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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Balada de la huerfanita

Los emperadores romanos aconsejaban: “A la gente, pan y circo”. Pero, para los magnates jaboneros, el circo estaba antes que todo

Era preciosa. Era buena. Era dulcísima. Pero —crueldad de la vida— la aquejaba un mal a todas luces incurable.

La huerfanita resistía con estoicismo. O quizás con la secreta esperanza infantil de que el tránsito supremo la llevaría nuevamente a la tibieza del regazo materno.

Vagar inacabable de especialista en especialista, en compañía del padre afligido, con el bolsillo maltrecho y la tripa hipante. Recibir como respuesta, de continuo, un arquear de cejas desesperanzador, una invitación a encomendarse al milagro.

¿Qué consuelo podía brindar al padre desgarrado el encuentro con el amor, personificado en una buena mujer, hallada durante su doloroso peregrinaje?

Cuando menos lo esperaban, una luz en el camino. Verdad es que —según les advirtió aquella lumbrera de la ciencia médica— la esperanza era mínima, estadísticamente improbable.

Pero decidieron que sí, que se efectuara la operación.

Y todos se encomendaron a potencias divinas y terrestres, en rogativas por un milagro que salvase a la pequeña.

El desenlace

La blancura del quirófano deslumbró momentáneamente a la niña, pero pronto su conciencia se deslizó en una espiral descendente, hacia el pozo sin fondo de la anestesia.

Tras cuatro horas de batallar quirúrgico, se escuchó queda, desgarrada, la voz de un miembro del equipo médico, que susurraba al oído del cirujano:

Doctor, suspenda la operación. El corazón ha dejado de latir.

Y ahí mismo se armó la pelotera. La pizarra de la radio emisora quería estallar por tantas llamadas. Mientras, un gentío malencarado comenzaba a aglomerarse ante el edificio de la estación. Y alguno expresaba su deseo de ahorcar al director del programa, en tanto que otro prefería trucidar al libretista. Porque… ¡la niña no se podía morir!

 (Hago un paréntesis para excusarme. Sí, amigo lector, yo relataba fielmente el argumento de una soap opera, de una radionovela jabonera transmitida en los años 50).

Cuenta Julio Cid —quien historió el asunto— que la reacción del público provocó una inmediata respuesta de los anunciantes, cuya decisión fue que el próximo capítulo comenzara con la noticia terrible, seguida de los lamentos del cirujano:

—¡Dios mío, cómo puedes privar de la vida a una niña que era toda dulzura, un angelito que apenas comenzaba a vivir!

Pero aquí el bocadillo era interrumpido por otro médico:

—¡Doctor, doctor… un milagro! ¡El corazón vuelve a latir!

Así, con el happy end, todo el mundo quedaba complacido.

Los emperadores romanos aconsejaban: “A la gente, pan y circo”. Pero, para los magnates jaboneros, el circo estaba antes que todo.

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