resguardo en el seno social. Muchos (demasiados diría yo) asumen posturas ante la sociedad y ante sí mismos, donde se proponen, se venden y hasta regatean, como seres independientes, realmente buscando descollar por sus “particularidades”, desde canales de legitimación social sobradamente legitimados, valga el retruécano.

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La Televisión -profeta doméstico con la mayor feligresía de la historia humana conocida, capaz de prometer y cumplir todos los deseos sin entrañar riesgos para la integridad física y emocional de sus seguidores-, provee vías ideales para ejecutar actos hipócritas de uno consigo mismo, que busca ser reconocido entre muchos por la hazaña de bailar, cantar, declamar o contar anécdotas humorísticas, espetadas durante el dominó o la descarga con los socios, ahora redimensionadas  ante las cámaras.

Bajo esta égida, los shows mediáticos que a lo largo del mundo dan oportunidades doradas a talentos aficionados, incógnitos hasta el momento, gozan de alta preferencia entre las audiencias, casi desde su misma concepción en fecha añosa. Hace cerca de ocho décadas, miles de cubanos seguían en CMQ las emisiones radiales de La Corte Suprema del Arte, donde se competía bajo la amenaza de la campana apocalíptica, con la cual el jurado deshacía castillos de naipes. Desde entonces, la fórmula caló como idea democratizadora, art way of life donde todos pueden alcanzar el Parnaso.

Todo el mundo a moverse

Proliferaron en las programaciones audiovisuales cubanas, espacios donde se abría el escenario del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), o los estudios del FOCSA, al ciudadano común con aptitudes y/o actitudes favorables hacia alguna manifestación artística, preferentemente el baile y la interpretación musical: Todo el mundo canta, Para Bailar, Joven Joven y sus variantes posteriores Para que tú lo Bailes, Bailar Casino y A moverse.

Los influjos de tecnologías interactivas como el karaoke, conjugados con la despreocupación o desinterés hacia el rigor necesario para que tales competencias no cayeran en saco roto y resultaran efectivos aportes al arte, hicieron que la TV Cubana trastabillara en el umbral del siglo XXI con talent shows cada vez más emparentados con La corte de los milagros, como el mencionado A moverse y Super 12, donde las competencias de interpretación de temas banales y populacheros a ultranza, ocurrían sin una sensata preselección que evitara los grandes ridículos transmitidos cada domingo, redundantes en la denostación de la dignidad de los participantes, acentuada la definitiva intención ridiculizadora por el constante chanceo de los conductores oficiales. El último espacio mencionado, en su crepúsculo (el cual acaeció desde la transmisión piloto) ejecutó diversos juegos físicos, tomados al calco de programas europeos, de preferencia española, como El juego de la Oca: iniciativas tan “ingeniosas” como explotar globos con el trasero o reconocer animales babosos con el tacto.

El humor cubano, al parecer no lo suficientemente peyorado en las últimas dos décadas, llenas de oportunismo y concesiones en pos de la pecunia personal, ha recibido nuevas mancillas con la ascensión al ruedo mediático de improvisados (en el peor sentido) “chistosos”, pertrechados de humoradas refritas de la Internet o de los shows de Álvarez Guedes, Robertico, el Titi y el Nene, Los Robertos y hasta la peor de las etcéteras.

Los intentos preliminares de programas como En la Viva y el propio Contacto, donde se lograba acotar en cierto sentido el peligroso explayamiento de la ridiculez, dieron lugar a posteriores desafueros como Los amigos de Pepito, donde se pecó de mayor liberalidad, amén cierta preselección y adiestramiento por parte del “padrino” Berazaín. Mas en realidad, ¿qué ganaría el humor cubano con sumar más efectivos a los ya abundantes reproductores chistográficos, adscritos a la tendencia más perjudicial de esta área?

El inevitable fenecimiento de tal proyecto, generó un lamentable epígono: Vivir del cuento, donde la descualificación de los participantes arreció, acentuado por la torpe imbricación dramatización-participación, para finalmente ser eliminada la arista competitiva a favor del sketch, sostenido por los irregulares personajes de Luis Silva (el más afortunado), Mario Sardiñas y Olivia Manrufo.

Encuentro intranquilo con las neuronas

A contrapelo de tales propuestas, medidoras de habilidades meramente físicas o “pujonas”, la pantalla nacional ha acogido programas explotadores de aristas más sapienciales, aunque casi siempre combinados con juegos de acción. Los públicos de mediana edad recuerdan aún 9550, intitulado a propósito del enjundioso gran premio, consistente en viajar a la Moscú soviética, situada precisamente a 9550 kilómetros de La Habana. Esta era una curiosa estrategia de sutil propaganda, enfocada a la inserción prioritaria de la cultura rusa en el acervo del cubano. No obstante, esta experiencia abogó por el más noble cultivo del saber. La legitimación social, a la vez que la auto reafirmación como singularidad descollante y simultáneamente aceptada por la colectividad indefinida, optó por el destaque intelectual, si bien sólo abordado el aspecto más superficial del memorismo, sin una real imbricación dialéctico-crítica.

