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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Aquellas galleticas (Parte I)

Patricio Wood: “Mi padre es un ejemplo de actor laborioso, de un hombre que se entrega en cuerpo y alma a los personajes”

Yolanda Pujols, Salvador Wood y Juan Carlo Romero, una amistad entrañable.

La familia Wood-Pujols ha colocado su nombre en la cima del mundo de la actuación cubana. El gran Salvador Wood fue un hombre que no puede dejar de ser mencionado en la historia del arte cubano, pero sobre todo en la del cine y la televisión.

Su presencia en La muerte de un burócrata y El Brigadista, o sus interpretaciones de Finlay y José Martí, por solo mencionar unos pocos ejemplos, viven grabados en la memoria y la historia del pueblo cubano.

Nacido el 24 de noviembre de 1928 estaría, precisamente hoy, cumpliendo 92 años. En honor a esta fecha tan significativa, esta reportera se ha reunido con su hijo Patricio para conversar sobre quién fue su padre más allá de la pantalla.

Hablar de este gran hombre con Patricio Wood, es sentirlo aún vivo, y no solo porque muchas veces él se refiera a su padre en tiempo presente, sino también porque a través de sus recuerdos y apreciaciones percibes que un legado así no podrá nunca ser víctima del tiempo ni del olvido. Salvador, armado de talento y naturalidad, construyó junto a algunos de sus contemporáneos los cimientos de lo que son hoy la radio, la televisión y el cine de la Isla.

Patricio, ¿Qué significaba la actuación para su padre Salvador?

Estamos hablando de una vida entera consagrada al mundo de la actuación. Salvador desde muy temprano, de una manera fortuita, sin querer, casuísticamente, se adentró a este universo.

Él se relaciona un día con un estudio de radio en su natal Santiago de Cuba. Era un muchacho de 10 u 11 años, simplemente motivado por un amiguito de la escuela que le habló sobre un concurso en la CMKR, una emisora municipal, de poco alcance. A quien mejor cantara le regalaban una lata de galleticas de marca Garnier, si no recuerdo mal.

Los dos muchachos fueron, se presentaron en el concurso y perdieron porque al amigo de papá le dio risa la cara que él ponía para cantar. Luego se presentó solo y ganó su latica de galleticas, con la cual fue muy feliz. Este fue el detonante, lo que lo relacionó con el mundo del arte.

Se motivó con haber visto un estudio de radio, con la forma en que se hacía todo allí. Así comienza su vocación, interés. La emisora quedaba muy próxima a su casa, empieza a relacionarse en ella y se fue abriendo paso el deseo.

En la emisora de radio mi padre hizo mensajería, los efectos de sonido, la musicalización, limpió el piso, de todo. El trabajo era en vivo, un día hizo falta un actor, y lo ocupó Salvador. Era de los actores principiantes que le temblaba el papel en la mano, pero asumía el reto y desde entonces no paró nunca de vincularse con el arte escénico. Hizo teatro también en aquel Santiago de Cuba. Después llegó el mundo de la pequeña pantalla, acá en La Habana, donde vino a probar suerte.

Fue fundador de la televisión en los años cincuenta. Participó en un programa llamado Tierra Adentro, año 1952 en el canal 2. Estaba dirigido por Jesús Cabrera y escrito por Paco Alfonso. Este último lo actuó junto a mi padre.

Luego vino el cine, que lo propulsa a partir de su actuación en Soy Cuba y sobre todo La muerte de un burócrata en el 1963, fueron cosas que comenzaron a sembrarlo en la historia del arte escénico cubano. Sobre La muerte de un burócrata recuerdo que alguien me dijo que lo mejor es como Salvador actúa el nerviosismo, y esa es una faceta muy difícil de interpretar. Además, es una película doblada, íntegramente, ahí no hay sonido directo y es algo que no se nota. Su trabajo en ese filme es monumental, al igual que el de Tomás Gutiérrez Alea.

Se trata de una vida de más de 60 años dedicados al arte, de una pasión absoluta mi padre es un ejemplo de actor laborioso, de un hombre que se entrega en cuerpo y alma a los personajes porque precisamente la falta de academia lo llevó a ser autodidacta, a expresar una fascinación muy grande y muy propia por la actuación.

Él tenía una gran biblioteca y una gran cultura, sabía muchísimo de la historia universal, y la cubana la conocía a la perfección. Él confiaba en que su dominio podía ayudar a la vida y al artista. Eso fue algo importantísimo en el iceberg que es su persona. Salvador ha trascendido por sus dotes naturales que tienen que ver, por ejemplo, con la naturalidad que se desempeña. Este es un rasgo distintivo en él, parece que no es un actor, sino que es exactamente un campesino o un científico o un tintorero, que también lo hizo muy bien en un programa de los años 60 en la televisión en vivo: Casos y cosas de casa. Dominó todos los géneros sin problemas: el humorístico, el dramático, en cualquiera se sabía desenvolver muy bien.

A cada personaje, de acuerdo a su importancia y trascendencia en la trama, le hacía un tratado, escribía muchísimo sobre lo que pensaba de lo que estaba pasando, confiaba mucho en eso. Era un hombre con una posibilidad de hacer literatura su pensamiento, escribía muy bonito. Recientemente el ICRT tuvo el gesto de publicarle su poemario que está hoy a la venta, El canto de mis canciones. Siempre nos impresionó esta faceta suya, además de que estaba dotado de una magnífica caligrafía, al igual que la mayoría de esa generación.

