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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Setenta y un años de historia

La televisión cubana no solamente ha acompañado día tras día la historia patria, sino que ella misma se ha erigido en historia

Fue el 24 de octubre de 1950 cuando se iniciaron las transmisiones televisivas en Cuba: un acontecimiento que convirtió a nuestro país en uno de los primeros del mundo en disfrutar la magia de la televisión.

Han transcurrido ya setenta y un años, y este sigue siendo un medio de comunicación de profundo arraigo e indiscutible impacto entre los cubanos, en sentido general, tan dados a procurar en la pequeña pantalla información, distracción y educación, a contrapelo de las múltiples alternativas de comunicación y los diversos soportes tecnológicos existentes en la actualidad.

Haber sido la nuestra una población que tan tempranamente recibiera el influjo de tan atractivo y poderoso medio, tal vez no sólo ha condicionado su perdurable identificación con el mismo, sino también el elevado sentido crítico —y no pocas veces hipercrítico— con que se asumen sus propuestas. Especialmente cuando se trata de programas de producción nacional.

Por supuesto que la televisión cubana no es la mejor del mundo —¿acaso existe alguna que lo sea plenamente? — pero sin el menor asomo de fatuidad es justo reconocer que clasifica entre las que con mayor empeño y sistematicidad ofrece una programación enrumbada hacia la defensa de la identidad nacional y el desarrollo cultural de sus receptores: ni más ni menos el cometido esencial de cualquier televisora pública.

Y claro está que lamentablemente no siempre tan loable propósito cristaliza en un producto televisivo nacional a la altura de lo deseado. Y de ello se percatan los televidentes cubanos, que posiblemente toleren con suma benevolencia las frivolidades y banalidades de ciertos audiovisuales que les lleguen por otras vías, pero no las aceptan en una programación a la cual —consciente o inconscientemente— los une un sentido de pertenencia legitimado por la tradición… y por esa intención que debe marcar la diferencia entre otras televisiones del mundo y la nuestra.

Y hacen bien de cualquier modo los televidentes cubanos en ser tan exigentes con «su programación», aunque muchas veces —parafraseando el conocido proverbio— vean la paja en el ojo propio y no la viga en el ajeno. porque a fin de cuentas, la televisión existe porque existe una teleaudiencia que se siente tan dueña de la programación como del televisor a través del cual la recibe.

Es por eso que la producción televisiva «del patio» —sometida constantemente a la colosal tarea de competir con las múltiples alternativas y los diversos soportes existentes en la actualidad— no puede desentenderse ni de las inquietudes, preferencias y necesidades de sus receptores, ni de los códigos impuestos por la contemporaneidad, pero sin hacer concesiones por donde se despeñen los elevados objetivos culturales que la han asistido, especialmente, desde que en nuestro país irrumpieron los alientos renovadores de la Revolución.

Tanto es así, que la televisión cubana no solamente ha acompañado día tras día la historia patria, sino ella misma se ha erigido en historia. Una historia a la cual se ha sumado en los tiempos que corren la responsabilidad —y más aún, el desafío— de mantener la programación televisiva en medio de la pandemia y desmontar tan eficaz como oportunamente los embates mediáticos y cibernéticos auspiciados por ciertos anexionistas y entreguistas de nueva data, dentro y fuera de nuestra geografía.

Mucho queda todavía por hacer a la televisión cubana en aras de satisfacer los requerimientos de sus públicos y fomentar en ellos los más altos valores patrióticos, ideológicos y estéticos. Sin embargo, hay suficientes motivos para enorgullecernos de este aniversario setenta y uno del inicio de las transmisiones televisivas en nuestro país.

Que ese legítimo orgullo estimule entonces el talento, la dedicación y la creatividad de quienes hacen posible que diariamente millones de compatriotas se acomoden frente a sus televisores, en busca de información, instrucción y esparcimiento, porque es esa la razón de ser de un medio de comunicación que sigue y seguirá apostando por su vigencia y permanencia, para seguir escribiendo una historia compartida por todos los cubanos.

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