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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Humanas aventuras

El autor tiene, sin duda alguna, poderosas herramientas para regalar tales magias, más allá del azar del parentesco

Contrario a lo que parece, dada la proliferación diaria de publicaciones individuales en las redes sociales, el testimonio es un género que todavía se cultiva poco en nuestros predios. En algún momento hubo premios literarios que estimulaban la producción de este modo creativo, pero han pasado al olvido.

El testimonio es un vehículo muy interesante y sólido para hacer literatura. Por una parte requiere, desde quien narra, no solo de las elementales habilidades técnicas para escribir, sino de un peculiar carisma para hacer interesante esa narración. Por la otra, cuando estos elementos se combinan entre sí, no pocas veces el resultado es una obra que atrapa y que cumple aquella máxima garcíamarqueana de no permitir que el lector se despierte. Cada historia de vida puede ser también nuestra historia y ahí quizás reside su mayor atractivo.

Semejante sensación nos embarga al recorrer las páginas de una propuesta muy especial de la editorial En vivo. Se trata del título Aventuras con la tía Santana, escrito por Enrique Pérez Díaz. Un texto donde el autor, sobrino nieto de la reconocida actriz María de los Ángeles Santana, rememora amplios pasajes y vivencias de su niñez y sus experiencias con ese lado de su familia.

El autor tiene, sin duda alguna, poderosas herramientas para regalar tales magias, más allá del azar del parentesco. Enrique Pérez Díaz es licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana y uno de los escritores cubanos multipremiados y reconocidos, tanto por el público como por la crítica especializada. Tiene publicado un amplio número de libros en Cuba y en el exterior. Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, japonés, turco y portugués, entre otras lenguas.

Como escritor y reportero ha cultivado prácticamente todos los géneros literarios y periodísticos y su trabajo, tanto en creación literaria como en teoría y reflexión sobre esta, es uno de los más sólidos dentro de la literatura infantil y juvenil cubana.

Sin embargo, ahora, Pérez Díaz se lanza a una aventura que se desarrolla lejos de sus personajes habituales y en predios para nada inmersos en la fantasía o la fabulación literaria (aunque, por supuesto, sin excluirlas). A partir del testimonio sobre sus relaciones con sus tíos, Julio Vega y María de los Ángeles Santana, el autor nos lleva de la mano a recorrer un espacio donde se despoja de máscaras y disfraces a los actores y se regala su faz más humana, cercana y directa. Se hace, además, con el valor agregado de que son los ojos de un niño (ese niño que el escritor nunca deja de ser) los que van a dibujar anécdota por anécdota ese retrato. Aquí se reconstruye la memoria, la vivencia; se va en busca del rescate de imágenes y sentires indelebles que, en esa etapa trascendental que es la niñez, quedaron prendidas para siempre en la bitácora vital del futuro escritor.

“Estar con mis tíos significaba conocer un mundo muy diferente de mi cotidiana dinámica familiar: ensayos, obras de teatro, el ámbito del cabaré, la televisión o la radio; mujeres a medio vestir que mi tío se empeñaba en pellizcar, muchachas sonrientes, provocativas y tan pintadas que sus rostros se volvían irreales en la escena; escenografías que representaban lugares que mi mente volvía misteriosos; hombres que desde entonces veía distintos a otros de la especie masculina (…) pero a quienes —gracias a la amplitud de pensamiento de mis tíos— supe aceptar y entender (…) El niño que fui se devoraba aquel extraño y particular universo al que solo en muy contadas ocasiones se me permitía acceder y en el cual atisbaba, como la célebre Alicia de Lewis Carroll, casi a través de un espejo, con cierto susto y distanciamiento, no exento de placer ante lo desconocido, lo diferente.”

No falta aquí el esbozo personal de la artista, que nunca dejaba de serlo a los ojos del público. Pero resalta también la figura capaz de escandalizar a La Habana paseando en una poderosa moto Harley Davidson, cuando casi ninguna mujer se atrevía a hacerlo. La persona persistente, buscadora de nuevas metas en la vida, en la natación o en su bicicleta. La cómplice de pequeñas maldades y la pilla que cortaba esquejes de plantas para luego sembrar en su casa. La maga soñadora de quimeras en la puesta del sol. La guía humana en pensamientos y actos. La que enseñaba con el ejemplo.

Hay en estas páginas un dibujo hermoso, familiar, pleno de luces y también de sombras (que al final eso somos todos) y que no dejará indiferente a quien ame la vida y todas las formas, alegres y tristes, en que se manifiesta su belleza. La invitación a la lectura de Aventuras con la tía Santana queda hecha

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