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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

La sintonía en la Radio Cubana

Acerca del fenómeno de la percepción de señales y mensajes emitidos por este medio

La sintonía es la relación que se establece entre un emisor y un perceptor, cuando entre ambos se produce una comunicación basadas en un código de interés mutuo. Pero la sintonía ocurre en una variedad determinada por los medios que la producen y le sirven de sustento.

La podemos apreciar en las conversaciones telefónicas y en las emisiones de los medios aéreos que prestan un servicio regular, como por ejemplo la radio.

La sintonía es elemento fundamental de las comunicaciones pero no siempre esta existe aunque las señales se muevan de un punto a otro. Tenemos el caso de las señales que se emiten desde un punto sin que se perciba una respuesta, o sea, la comunicación de retroceso. Esta realidad nos llevó en Cuba a calificar las emisiones radiales como difusoras y no comunicativas pues aunque en otros lugares y también nosotros realicemos gestiones que procuren informar de los efectos producidos por las señales, la realidad es que se sostiene una noción inferencial de dichos efectos.

Nuestra radio ha sido catalogada por quienes no nos quieren bien como imperativa y unidimensional, prácticamente lo que sobre todo los norteamericanos han titulado teoría de “la bola”. Es decir, que disparamos señales en una dirección sin oportunidad de respuesta para los radioyentes.

En general los emisores que se aplican a la propaganda sobre todo política se acogen a ese estilo y nuestra radio es un medio combativo que en su fase revolucionaria surgió en medio de la lucha y ha debido seguir combatiendo.

La radio nacional tiene en nuestro país las características de no haber cambiado sus objetivos, su intencionalidad y su ejercicio como rectora de la promoción del arte y la cultura, de la historia y las tradiciones, de la vida económica, política y social. La información, la orientación, la educación y el entretenimiento integran la variedad del contenido que se difunde, en contraste con el espectro radial de otras latitudes donde la radio se contrae a la música y a la información.

Desde que los medios aéreos surgieran para servicio de la sociedad apareció el lema: “Conozca a su público” y de ello se deriva que un emisor debe ser capaz de ponerse en lugar de sus oyentes, es decir, aplicar la empatía. No siempre ocurre así pues en nuestro caso muchos realizadores piensan más en sí mismos que en su público.

De todas maneras hay dos formas generales de alcanzar la sintonía en la radio: por medio de la programación pautada, aquella que resulta de la improvisación. Como en los viejos esquemas de la enseñanza, la motivación ocupa un lugar fundamental por cuanto debe atraer la psiquis humana y retenerla por vía de la compensación. Se exponen los asuntos en un orden que busca un clímax y una gratificación, tras lo cual se produce “la descarga”, o sea, el momento en que la mente se enrumba hacia el descanso o la desconexión.

Son múltiples los factores ajenos al mensaje comunicativo que pueden afectarlo, desde los ruidos parásitos de los receptores hasta las incidencias ambientales que rodean a los oyentes y hasta las propias desviaciones de su psiquis. Sin embargo, la programación pautada permite salvar obstáculos y mantener la mente en el eje central o pensamiento capital de la exposición.

En la programación no pautada, hija de la improvisación, el rigor en cuanto a la coherencia y a la unidad del mensaje depende de la capacidad, el talento, la inteligencia y los rasgos inherentes al comunicador.

En los estudios de estilística se hace mucho énfasis en la unidad de la exposición y en los peligros que representa la digresión, viciosa, ese cuerpo extraño que desvía el discurso y contamina de elementos indeseables el mensaje. No es concebible que un emisor, aunque tenga que improvisar, patine en esas marismas. Sin embargo, sobre todo en la programación deportiva de la radio se evidencia semejante “pecado”, cuando en medio de una descripción deportiva se introducen cuestiones ajenas al hecho descrito.

Este problema ocurre como una tendencia al facilismo y a veces a compromisos  que los narradores asumen ante determinado radioyente.

Desde hace más de 50 años Marshall MacLuhan, el eminente canadiense profesor de numerosas universidades, en su obra Mensajes y Masajes abordó la sintonía en un estudio meticuloso. Clasificó los medios como “fríos y calientes”, según el menor o mayor número de neuronas que la psiquis humana debía emplear para procesar las señales, convertirlos en ideas y pasarlas a la conciencia por medio de la imaginación. Como es conocido, los sentidos tienen su muy notorio papel en este proceso. La vista aporta el 85 por ciento de la información que recibe la mente, mientras al oído corresponde un 10 por ciento y a los demás sentidos el cinco.

La unión audiovisual aporta un gran número de señales por lo que la psiquis debe utilizar pocas neuronas en tanto le son dados imágenes y sonidos como producto de un medio “frío”.

En cambio la Radio, como medio sonoro y aportador del 10 por ciento, exige mucho de la psiquis y deviene en un medio “caliente”. Por ello la imaginación debe trabajar muy fuerte y usar un gran número de neuronas para que la imaginación logre el aporte de ideas a la conciencia.

¿Qué ocurre cuando se produce la digresión? Que el cuadro o la imagen imaginativa que crea la psiquis a partir de las señales que recibe, resultan dañados, contaminados y obstruidos, sobre todo porque el oyente no espera de su emisor semejante agresión.

En la actualidad este fenómeno existe en nuestra radio y afecta la sintonía pero a tenor de nuestras estructuras radiales el público se ve compulsado a aceptarlo en tanto no hay alternativa.

Considero que es un deber señalar tales insuficiencias de la comunicación en las prácticas de algunos radialistas pues estoy convencido de que ello se debe a algunas deficiencias en la formación del personal competente, al que ha faltado por décadas el conocimiento y dominio de la teoría de la comunicación.

La sintonía no es creer que se atrapa la atención del radioyente por el solo hecho de emitir señales, resulta necesario saber con la mayor exactitud posible cuáles son las condiciones receptivas y la comunidad del código entre las partes.

Es conveniente señalar que estas interpretaciones buscan acreditar la audiencia porque la dirección de las emisoras no deja margen en los tiempos de descanso y lo asumen todo en función de las promociones, cuando debiera distribuirse ese tiempo entre las necesidades de la propaganda y la recepción a los oyentes.
Cuando los narradores se ven impedidos de utilizar el espacio descriptivo de los eventos deportivos para lanzar estas señales ajenas y extrañas es porque no tienen espacio en los momentos de reposo.

Esto ha ido creando una práctica que muchos consideran correcta, sin embargo estamos seguros de que los sicólogos y siquiatras que atienden a pacientes de estrés no les preguntan si son oyentes de la pelota.

El fallecido narrador Juan Antonio Salamanca fue el más notable en la Revolución. Aunque todos reconocen su jerarquía, creo que no han podido nunca definir a que se debió. Aplicando la teoría al análisis crítico de ese caso podemos decir que el éxito de Salamanca se debió a su fidelidad a la imaginación del radioyente: aun cuando utilizaba comparaciones, expresiones ingeniosas y giros metafóricos, siempre estaban convertidos en señales inherentes al hecho  que narraba y eran producto de su imaginación, de manera que se trataba de su imaginación emitiendo señales a la imaginación del radioyente.

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