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Esta iniciativa fue posteriormente replicada en proyectos como el dominical Ni Más ni Menos, de finales de los años 80´, a su vez suerte de embrión predecesor del más ambicioso estelar sabatino ¿Quién sabe?, propuesta inaugural del siglo XXI para esta tendencia genérica televisiva, bastante fiel al original en cuanto a la confrontación dinámica física e intelectual, con énfasis en lo primero, menoscabado lo segundo. Poco tiempo después apareció en las pantallas otra opción más docta bajo el título de Encuentro con Clío, espacio de intenso sino sapiente, enfocado en la confrontación erudita sobre temas históricos entre estudiantes universitarios.

Las emisiones originarias del programa descollaron entre sus homólogos por el rigor gnoseológico, superado el saber acumulativo, (sin dejar de tener breves secciones donde la agilidad mental primaba por encima del razonamiento) hacia el saber reflexivo, el pensamiento histórico complejo, al que se dedicaba la sección final de cada emisión. La legitimación social lució novedosas tonalidades en franco, y hasta medianamente exitoso desafío, a los convencionales cánones juveniles de la notoriedad, basados sobre todo en el aspecto físico, sintonía con la moda, numerosas conquistas amorosas, habilidades danzarias y solvencia. El conocimiento se delató también como valioso distintivo en todas las variantes sociales, culturales y económicas.

A diferencia de ¿Quién sabe?, sus modelos, la multiplicidad de premios contenidos por baúles, y las irregularidades lectivas delatadas por los “equipos” en competencia, casi siempre en proporción directa a sus habilidades físicas, los encuentros con la musa de la Historia perviven en las pantallas, mermados, tiempo ha, tras el impacto inicial, apocados por la monotonía, la agotada rigidez creativa, la torpeza de los conductores olorosos a farándula, pero sobre todo por la simplificación intelectual de las competencias, donde prevalece la memoria sobre el razonamiento creativo.

Tras otros intentos nunca consolidados, como Sorpresa XL y demás, en constante vaivén entre la mofa “karaokiana” y el memorismo simplificado, la más reciente iniciativa en materia participativa es El selecto club de la neurona intranquila, proyecto guiado por el humorista Baudilio Espinosa, originario del Canal Habana y catapultado por su éxito a Cubavisión. Este programa, basado igualmente en el conocimiento, si bien también apela por lo general a la memoria, sí goza de profundización temática, con precisas argumentaciones, cuya agilidad las salva de pedanterías “didactistas”, enfatizándose además en la remoción mental con el fomento de la llamada agilidad mental de ameno sesgo ingenioso, una de las mejores faces del humor.

El programa, como producto completo, salva cualquier estancamiento y torpeza en su ágil transcurrir, convenientemente dosificadas las competiciones con las pausas jocosas, las entrevistas y las dramatizaciones referenciales paródicas respecto a importantes obras, acontecimientos y personalidades, a la saga de la mejor tradición de los ocurrentes acercamientos a la historia del investigador estadounidense Will Cuppy y posteriormente del escritor cubano Juan Ángel Cardi.

La madurez artística insuflada por sus guionistas (Nwito, Carlos Fundora, el propio Baudilio, etc.), salidos de las selectas filas del humor “inteligente” nacional, y realizadores en general, evitan la atrofia temprana acusada por otros, nacidos desde la imprevisión populista, propiciadora de ilusorios destaques del hombre entre el colectivo que lo acepta por verse especulado en él, perdiéndose -a la larga o a la corta, por adopción de las prácticas convenidas- toda traza de real identidad individual. Quienes salvan tales trampas sociológicas emplean eficaces recursos estéticos y comunicativos para conciliar entretención con ilustración, y hacer lo suficientemente atractiva la membrecía de El selecto club de la neurona intranquila, donde ninguna neurona se parece a otra.

¿Dónde estás, Pocholo?

Otro de los méritos de El Selecto… fue su bilocación etaria durante la temporada vacacional veraniega, logrando con éxito aplicar su algoritmo sapiente a los adolescentes, a contrapelo de las reiterativas competencias con sabor de fotocopia y papel carbón entre equipos de niños que se desgastan en el set del programa televisivo dominical El Elefante y la Hormiga. En sus orillas se estrellan anteriores encarnaciones, que han venido degenerando desde la dignidad de las décadas de 1980 y 1990 hasta la atrofia creativa en el alba del siglo XXI.

