sáb. Sep 19th, 2020

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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Hablando claro sobre la opinión en la radio


Sin estilo y estado de gracia, no hay juicio que provoque

Hablando claro sobre la opinión en la radio

Por José Alejandro Rodríguez

Aunque soy un hombre de la prensa escrita, del tozudo mensaje en papel y tinta que perdura,  la incursión en la radio ha enriquecido mi universo comunicacional, con  ese duende de hablarle al oído a la gente y acompañarle incitando –o excitando- sus entendederas.picua

Me solicitaron algunas reflexiones sobre la crítica en este medio de la inmediatez sonora. Pero, como muchos identifican a esa señora -la crítica- como a una intempestiva vocinglera, negativista y abrasiva, siempre he preferido hablar del criterio, o la opinión, en un sentido más abarcador y equilibrado: es la valoración integral, el bisturí que disecciona y sana a la vez. El talante para fustigar y elogiar al mismo tiempo, o en tiempos diferentes. Es la devoción al juicio hondo, pero dosificado y sin estridencias.

El privilegio de permanecer ya hace unos años en la tropa de Hablando claro, de Radio Rebelde, me ha permitido percatarme de que el ejercicio del criterio en la radio – como en la televisión-, está igualmente condicionado, como en la prensa escrita, por ciertos preceptos universales que después cada uno de esos medios adecua a sus particularidades.

Dicho de otra manera: la opinión al oído, o si además se apoya en la imagen, comparten ciertas reglas generales inviolables, con la que se prodiga línea tras línea, en el papel al cual uno puede volver una y otra vez.

Un opinante, cualquiera que sea el tema de su reflexión, primero que todo, debe ser una persona culta e informada, no solo en el sentido libresco y cultural más elevado. Debe haberse bañado, o por lo menos salpicado, en los torrentes mundanos de la vida, sin campanas de cristal que le aislen.

Ello le permitirá con más facilidad articular esa conexión entre los hechos, lo factual de la vida, y lo conceptual, las esencias y tendencias de la sociedad. Ver, con sentido hemingweyano, lo que esconde la punta del iceberg, lo que hay debajo de la noticia o el hecho comentado.

La cultura no se revela en el opinante con rebuscadas citas enciclopédicas. Las horas que dedicaste en tu vida, desde temprano, a leer, sublimarte con la música, la pintura, el cine o el teatro, y a hablar con la gente, observarla y ponerte en su lugar, después se reflejan inconscientemente en el calibre de tu reflexión, lo anchuroso de tu juicio, la capacidad de interconectarlo todo en la realidad con vasos comunicantes de causa-efecto.

Y esa cultura es la que le permite a uno jugar con los encantos de la palabra en cualquiera de los medios. Con un pobre vocabulario de  aburrido administrador de las palabras, no se puede sorprender e incitar al destinatario (lector, radioyente o televidente) a la compleja aventura de la reflexión. Hay que llevar un tesoro escondido de códigos para jugar con ellos intencionadamente, y hasta embellecer el pensamiento, que también es un acto estético. Con un vocabulario de 300 palabras manidas y romas no pueden abordarse las complejidades y sutilezas de la realidad. Sin estilo y estado de gracia, no hay juicio que provoque (¿verdad, Rufo Caballero?).

Lo otro es la calistenia para el pensar, que debe comenzar mucho antes en la vida, desde la niñez. Sí, porque el ejercicio de la opinión no es un acto súbito e improvisado, sino el resultado de toda una gimnasia mental, de un entrenamiento a lo largo de la vida. Y en ese oficio del criterio, no valen perogrulladas, lugares comunes y mimesis del momento, sino pensar con cabeza propia primero que todo. No pedir permiso para enjuiciar, no postrarse ante las regulaciones del entorno, sino manejarse con equilibrada autorregulación, para soltarse y recogerse, con una de cal y otra de arena.

Dichas las premisas universales para la opinión, añadiría que en el caso de la radio requiere de una dicción correcta, pero no tan “perfecta” que suene a laboratorio premeditado. La sal y la pimienta de este medio insustituible es el tono coloquial, íntimo, de conversación de sobremesa con que se puede atrapar al radioyente. Un tono que permite prodigar honduras y complejidades con naturalidad y sin atalayas sabihondas, didactismos hieráticos ni moralejas regañonas. Un tú a tú con el radioyente, moviéndote en la flexible cuerda de las transiciones entre lo culto y lo mundano, entre el fenómeno y su esencia, entre lo que anda y lo subyacente.

Nunca alguien que enjuicia y critica en la radio debe sonar altisonante y presuntuoso, ni dar la sensación al oyente de que esa es la verdad única. Porque el oyente es un ser muy intuitivo y sensible para captar cuándo le quieren imponer dicterios disfrazados, o le quieren desconocer su capacidad de ideación y reflexión.

En mi corta experiencia con la radio, creo que esos son criterios imprescindibles para lograr comunicarse sobre la base del carisma, la gracia y la profundidad, con ese destinatario anónimo y nada cautivo: esos oídos cimarrones que se escapan del dial con una trompetilla cuando menos lo imaginamos.


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