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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Sabina ¿un “niño malo”?

Desde los 14 años, Joaquín Sabina ya anda escribiendo poemas y creando un grupo musical con sus compañeros de aula
Joaquín Sabina

Joaquín Sabina

Este humilde emborrona cuartillas vive convencido de que esa escurridiza dama, a la cual bautizaron con el nombre de poesía, tiene artes para camuflarse en las más inesperadas madrigueras, en las guaridas menos previsibles.

¿Uno de sus escondrijos preferidos? Pues los vericuetos que recorremos a lo largo de las letras de las canciones.

Y de inmediato me vienen a la mente dos nombres: los del catalán Joan Manuel Serrat y el andaluz Joaquín Sabina. (A quien no se eche a llorar con “Penélope”, de Serrat, le corresponde sin lugar a dudas el diagnóstico de que está muerto, clínica y cerebralmente).

Joaquín, todo un personaje sui generis

Úbeda es un asentamiento urbano relativamente pequeño. Ah, pero muchos aseguran que allí está la más vieja ciudad de la Europa Occidental. Con unos seis mil años de antigüedad. Una sinfonía del arte romano, del visigodo, del musulmán, del renacentista.

Cuando transcurre 1949 nace allí Joaquín Ramón Martínez  Sabina. 

Es un cumpleaños del pequeñuelo. Su padre—comisario de la policía franquista—se aparece con un regalo. Un precioso y carísimo reloj.  Él rechaza el obsequio. Pide una guitarra. (El reloj terminaría como posesión de su hermano, quien iba a ser también policía franquista).

A los 14 años ya anda escribiendo poemas y creando un grupo musical con sus compañeros de aula.

Claro está, llegó el amor adolescente. (¿Quién no lo tuvo?).

Virtudes, apodada Chispa, hija de un notario de la barriada, se hace propietaria de su corazón. Aquel muchacho problemático, rechazado por la familia de la amada, monta una tienda de campaña frente al domicilio de ella, desde donde vocifera sus encendidos poemas de amor. Finalmente, la raptaría.

Ya, como cuadra a cualquier ser humano que se respete, anda en las filas de los izquierdosos. Su padre, el policía, recibe una orden terminante para que detenga a un tipo peligroso. ¿El nombre del circulado por búsqueda y captura? Pues su propio hijo.

No.  No será uno de esos, quienes casi eclesiásticamente, recitaban los textos clásicos revolucionarios, con los ojos en blanco. Y nada más.

1970. Está andando el Proceso de Burgos. Franco pide pena de muerte para seis muchachos de la ETA.

Nuestro héroe, indignado, lanza una bomba incendiaria sobre una institución bancaria franquista. Claro está: su cabeza tiene ya precio dentro del aparato represivo.

Logra que alguien le regale un pasaporte, con el cual sale clandestinamente de España.

Exilio en Londres

Allí se ganó la pitanza cantando en el metro y en bares.

Su casa sirvió de refugio para miembros de ETA.

Realizó distintas actividades culturales, sobre todo con el Club Antonio Machado, abrigo de exiliados españoles.

Creó un cineclub donde se proyectaban películas de Luis Buñuel, a quien los franquistas odiaban con toda su alma ponzoñosa.

Por entonces escribe sus primeras canciones e incursiona en el teatro. 

Se libra de una tenebrosa amenaza. Los franquistas están exigiéndole al gobierno británico su repatriación. Pero el Daily Mirror lo entrevista. Y prueban que si pone sus pies en España sería inmediatamente asesinado. La opinión pública, sensibilizada, le salvó la vida.

Regresó a su tierra natal, cuando el mefistofélico caudillo llevaba ya un par de años bajo tierra.

Pero… ¿quién es, por fin, Sabina?

A no dudar, uno de los seres más irreverentes que en el mundo han sido.

Quien ha dicho que la calificación de “cantautor” le hace sentir como si le pusieran un ladrillo en la cabeza. Y que lo de “poeta” le parecía “un traje que me queda demasiado ancho” 

Pero ahí no concluyen sus audacias. Así, por ejemplo, en el año 2002 posó desnudo para El País Semanal.

Y se autodefinió: “No soy un fulano / con la lágrima fácil, / de esos que se quejan solo por vicio. / Si la vida se deja yo le meto mano…”.

Además, definió algunos de sus posibles destinos: pintor en Montparnasse, legionario en Melilla, negro en Nueva Orleans, deportado en Siberia, sultán en un harén, ¿policía? ni en broma. bongosero en La Habana.

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