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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Comunicar, un desafío permanente

Lo que sabemos entre todos nutre los saberes y la espiritual del ser humano

En la era de la tecnología, diferentes modalidades de representación propician hacer visibles los fenómenos de una sociedad y de su cultura, pues constituyen los términos más adecuados para abordar convenciones que organizan nuestra percepción de la realidad.

El medio televisivo se apropia de múltiples voces para montar un polidiscurso, el cual explora la dimensión afectiva de cada persona. Tenemos necesidad de reconocernos, de propiciar intercambios de experiencias y el perfeccionamiento técnico-estético de audiovisuales; estas urgencias deben liderar en foros, encuentros, entre otros intercambios, dando continuidad a temas que nutrieron la 2da Convención de Radio y Televisión 2015 en el Palacio de las Convenciones.

Realizadores, técnicos, directivos de radios y televisoras públicas, defienden la permanencia de programas creativos en la pantalla televisual, en contraposición al mal gusto y la banalidad, pues son conscientes de las transformaciones de equipamientos en otros más sofisticados, y que estos requieren ser pensados como gestores de lenguajes, escrituras y dispositivos de producción de saberes.

La opción del entretenimiento nunca puede descuidar la prevalencia de ideas, palabras, sonidos, músicas, en defensa del derecho de los pueblos a encauzar sus destinos.

En el siglo XXI preponderan flujos y redes en un mundo de imágenes cada vez más fragmentado que instauran otro tipo de relación social. Dada la rearticulación de vínculos entre comunicación y cultura – en la que se producen transformaciones transversales por la emergencia de disímiles productos-, todo acto de ver es el resultado de una construcción cultural, en la cual influyen imaginarios, narraciones y reconocimientos.

¿Cómo intervenir en este complejo panorama en beneficio de la educación del gusto de los públicos? Sin dudas, urge la promoción del talento, el aprovechamiento de saberes, la agudeza de discernimiento, la evaluación rigurosa del impacto de los nuevos medios en el consumo cultural, pues todo proceso cognoscitivo se manifiesta mediante pensamientos, memoria e imaginación.

Las narrativas audiovisuales y los cambios tecnológicos repercuten en el lenguaje, en su enunciado visual, que forma parte de la producción social de sentido. Estos elementos deben liderar en el trabajo creativo de guionistas y directores, en el montaje de escenas, intencionalidades, tonos, gestualidades y en acciones de los actores implicados en cada representación.

Privilegiar contenidos sin prestar la debida atención a cómo se organiza cada relato afecta la estética del producto comunicativo. Se ha demostrado, en ocasiones, en los Premios Lucas, espacio dedicado al video clip cubano que desde la pantalla televisiva seduce a públicos de diferentes generaciones.

En la reciente edición, coincidieron diferentes visiones sobre un audiovisual híbrido por la multiplicidad de fuentes nutricias, en función de lograr armonía entre imagen y música. El facilismo, la premura, la banalidad, los estereotipos y lugares comunes lastran, a veces, estructuras e intencionalidades de clips, en los que prevalece el dominio patriarcal en enfoques y presentaciones.

También en dicho universo valiosas puestas artísticas cohesionan el lenguaje de ese producto comunicativo, sin dudas le corresponde a la industria fonográfica reconocerlo como mecanismo para conseguir la publicidad del disco.

Lo patentizó el cineasta Fernando Pérez, quien obtuvo el premio al Video del Año con la obra “Canción
fácil”, de Marta Valdés, interpretada por Haydée Milánes. Esta puesta obtuvo distinciones en las categorías, ópera prima, canción, dirección, dirección de arte y fotografía.

Cada artista es un intelectual creativo que necesita dominio técnico y un diverso aparato teórico-conceptual, pues el último fin de la teoría es facilitar las prácticas.

Las modalidades audiovisuales solo logran valor estético por su intrínseco poder de persuasión. El primer requerimiento para lograrlo es la condición de verdad artística, la cual requiere que el espectáculo construya una realidad-otra capaz tendiendo puentes de entendimiento entre el realizador y los públicos al crear una extensión de lo “real” en distintas circunstancias, atmósferas y posibilidades. En esencia, ofrecer una opción-otra, sin que sea la vida misma.

 

 

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