sáb. Sep 26th, 2020

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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Y ya que hablamos de telenovelas (III)

Acerca de las consideraciones expuestas por el escritor venezolano José Ignacio Cabrujas en su libro Y Latinoamérica inventó la telenovela Por Victor Fowler

Y ya que hablamos de telenovelas (III)


Lo que parece sencillo es tremendamente profundo y desafiante porque, si de un relato basado en la exacerbación de los sentimientos es eliminada la acumulación de obstáculos, es decir, si se acaba “con tantos agobios” que descienden encima de quien sea protagonista principal, ¿qué otra cosa nos queda? Puesto que el relato establece una dialéctica entre protagonista y obstáculo, corresponde al escritor balancear, modular y organizar ello en el interior de tramas que han de ser creíbles y evitar “la tentación fácil”; por ello, señala Cabrujas (2015) que “el gran recurso de la novela es crear personajes que, a pesar del agobio de sus situaciones, se expresen con encanto”. Pero, ¿qué significa expresarse “con encanto” y cómo puede hacerlo un personaje que, al mismo tiempo, se encuentra “agobiado” por determinada situación?

Si lo anterior pone alto el listón para los escritores de telenovelas, la siguiente idea de Cabrujas complejiza todavía más el trabajo de la escritura; préstese especial atención al momento que destaco: “Nuestro pueblo no se solidariza con el héroe trágico, lo quiere pícaro y vivaz, ligero —que no es superficial…” ¿Qué diseño de personaje posibilita tener un héroe que tiene, al mismo tiempo, agobios y encanto, que es ligero pero no superficial, que aunque tiene penas sigue siendo vivaz?

En paralelo a lo anterior, el autor recomienda atender a un segundo y muy complejo polo dialéctico, esta vez desde la óptica de la tensión que se establece entre el deseo principal que estructura y marca la dirección de las acciones del protagonista (deseo que, en opinión de Cabrujas, es siempre de orden amoroso) y lo que ocurre “afuera” del núcleo amoroso, entre lo que sucede en el mundo privado de la pareja y el espacio social compartido por el resto de los personajes y los televidentes. Entre las líneas para el desarrollo y el movimiento de puntos de interés del relato, de acuerdo con Cabrujas deben existir tres puntos: lo que pertenece a esa suerte de contenido central, cerrado e invariable que es el deseo amoroso; la “meta sublime” que corre en paralelo al contenido central; y las “expresiones de la cultura” que “implican una nueva manera de ver las cosas”.

Atendiendo a lo dicho arriba, la telenovela es elaborada como se dibuja un mapa, donde confluyen líneas de fuerza que inflaman o mueven a los personajes. Estas líneas están distribuidas en un orden diferencial y jerárquico de acuerdo a si las figuras son protagonistas-héroes (portadores de marca positiva), antagonistas (portadores de marca negativa), secundarios de acción sostenida (presentes como apoyo en la mayor parte o la totalidad de la historia), de aparición esporádica o puntual.

Es evidente que la combinación de ambas demandas, a las cuales se suma “darle un mayor peso a las tramas secundarias para que no recaiga todo solo sobre la historia de amor”, obliga en la escritura de telenovelas a una búsqueda de profundidad en los diálogos, las ideas que expresan los personajes, el diseño de los ambientes, la construcción del árbol de personajes, la densidad psicológica de cada uno, el carácter estrictamente lógico para la trama de las acciones que realizan, además del estrecho diálogo entre lo que pasa en la telenovela y lo que vive la sociedad concreta donde se realiza el género. Algo como esto constituye para un escritor un desafío tan enorme como la creación de una obra concebida dentro de los cánones de la literatura “culta”. A partir de estos cimientos, Cabrujas escribe un fragmento tan inquietante como este: “a los críticos no les cuesta nada decir que Chaplin es bueno y respetarlo, ni que es uno de los valores intelectuales más grandes del siglo XX. Pero, ¿por qué les cuesta tanto respetar la telenovela?”.

Primera pregunta: ¿es realmente cierto lo que el autor afirma aquí? Segunda pregunta: ¿qué hay en la telenovela, tanto en el género, de modo global, como en obras concretas que deba ser respetado? ¿Cómo armoniza esto con todo lo anterior? En un interesante ensayo del año 2006, Los modelos de la telenovela, el investigador chileno Eduardo Santa Cruz Achurra escribió que hasta la fecha se habían hecho no menos de 4000 títulos del género y expuso que “dicha cantidad ya constituye un volumen suficiente como para discernir sobre la existencia de ciertos modelos, más o menos subyacentes o explícitos”. O sea, un corpus tan enorme como este nos invita a “pensar” cómo se hacen las obras del género.

 

Bibliografía:


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