Entre la niebla de mis primeros años aparece el recuerdo del olvidado A jugar, donde se divulgaba el valor de la educación física en la formación del niño cubano, conjugada con otros campos del conocimiento como las Matemáticas. Conducido por comentaristas deportivos de la Televisión Cubana (el que más recuerdo es René Navarro), asesorados por licenciados en Cultura Física y Educación Física, filmado en estadios y terrenos deportivos, este espacio apostaba por la creatividad, no reñida con la preparación física óptima.

Luego de esta oferta, las competencias entre equipos de niños inclinaron la balanza hacia una perspectiva más artística y creativa, consolidada en Pocholo y su Pandilla, programa protagonizado por el actor Nelson González en el papel de un mágico director de feria, constantemente al tanto de las travesuras de los “bonetes” Pastosa, Listón, Tico Tic Tac y el posteriormente incorporado Villano Mandax. Con el desarrollo de diferentes argumentos como pretexto, este se basaba en la pugna entre dos bandos de pandilleros, de overall y pañoleta en la cabeza, en diferentes juegos competitivos donde se combinaban también habilidades físicas y mentales.

Aplaudido por unos, despreciado por otros en su momento, la memoria de Pocholo… acude desde hace casi dos décadas como ejemplo de voluntad creativa, producción compleja, solo igualada por el más contemporáneo y raro La sombrilla amarilla, e histrionismo balanceado entre la calidad y la dignidad. No obstante, los llamativos personajes pregnaron en toda una generación de niños cubanos, quienes miramos con nostalgia hacia ese pasado sin retorno.

Marcada su decadencia por la salida del personaje del bonete Listón, Pocholo… definió además el principio del fin de este tipo de producciones audiovisuales para público infantil, las cuales nunca han logrado más la factura de este.

El sustituto, nombrado Fantástico, estuvo marcado por la decadencia desde su mismo nacimiento, con un formato rígido que quiso mezclar las características deportivas de A jugar con el arte de la feria de Pocholo en un producto de poco alcance creativo, devenido en una inexperta animación turística de piscina, cada vez más torpe y reiterativa, donde los mismos juegos se repetían hasta el fin de los tiempos, por suerte adelantado ante la muerte térmica del programa.

El parque de todos fue un intento de reencarnación de Fantástico en busca de mayor originalidad (incluso repetían varios de sus actores); pero inmediatamente degenerado en algo más de lo mismo, no llegó a la mayoría de edad.

Paralelamente a los intentos de la Televisión Cubana por fomentar estos programas competitivos (si bien no competentes), telecentros provinciales como TV Yumurí pulsó la cuerda con Barquito de Papel, de resultados pobres en el apartado lúdico, mas no en la trama secundaria, nombrada La Telepaella, protagonizada por grotescas lombrices dotadas de un humor interesante. La diferencia es marcada por el argumento de ciencia ficción “juliovernesca”, con referencias al programa La hora de las brujas y un guión enriquecido por el uso de la jitanjáfora y la ironía, no usual en este tipo de producciones desde la época del programa de Osbrújula Pérez y Suárez del Villar.

Y las cadenas nacionales vuelven al ataque con una nueva reencarnación de Fantástico y El parque…, menos original y más aburrida que los dos juntos, nombrado El elefante y la hormiga, donde la creatividad se reduce a cero, la improvisación de los conductores desluce por completo el programa y no hay nada nuevo bajo el sol, digo, bajo las lámparas de los estudios del ICRT.

Es indudable el descenso de este tipo de producción televisiva en la línea del tiempo iniciada por A jugar, muy parecida a las versiones adultas como Todo el mundo canta, Para bailar, Para que tú lo bailes, Quién sabe, Sorpresa XL, Encuentro con Clío, El selecto club de la neurona intranquila (sin dudas una bocanada de aire fresco a la que se le agota el aire), fomentada por las extensiones excesivas de espacios hasta el agotamiento más deprimente (Dando vueltas y su fotocopia Abracadabra sopa de palabras, si bien se salen del formato tratado, son buen ejemplo de esto), quizás por no aparecer, o por no ser aceptadas, ideas renovadoras y auténticas.

Falta la nueva corriente que ventile la programación para infantes, donde estos jueguen un papel activo, convirtiéndose el niño común en protagonista de su propia aventura, midiendo fuerzas consigo mismo y con sus iguales, a la par que disfrute de un producto artísticamente rico y enriquecedor del espíritu. Quizás Pocholo duerma aún en su polvorienta feria, vamos a tratar de despertarlo…


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