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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El periodismo es diálogo, convocatoria, motivación, crítica

Conversación con Joel del Río, Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro

El periodista Joel del Río Fuentes se destaca por un sistemático, coherente y propositivo ejercicio de la crítica cinematográfica, a lo largo de más de cinco lustros. De igual manera es un hombre muy conocido en los medios audiovisuales tanto en radio como en televisión.

En el mes de marzo, Del Río Fuentes fue galardonado con el Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro, compartido junto a los también periodistas Andrés Machado Conte y Luis Morlote Rivas.

“Mis primeros trabajos, muy pero muy modestos, aparecieron en el periódico El Habanero, a finales de los años ochenta. Trabajaba en ese diario como corrector y aceptaron algunos comentarios sobre cine y cultura en general. Luego, en los años noventa, entré a trabajar también como corrector en Juventud Rebelde, y en 1994 comenzaron a ser publicadas mis colaboraciones de crítica sobre cine y televisión”, confiesa Del Río Fuentes en exclusiva para En Vivo.

Tengo entendido que te formaste como Licenciado en Geografía, una carrera de ciencias. ¿En qué circunstancias comienzas a ejercer el periodismo y la crítica cultural?

– Siempre quise ser periodista. Por lo menos en la adolescencia ya creía tener una vocación clarísima. Pero fui un desastroso estudiante en el preuniversitario y mi promedio, mi lugar en el escalafón, no fueron suficientes para estudiar ni Periodismo ni Filología ni Historia del arte, las únicas tres carreras que me atraían poderosamente a esas alturas.

“Estudié Geografía para tener colgado en la sala, más bien guardado en una gaveta, el título universitario que pensé era imprescindible, en aquella época, para establecerme profesionalmente. Y realmente me fue de muchísima utilidad.

“Por un amigo me enteré de que en el periódico El Habanero estaban solicitando correctores, que debían tener simplemente nivel universitario, no importaba de cuál carrera. El resto de la historia ya te la conté. A grandes rasgos”.

¿Por qué esa pasión por el cine y los medios audiovisuales?
–Si mi pasión por el periodismo data de la adolescencia, mi adoración por el cine es mucho más antigua. Me recuerdo embobado viendo la programación infantil, las películas para niños y para mayores, tarde en la noche. Me recuerdo convenciendo a mi hermano para que me dejara ir con él al cine, a ver con 10 años las películas prohibidas para menores de 12 y con 13 años, las prohibidas para menores de 16.

“El cine me fascinaba, y en honor a la verdad, las luces y sombras, proyectadas en una pantalla, todavía ejercen sobre mí un efecto hipnótico. Ya lo dijeron los teóricos: de todas las artes es la más cercana al sueño, a la ilusión.

“De mi niñez, recuerdo con nitidez que la televisión era entretenimiento, espectáculo, y a veces, el equivalente a una clase, pero más divertida. Después aprendí que se trataba de algo mucho más serio. Aunque no hay nada más serio y trascendental, que entretener y educar a la mayoría”.

¿Cuándo te vinculas a la televisión?
–Si vamos a hablar de vínculo, estable, sistemático, mi primera relación amorosa con la televisión fue en un programa que estuvo al aire a finales de la década de los años noventa. Se llamaba Lenguaje de adultos, salía contra la telenovela, los lunes, en la época en que todavía eran solo dos canales. Allí se pretendía fomentar la cultura del diálogo enfrentando, cordialmente (o al menos esa era la intención) a creadores y críticos. Por supuesto que yo estaba siempre en el frente de los críticos, sobre todo en los temas relacionados con cine y televisión. El enfrentamiento entre Alfredo Guevara y Rufo Caballero resultó tan cruento, verbalmente hablando, que el programa fue clausurado.

