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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Pinelli es… es mucho Pinelli

Anécdota sobre el prestigioso locutor y periodista Germán Pinelli

Tres ojeadas a la prensa en los años 1940:

Primer vistazo: Un funcionario público, al llegar a su casa, está escondiendo dinero en los calcetines. Es lo que ha sustraído ese día del organismo oficial donde labora. (Lo esconde para que su mujer no sepa de la existencia de ese efectivo).

Segundo vistazo: Un ministro, quien acaba de cesar en el cargo, se está llevando para su casa el aire acondicionado del despacho. Un amigo le dice: “Compadre, ¡deja por lo menos los clavos de la oficina!”.

Tercer vistazo: Mientras Chibás agita el lema Vergüenza contra dinero, un ciudadano, no caracterizado precisamente por su ética, le dice a un líder ortodoxo: “Ven acá, si ustedes no dan dinero por las cédulas, ¿cuántas vergüenzas ofrecen?”.

Mi familia –sucesión de mambises, luchadores antimachadistas, combatientes clandestinos antibatistianos–  vivía con el estómago revuelto ante tanta inmundicia “auténtica”. Pero, de todas maneras, en la casa se comía, se respiraba, se vestía y se calzaba política. Por aquello de “estar al tanto de la cosa”.

Entonces, no me extrañó ver a El Viejo sentado ante el radiorreceptor, atento a un anunciado mitin que tendría al Capitolio como escenario.

Hoy no recuerdo por qué razón –entonces yo solo contaba con cinco o seis años– se atrasó la llegada de los oradores a la sede parlamentaria.

¿Se produciría un vacío –el conocido “bache” – en la transmisión radial del acto?

Quien se encontraba micrófono en mano en el coloso del Paseo del Prado, era un hombre, todavía joven, llamado Gregorio José Germán Piniella Vázquez de Mella, pero que nacional e internacionalmente fue conocido como Germán Pinelli.

Impertérrito, con una serenidad digna de ver, sin que le temblase un músculo de la cara, Pinelli, para hacer tiempo, la emprendió con la historia del Capitolio, desde las épocas durante las cuales en ese lote estuvieron instalados el Jardín Botánico o la Estación Villanueva de Ferrocarriles. Ni siquiera faltó la anécdota de humor, como cuando recordó que allí estuvo el primer anuncio lumínico de Cuba, en el cual se leía: “El agua sola cría ranas. ¡Tómela con ginebra La Campana!”.

Pero no acababan de llegar los “picos de oro” del mitin. De manera que Pinelli entonces se adentró en los detalles constructivos de aquella mole, que contenía –según nos informó– ocho mil toneladas de mármol, tres y medio millones de pies de madera, doscientas toneladas de bronce…

Al fin, llegaron los impuntuales oradores, y no había ocurrido el “bache” en la transmisión.

Recuerdo que entonces El Viejo, admirado, se puso de pie y dijo: “Pinelli… ¡es mucho Pinelli!”.

Claro, no podía haber sido de otra manera, puesto que el asunto estuvo en manos de un hombre de formación plural, gracia desbordada y muy sólida cultura.

Pinelli, músico, tocaba desde la guitarra y el piano hasta el serrucho. Polígloto, aprendió de manera autodidacta varios idiomas: inglés, francés e italiano. Su trunca carrera como cantante lírico –afectaciones en el sistema respiratorio– la inició con seis años, en el Teatro Nacional.

Actor estupendo, lo mismo brilló sobre las tablas que en la radio, el cine o la televisión. (Todavía la gente se revuelca de la risa al recordar cómo, en San Nicolás del Peladero e interpretando el papel de Éufrates del Valle, cuando se le acercaban sus dos flaquitas enamoradas, él susurraba, poniendo los ojos en blanco: “Caballeros, ¡se juntaron el hambre y la necesidad!”).

En calidad de periodista, anótensele solo dos datos: dirigió cuatro noticieros en CMQ Radio; cubrió, con los plomazos pasándole por encima, la batalla del Reparto Orfila, la tercera en importancia entre las acontecidas en La Habana, solo sobrepasada por la del Castillo Atarés y la del Hotel Nacional.

En su desempeño como locutor, baste con recordar que recibió en dos ocasiones el Premio Onda, galardón para los más altos exponentes de la locución en habla hispana.

Por eso, cuando el día 20 de noviembre de 1995 partió en el viaje que no tiene regreso, sentimos que se nos había caído un horcón de la casa.

(Sí, de la casa de la nación cubana).

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