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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Una Sara de millones

Sara González vivió con la misma pasión con que cantó, y compuso con la misma vehemencia con que amó

Sara González

Aquel 13 de julio de 1951 irrumpió en La Habana un huracán que no logró detectar anticipadamente el Observatorio Nacional. Y no fue por falta de instrumentos que facilitaran el pronóstico, sino porque para percibir la fuerza de aquel incipiente meteoro tendrían que pasar unos cuantos años: los suficientes para que la maruga cediera su lugar a la guitarra y los gorjeos de una recién nacida se transformaran en impetuosa voz de mujer.

Esa voz que de tanto ir a los conciertos se aprendió de memoria cada tema de Silvio, Pablo y Noel, para después cantarlos en cualquier lugar de la ciudad, porque todavía sus pies no habían logrado pisar un escenario. Hasta que un buen día en esta Habana que no sabe guardar ningún secreto, llegó a los oídos de los fundadores de aquel nuevo trovar la voz de esa muchacha a quien el sentimiento se le salía por la garganta. Y también por los ojos, tan semejantes al mar.

Así fue que la adolescente Sara González —un vendaval abrazado a una guitarra— se integró al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, le aportó una musicalidad distinta a un manojo de versos de Martí y se dejó escuchar cada día en el espacio televisivo Aventuras cantando Un hombre se levanta. Así fue también que los cubanos comenzamos a identificarnos con su nombre, con su voz y sobre todo con su intenso modo de convertir cada canción en emoción.

La misma emoción que supo concederle a cada instante de su existencia, porque Sara vivió con la misma pasión con que cantó, y compuso con la misma vehemencia con que amó. Cómo no convertirse entonces en un amor de millones”, esa Sara que no sabía de poses, pero sí de posiciones; que prefería la luz del sol al brillo de las lentejuelas; que no colocaba la voz, sino la entregaba; que no se engalanaba para cantar, sino desnudaba su ser en cada canto. Esa Sara ante la que nadie pudo quedar jamás indiferente, porque no es posible desentenderse cuando una campana toca a rebato o un clarín toca a degüello. O cuando un huracán hecho mujer sigue estremeciendo, de lado a lado, el alma toda de un pueblo.

 

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