“Por un tiempo nadie más me llamó ni yo me acerqué, salvo alguna aparición esporádica, y la excepción del programa Sitio del Arte, cuya directora Julia Mirabal me designó para cubrir los segmentos críticos de tema audiovisual. Pero en honor a la verdad, nunca me he visto a mí mismo como un periodista televisivo. No me gusta mi imagen ni tampoco me complace del todo mi oralidad.

“En ese entonces me interesaba mucho más la radio, me parecía más libre y espontánea, y además estaba descubriendo, poco a poco, en la Facultad de Comunicación y en la Escuela Internacional de Cine y TV, la pedagogía, el encanto y la satisfacción de compartir con los más jóvenes lo que uno ha aprendido.

“Pero en fin, antes de Arte Siete, hace como seis o siete años, me llamaron para escribir y presentar Letra fílmica. Decliné la presentación, no me sentía preparado, pero lo estuve escribiendo a lo largo de seis u ocho meses, más o menos. Entonces cambió la dirección de Arte Siete, y Armando Arencibia junto con Martha Araújo me solicitaron colaboración, y como todos estábamos de acuerdo en darle un giro positivo al espacio, ahora estoy escribiendo dos o tres guiones mensuales de ese espacio dominical. Además, logré vencer inseguridades y miedos, y desde hace un año y medio, o algo así, hago semanalmente los comentarios de Te invito al cine, los jueves, a las ocho y media, en el Canal Educativo”.

¿De qué herramientas te vales para la escritura del guion de Arte Siete?
–Utilizo más o menos las mismas herramientas de análisis que para hacer una crítica en un periódico, o un ensayo en una revista especializada. Lo que cambia es el lenguaje. Pero como me preguntas las herramientas, y cada crítico o periodista tiene su librito, pues te cuento: narratología para analizar argumento, tema y personajes; teoría de géneros para clasificar la película y acercarla al espectador e informarle sobre el tono y el estilo de lo que va a ver; y teoría de autor para hablar sobre el realizador y juzgar sobre el lugar que ocupa esta obra en su filmografía. “También recurro, en cada guion, a veinte años de práctica periodística, y a un saludable ejercicio de síntesis y hermenéutica para decir lo principal, interpretar la obra y hacer mi trabajo como traductor de signos, de promotor, un poco también maestro de escuela, pero siempre lejos de didactismos y sermones inaceptables en ese espacio”.

Eres capaz de adaptar tu lenguaje a los diferentes medios donde te desempeñas. ¿Cuánto se puede diferenciar, en cuanto al lenguaje, el comentario que escribes para el Noticiero Cultural, de un texto redactado para prensa escrita o prensa digital?

–Si supieras que uno de mis grandes retos profesionales, en la actualidad, consiste en que no se note tanto esa brecha. Te decía que nunca me he gustado mucho en televisión, porque lo mío es la prensa escrita y digital, especializada o periódica. Pero el trabajo es trabajo, y uno trata de hacerlo lo mejor que puede, y por lo tanto intento acortar la distancia entre lo que comento en el Noticiero Cultural y lo que escribí, sobre el mismo tema, en la Cartelera del ICAIC, en Juventud Rebelde o en La Jiribilla.

“Siempre estará el imperativo televisivo de lo coloquial como una de las metas a lograr. Rigor y desenvoltura, profundidad y llaneza. No es fácil aunar tales dicotomías. En ello estoy trabajando. Por escrito es más fácil para mí. Lo difícil es conversar con la cámara. Ya veremos cómo va saliendo”.

¿Qué te ha aportado, en lo personal y en lo profesional, trabajar como profesor en la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (Famca) como profesor de la nuevas generaciones de realizadores cubanos?

–Un nuevo mundo. Un aire profesional distinto y renovador. Una segunda carrera. Todo eso lo descubrí en las aulas. Primero, hay que decirlo, en la Facultad de Comunicación, de la cual me alejé en algún momento pero seguramente regresaré, porque es difícil abstenerse de tratar de instruir, en los secretos del periodismo, a quienes muy pronto serán tus colegas, los profesionales empeñados en lograr el periodismo que Cuba necesita.

