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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Ah, La memoria

Manuel Villar en 1984 imaginó el espacio Memorias, de Radio Rebelde para ponernos de fiesta, a veces llorosa, los amaneceres dominicales.
Manuel Villar

El nunca suficientemente llorado Villar.

Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges que “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Por eso, para tener recuerdos, tuvimos que ser jóvenes rebeldes, tiratiros, bebedores, enloquecidos por las hijas de Eva. Y, además, vitroleros.

La Toña, María Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, esa pasmosa yucateca con voz de contralto como una lija, quien comenzó cantando tangos a los nueve años, nos ayudaba a decirle, a nuestra compañerita en la contienda, que La Gloria eres tú, recordando a una cúspide, a El King, a José Antonio.

Ah, pero después, por un mísero níquel, nos virábamos para Francisco Hilario Riser, Panchito, un ser excepcional que nació en el habanero barrio de Atarés.

Alguien dijo que, cuando uno depositaba flores en manos de la amada, y estaba sonando la victrola de la esquina, se podía hasta oler lo que exhalaban las Blancas azucenas, imaginadas por el enloquecido compositor Pedro Flores. Y, si montábamos un nidito de amor, ahí estaba El Cuartito, aunque el asunto terminase naufragando.

Sí, andábamos dando Besos salvajes, aunque al final tuviésemos que echar en cara que Me robaste mi vida y que todo ha sido Un trago amargo.

Los navegantes del universo vitrolero pensábamos que éramos reliquias confinadas ya al baúl de los recuerdos.

Pero, por fortuna, no fue así. Porque, sencillamente, existía un ser venido de no sé qué galaxia, llamado Manuel Villar, quien en 1984 imaginó el espacio Memorias, de Radio Rebelde, para ponernos de fiesta —a veces llorosa— los amaneceres dominicales.

Un ente extraño, ese extraterrestre combinaba, para sorpresa de todos los que lo rodeábamos, una erudición aplastante con la modestia más tirá pol suelo. No era pose ni puesta en escena, sino esencia de su espíritu. Una sonrisa transparente le brotaba del fondo de su flaca anatomía.

Hombre que nació amando el medio radial, con siete años iba a la esquina, a una vidriera donde vendían tabacos y cigarros y se apuntaban los números de la Lotería Nacional, para oír el radiorreceptor que no tenía en su casa. Allí se aficionaría al tango.

En 1943 ya en el hogar humilde han podido comprar el receptor, y continuaría cultivando su pasión. Dos años después da inicio a una carrera radial que se prolongaría por más de seis décadas.

“Villar vivió para la radio, su país y su música”, ha dicho la periodista Angélica Paredes. “La radio me ha atrapado siempre. Desde los años cuarenta hasta la fecha no he abandonado sus micrófonos, siempre en distintos menesteres, como productor, escritor de guiones musicales, participante directo, director”, declaró.

Fue fundador del Instituto Cubano de Radio y Televisión, de Radio Taíno y del ya mencionado programa Memorias, una piedra miliar en el dial cubano.

Con la salud en precario, se mantuvo trabajando hasta que llegó el día 11 de mayo de 2010, fecha que ha de marcarse con señal trágica en nuestro calendario. Aquel hombre-enciclopedia emprendió ese viaje que, al parecer, no tiene regreso.

Y todos quedamos en vilo, preguntándonos si íbamos a quedarnos sin Memorias —es decir, sin recuerdos— cuando cada domingo Dios y nosotros abriésemos los ojos.

Por fortuna, hubo quien tomase el batón en la carrera de relevos. Para eso estaba ahí Juan Gaspar Marrero —habanero devenido espirituano— quien desde los veinte años anda moviéndose por las ondas hertzianas.

Investigador infatigable —como su predecesor— Marrero ha ejercido una verdadera misión de arqueólogo, escarbando en los vericuetos del pasado musical cubano.

Felicitémonos, queridas comadres, compadres dilectos. Sí, porque con placer continuaremos repitiéndonos, gracias a Memorias, lo dicho por el escritor británico Oscar Wilde: “El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos”.

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