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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Nuestros fundadores: Pedro Álvarez Costales

Prolífero artista de la televisión y el teatro, que promovió proyectos teatrales comunitarios en Cuba

Su origen humilde le hizo recorrer innumerables oficios para ganarse el sustento y su legado familiar sembró en él la vocación justiciera.

Con tesón rebasó su formación autodidacta y, a fuerza de trabajo, amor y talento, devino figura ineludible de nuestras Artes Escénicas.

Para 1950, debutaba como actor en Radio Capital Artalejo o la COCO, al igual que en teatro, en las salitas habaneras y El Palacio de los yesistas.

Dos años le bastaron para arribar a la televisión, donde se convirtió en cotizado modelo comercial de diversas firmas como los cigarrillos Regalías el Cuño. Su atractivo físico le fue dando popularidad en sus fugaces apariciones en los programas Desfile musical, Fab por el mundo y Esta es tu vida.

Finalmente, reveló su talento entre los galanes seductores de las versiones televisivas de nuestras románticas historias literarias, que redimensionaría en el siguiente decenio con la televisión pública.

Su relevancia artística no impidió una versátil gestión social e incluso una activa participación en la insurrección popular clandestina contra la dictadura batistiana. Por ello no extraña que, tras el triunfo revolucionario, al crearse el Sindicato Nacional de Artes y Espectáculos, ocupara durante seis años su Secretaría General.

Para entonces, su madurez actoral le hizo habitual del prestigioso Teatro ICR fundado por Marcos Behemaras Suárez, que constituía un premio para los elegidos.

Debutó en el cine durante 1959, con la coproducción cubano-mexicana Tahimí y La vida comienza ahora, esta última con guion y dirección de Antonio Emilio Vázquez Gallo.

Décadas después se sumarían a la filmografía de Pedro Álvarez Costales: Baraguá y Tiempo de amor, dirigida por Enrique Pineda Barnet, donde comparte la actuación con uno de sus hijos.

En la televisión se multiplicó en géneros, formatos y roles, alternado el Mayor General Ignacio Agramonte, el pintor, el rebelde borinqueño y tantos más a quienes brindó su rostro y vitalidad.

Un día, con la misma entrega que actuaba, comenzó a dirigir la puesta en escena de relatos propios o ajenos; integró el núcleo fundador del prestigioso Teatro Estudio, y presentó espectáculos.

Por añadidura, se desempeñó como maestro de ceremonias en teatros, jurado en festivales y concursos, profesor incansable en la academia, las salas teatrales y los estudios televisivos, promotor cultural, evaluador de artistas y fundador de sus propias agrupaciones teatrales sin fines de lucro, en una gestión precursora olvidada de los proyectos escénicos comunitarios.

Nada ello le impidió continuar siendo dramaturgo, poeta, cancionero, actor y director teatral admirado y respetado por todos.

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