16 de abril de 2024

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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Las esencias de En silencio ha tenido que ser

Serie que desató un verdadero impacto comunicativo dentro y fuera de Cuba
En silencio ha tenido que ser

En los años sesenta pasados, Sector 40 inaugura en nuestra televisión pública, las series sobre la actividad cotidiana de los hombres y mujeres que combatían el delito y las acciones subversivas orientadas a derrocar a la naciente Revolución.

Dos décadas mas tarde, los cubanos vimos en nuestra pantalla 17 instantes de una primavera, serie soviética que narraba los avatares de un agente ruso infiltrado en las altas esferas militares durante la II Guerra Mundial.

Estas precedencias nutrieron el experimentado director de novelas y teatros televisivos cubanos Jesús Cabrera y a los escritores Abelardo Vidal y Nilda Rodríguez, quienes crearon, por una efeméride importante del Ministerio del Interior, la serie televisiva En silencio ha tenido que ser, que desató un verdadero impacto comunicativo dentro y fuera de Cuba.

Aunque los menos jóvenes -tantos decenios después- ya nos la sabemos de memoria por sus sucesivas retransmisiones, asombra que al emitirse nuevamente durante la programación de verano del 2015 siguiera impactando a los televidentes.

Invito a desentrañar algunas de las posibles razones de la pervivencia de su éxito:
Entre las múltiples transformaciones económicas, políticas e ideológicas acaecidas en el entorno global desde las postrimerías del siglo XX, destaca el derrumbe mayoritario del modelo socialista en Europa del este y en algunos países de Asia.

Este suceso conmociona profundamente a Cuba -único país socialista en Las Américas- al que muchos le pronosticaban meses de supervivencia. Tal coyuntura genera el Periodo Especial en tiempos de paz -momento de mayor crisis económica de la nación, que perdió de golpe su mayor mercado exterior- e impuso la necesidad de valernos por nosotros mismos y vernos y ver a otros desde perspectivas diferentes.

Mucha agua ha pasado bajo el puente en estos veinticinco años, pero lo cierto es que como decía Pablo Neruda: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. No obstante, ni los cambios radicales de nuestro entorno social y de las miradas, visiones y perspectivas individuales de cualquiera de los cubanos, anula la conexión emocional de nuestros públicos experimentan con esta serie televisiva que muchos ven, una y otra vez.

El más profundo misterio de la producción mediática descansa en que su impacto no radica en su alta inversión financiera, en novedosos recursos tecnológicos o en el mejor elenco. Algunos los tuvieron a raudales y pasaron sin pena ni gloria por la pantalla, mientras otros, más modestos, perduraron en la memoria colectiva de sucesivas generaciones.

En silencio ha tenido que ser, desde el primer capítulo, se ganó las audiencias y, a esta altura, solo puede uno atreverse una a sugerir algunas de las posibles claves de su éxito perenne:
Abelardo Vidal -uno de sus guionistas- me relataba hace años en una entrevista, el largo tiempo que compartió con verdaderos agentes de la Seguridad del Estado para apropiarse de sus vivencias y experiencias, para luego recrear en el relato de ficción el heroísmo y altruismo de tantos cubanos.

Su novedad como primera historia episódica televisiva extensa que abordaba el mundo de los agentes de la inteligencia cubana, solo fue válida durante su estreno, pues luego le sucedieron otros relatos del mismo corte, con diversas anécdotas y protagonistas.

La singularidad del ejército regular y de las milicias revolucionarias cubanas fundieron hombres y mujeres de los más disímiles estratos sociales. Este elemento cotidiano le aportó a la serie una referencialidad y anclaje importante en la realidad concreta; finalmente devino una de sus fortalezas, pues en muchos de los hogares donde se veía En silencio…, existían diversas modalidades de combatientes.

Los personajes centraron su esmerado diseño psicológico en la verosimilitud basada en nuestra identidad, en la humanidad de los combatientes y en el triángulo básico integrado por el agente David, su familia y Reinier, su amigo-jefe.

Los diálogos usaron la norma popular -no vulgarizada- de los cubanos, nicaragüenses o dominicanos, bajo la tutela de un asesor literario de la talla de Félix Pita Rodríguez, prestigioso literato y experimentado guionista de géneros narrativos en la radio y en la televisión nacional desde décadas anteriores.

Los actores y actrices del vasto elenco -incluso los menos destacados o los más inexpertos- mostraron una dicción y autenticidad que facilitaba la comprensión de cualquier parlamento o situación. Mucho habría que comentar sobre la fusión de protagonistas o roles secundarios buscando resaltar al producto final y del verdadero desfile de meritorias personalidades de la actuación cubana, algunas de las cuales asumieron pequeños papeles.

La música original, creada por el compositor José María Vitier, devino un canto épico a la humanidad y a esta gesta.

Desde el triunfo de la Revolución, muchos cubanos sentían la frustración de haber perdido, por su edad, la oportunidad histórica de protagonizar otra epopeya como esta.

Las singulares coyunturas de agresión a la que fuimos sometidos desde entonces, impuso la necesidad de forjar los héroes anónimos de los nuevos tiempos, que se volcaron a la ficción, por vez primera vez, con En silencio ha tenido que ser; donde se rinde tributo a los caídos, se apuntan la complejidad, riesgos y costos personales de esta profesión y los valores trascendentes del proyecto revolucionario: el ideario patriótico, la solidaridad internacionalista y el humanismo.

Aunque su recurrente argumentación -implícita y explícita- de las esencias políticas e ideológicas es intensa; la maestría dramaturgia de la obra y la identificación con sus públicos no impide -aun hoy- que muchos televidentes la sintonicen.

Me contaba la eminente actriz cubana Fela Jar -una de sus protagonistas- que durante la reciente emisión no atendió al teléfono para no interrumpir su visionaje y cuánto lloró frente al televisor recordando a tantos colegas que ya no están.

También me recordó que durante la escena climática donde David -a punto de ser ejecutado- toma en sus manos el arma que le lanza Matías -el nicaragüense amigo que lidera el comando de rescate- hizo a los televidentes salir a las calles durante su estreno, tanto en Cuba como en otros países donde se difundió después. No olvidemos los movimientos de liberación nacional en auge entonces en muchos continentes.

La autenticidad del arquetipo universal que representa David, el protagonista central, se explicita en su último diálogo con Benson -su superior en la CIA- cuando afirma que “existen hombres dispuestos a dar su vida por sus ideales y por su patria”. Este manifiesto posee valor universal.

Ni las sensibles deficiencias técnicas en resolución y definición que presentan hoy las copias de la segunda parte que recibimos en nuestras casas, ni la improbabilidad real de que un comando improvisado de estudiantes inexpertos neutralice a un equipo profesional -experto en defensa personal y armamentos- logran anular después de verla tantas veces, la identificación de los televidentes con la serie.

En silencio ha tenido que ser no es una obra perfecta, pero ahí queda también como recordatorio de tantos buenos dramatizados unitarios y episódicos creados en nuestros 65 años de televisión, aun con las limitaciones de recursos y condiciones óptimas que han existido para su producción y realización.

Tengo la esperanza de que más temprano que tarde, seamos capaces de recobrar este nivel de dramaturgia, sinergia artística integral y efectividad comunicativa.

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