En su carrera destaca como algo importante una extensa galería de campesinos, y lo curioso es que ninguno se parece, todos tienen una singularidad. Es algo muy difícil de lograr y es resultado del estudio profundo, de buscar en el personaje lo que lo tipifica. Mi padre tenía esa inteligencia de saber estudiar. Obedeciendo a su sapiencia natural, porque no estamos hablando de un académico, él llegó a tener 8vo grado en los años treinta, actualmente sería un cuarto o quinto grado.

Recuerdo que Juan Vilar, un director de la televisión cubana, ya fallecido, le vino a proponer el personaje de un general nazi alemán, en una aventura: El tiempo joven no muere. Recuerdo que mi padre le dijo: “Juan, yo necesito por lo menos un mes para estudiar”, sin tener el guion. Se trataba de estudiar el fascismo alemán en la época en que se quería reflejar.

Cuando tuve que interpretar a Camilo Cienfuegos pasó a mi lado y me dijo que tenía que saber cuál era la música que le gustaba a Camilo; y no me dijo nada más, pero ¡Cuánto dijo!

Papá creía que solamente se nace con el don de la naturalidad. Se dice que para ser actor hay que nacer, pues no, mi papá aseguraba que con lo que se nace es con la naturalidad porque esa no te la puede enseñar nadie. Pero no era necesaria solamente esa gracia tan importante, sino también el sentido de la verdad. Él opinaba que se pueden escribir muchos libros sobre la actuación, se puede reflexionar mucho sobre ella, pero él lo resumía todo en una palabra: sinceridad. Y no es más que lograr creerte lo que vas a interpretar para que los demás también lo hagan.

Salvador desarrolló la cualidad de la creencia, de tener la verdad siempre presente en la escena y eso se nota en su trabajo. Cuando miras en la profundidad de su mirada estás descubriendo verdades, se trata de eso.

Patricio recuerda que fue un hombre de gran ética y respeto, que lo hizo también avanzar en un medio tan difícil. Resalta que esta generación de artistas nacidos en los años veinte del siglo pasado no tuvo una escuela, pero tuvo unas circunstancias que pueden llamarse como tal, fue una situación caótica, difícil, adversa, que tenía que ver con lo que decía el propio Salvador: «la escuela que yo viví fue en la que el vivo vivía del bobo, si usted se quedaba atrás, “le pasaban por arriba”». Es la escuela de la competencia, de la suerte, de estar en el lugar indicado en el momento indicado. Una escuela de lo fortuito, de lo inseguro.

“De esas condiciones viene mi padre y es interesante cómo fue desarrollando una gran moral. Sus actos siempre fueron nobles, por el bien de los demás. Era una persona recta. Siempre muy fiel a su pensamiento. Yo recuerdo que se estaba grabando una telenovela llamada La séptima familia, de los años ochenta, durante la filmación fallece uno de los actores, Carlos Moctezuma, y llaman a mi padre para que lo sustituya y termine el personaje. Él asumió continuar el papel y cuando culminó el rodaje le llevó a la viuda de Carlos todo el dinero que había recibido en ese trabajo. Esas son cosas de las que él no se vanaglorió, pero dan la medida de lo que para él era el honor.”

¿Cómo era Salvador de padre?

En primer lugar respetuoso, él establecía una relación tan respetuosa como afectiva, inspirándolo y otorgándolo, a partir de ahí el sustentaba la relación, no solo con sus hijos, sino con todo el mundo. Yo sentí que la vida le salía bien gracias a eso, él tenía muy buenas relaciones humanas.

Nadie calcula lo fantasioso que es mi padre, siempre vivía en una fantasía, creando y generando historias a cualquiera. Si te inventaba una, podía verte diez años después y recordarla; eso me impresionaba. A sus compañeros de trabajo él les ponía siempre una marca, que no es exactamente un apodo. Por ejemplo a Luis Rielo le decía “el hombre de Gururú” porque así se llamaba el lugar de la Ciénaga de Zapata donde nació.

A Enrique Molina le decía “El Tal” y Molina le respondía: «¿Qué tal “mascuál”?»; a Luis Alberto García (padre) le decía “El Padrino”. Siempre tenía esa rutina afectiva con las personas que él quería. Era un admirador muy fuerte de algunas personas que apreciaba muchísimo: Onelio Jorge Cardoso, El Indio Naborí, Ángela Busquier, Frank Fernández, el propio Octavio Cortázar.

Patricio cuenta que su padre hizo mucho por el pueblo de Cojímar. Entre otras cosas tiene que ver con el busto de Hemingway que hay en la glorieta mirando a la bahía de los pescadores, que es resultado de una idea suya. Al igual que el cine de allí que existe gracias a una amplia gestión realizada por Salvador. Allá lo recuerdan de una manera increíble. En la fachada del cine hay una emblemática mural que ha hecho un grupo de pintores de la comunidad. Ha sido un reconocimiento muy bonito, que es alegórico al recuerdo que él ha dejado en ese pueblo.

Opina que fue un hombre importante para la radio y para la televisión, Premio Nacional de ambos medios en los años 2003 y 2018, respectivamente. Un cubano muy querido. Un hombre transparente, y que por eso la gente lo adora. La manera diáfana de expresarse le abrió un camino en el corazón de las personas.

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