“En Famca imparto Historia del cine y Géneros cinematográficos. Los grupos son de 15 estudiantes promedio, y es un verdadero placer, casi indescriptible, cuando se inician en los misterios de la belleza, la creatividad, los valores que el cine puede y debe recrear.

“Pocas veces ocurre el milagro de convocar la sensibilidad o la atención del aula entera, pero me conformo con cautivar, de veras, a tres o cuatro, e incluso me doy por satisfecho cuando esa muchacha, que nunca había oído hablar de Tarkovski, lloró con el final de Andrei Rubliov, cuando se lo conté, en la clase, y luego, cuando se animó a ver la película completa, a estudiarla, a sentirla.

“Total, que ningún maestro puede aspirar a convencer a todos y cada uno de sus estudiantes. Es una labor que lleva paciencia, amor y respeto por el prójimo, confianza en el futuro de la nación, que no solo será un futuro de hombres de ciencia, sino que tendrá que ser un futuro de hombres y mujeres del arte”.

La nominación al Premio de Periodismo Cultural fue realizada por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), al cual tributas tu mayor aporte como periodista y crítico. ¿Qué significa esa institución para ti?

–El Icaic fue primero la quimera, el arcano, la institución a la cual yo soñaba pertenecer. El lugar donde trabajaban, e incluso escribían de cine, ocasionalmente, Tomás Gutiérrez Alea y Humberto Solás.

“En los años noventa, cuando ya trabajaba como periodista en Juventud Rebelde, ocurrieron varios desencuentros, suscitados por algunos artículos en los cuales cuestionaba políticas, agendas, películas, tendencias… Y ni siquiera el Icaic se destacaba en esa época por su tolerancia a las opiniones cuestionadoras.

“En 2001 fui llamado por el Centro de Información del Icaic para trabajar en el sitio web cubacine.cu y también en la revista Cine Cubano, y siempre, desde el principio, existió el pacto, no escrito, de que la institución respetaría mis criterios sobre el cine cubano, solo me solicitaban publicarlos en otros medios, ajenos a la institución.

“Así ha sido hasta ahora. No han faltado momentos tensos, porque a veces es complicado cumplir con las labores de promotor del cine cubano y satisfacer la más elemental honestidad crítica, pero en ese edificio de 23 y 10 he encontrado comprensión, apoyo, respeto, grandes amigos y la oportunidad de crecer muchísimo intelectualmente. Yo amo el Icaic, un afecto matizado por mi espíritu crítico, como tienen que ser las grandes y verdaderas devociones”.

Ese premio es un reconocimiento a la obra de toda una vida. ¿Cuál fue tu reacción al recibir la noticia de que eres uno de los tres periodistas galardonados en la presente edición?   

–Nadie me cree que me enteré por televisión, en el Noticiero. Estaba dormitando en el sofá, luego de un día difícil de trabajo, y mi madre me despertó diciéndome que me habían dado un premio. Yo no comprendí bien de qué se trataba, adormilado todavía. Pero de inmediato entraron, por el fijo y el celular, una multitud de llamadas felicitándome.

“Tuve que despertar a la evidencia de que un jurado de profesionales muy respetados había decidido destacar mi obra de casi 25 años en el periodismo cultural. Fue hermoso, gratificante, porque tengo la inmensa suerte de que me paguen por hacer lo que me gusta, pero nunca había soñado con que además mis colegas, y el Ministerio de Cultura, me premiaran por ello.

“Siempre me ha parecido falso, como un billete de tres dólares, aquello de “yo no trabajo para premios”, o “los premios no me interesan”. El periodismo es diálogo, convocatoria, motivación, crítica, y un premio como este significa, de alguna manera, que todo ello ha funcionado, mayormente, y que al fin y al cabo no lo he hecho tan mal como suelo creer en algunos martes cenicientos y pesimistas. Claro que me siento gratificado, atónito, y un tanto anonadado por el compromiso que significa”.

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