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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Años de radio en Fernando González Castro

Uno de los radialistas apasionados que este año alcanzó el Premio Nacional de la Radio

No días, sino años de radio tiene en su ADN el villaclareño Fernando González Castro, que ha merecido un premio de este calibre. Claro está que para llegar a degustarlo, la cosecha de éxitos tiene que haber sido cuando menos abundante.

Pero el premio sabe mejor si el aplauso llega por lo que a uno más le gusta hacer en el ámbito profesional. Este es el caso de González Castro, quien ha confesado que amanece y se acuesta escuchando la radio. De más está decir que pertenece a la tribu de los seducidos por ese medio que aviva la creatividad.

Aparte de fascinarle aprender cada día algo nuevo, tiene delirio por compartir lo que va rumiando. Sus colegas saben muy bien que en el Departamento Dramático de la CMHW, la emisora de la central provincia de Villa Clara, ha sido profesor y estudiante.     

Lo primero que hizo este hombre, cuando aún no había sido galardonado en el mundo de la radio, fue impartirles clases de dramaturgia y actuación a un grupo de niños. Con ellos creó un espacio infantil, difundido por la CMHW en el verano de 1985.    

También le ha tocado dirigir en esa radioemisora diversos programas de corte histórico o infantil.  En la actualidad, el también poeta repentista está a cargo de la programación musical campesina en la mencionada radioemisora.    

González Castro ha echado a volar su imaginación como escritor, guionista y realizador de series, novelas, cuentos y teatros para ese medio que dibuja la imagen con los sonidos.

Santo Domingo, su pueblo natal, es el escenario recurrente en el que sus radionovelas de época respiran. Fue en ese pueblo donde recibió la influencia positiva de su maestra de primaria Ángela Benítez y el intelectual dominicano Eduardo Franco.     

“De ella (Ángela Benítez) aprendí disciplina, sentido de pertenencia, seguridad en mí mismo. Su enseñanza marcó un hito en mi vida, la recuerdo siempre con mucho cariño”, dijo recientemente en entrevista concedida al periódico villaclareño Vanguardia.    

A Franco lo evocó como aquel hombre que reunía a muchachos de su generación en el parque para hablarles de Historia, Filosofía y cultura en general. De aquellas pláticas surgió un taller literario. “A partir de ahí empecé a cultivarme. Todo fue cambiando en mí. Yo tenía un carácter fuerte, bastante agresivo”. 
   
De la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba en Villa Clara llegó a ser  Vicepresidente Provincial y Presidente de la Filial de Cine Radio y Televisión.     

Muy celoso porque todo salga bien hecho y constante es este creador, que no por gusto es uno de los Artistas de Mérito del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Entre sus tantos premios están los de Realizador más destacado del Festival de la Radio, Mejor Escritor de Programas Históricos y Mejor Escritor de Novelas Cubanas.    

Por si fuera poco, ostenta la Orden por la Cultura Nacional, el Sello 80 Aniversario de la CMHW y el Micrófono Símbolo de la Radio Cubana.     

Si con algo sueña -dormido y despierto-  es con publicar dos libros: “La Historia de Cuba recreada en décimas” y “La Dramaturgia en la Radio”.    

Dice que las encuestas y la retroalimentación cotidiana dan muestras de que la radio aún funciona y seguirá haciéndolo.    

Con mucho orgullo recuerda la acogida que tuvo recientemente la serie “La gente de mi barriada”, basada en la novela “Échame a mí la culpa”, de Lorenzo Lunar, sobre el barrio santaclareño del Condado.
    
“Levantó tremenda audiencia entre los habitantes de la popular zona, al punto de que aún cantan allí el tema del espacio, de la autoría de Ernesto Ramos e interpretada por la orquesta Aliamén. Eso te llena de gozo, de placer y te asegura que aún la radio tiene mucho que ofrecerle a la gente”.    

En boca de cualquier otro podría parecer un lugar común que él diga que este premio lo han sentido como suyo su esposa Zaida Miyares y sus hijos. Pero esa frase suena convincente cuando la deja fluir con la cadencia que le ha dejado en el hablar el inconfundible ritmo de la radio.  

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