20 de abril de 2024

envivo

Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Carlos, un hombre Orquesta

Carlos Padrón aterrizó en este mundo terráqueo en Santiago de Cuba (su amado Chago), a pocas cuadras de donde se gesta la conga de Los Hoyos y se desenvolvió como actor, director, dramaturgo, guionista y asesor de la Televisión Cubana.
Carlos Padrón

Carlos Padrón

Entre los anglófonos, suelen llamarlos utility men.

Aquí, a tales sujetos, a menudo los denominan como tipos multipropósito.

Pero tal vez la más gráfica descripción de esa especie sea la de hombre-orquesta. (El modismo se originó para retratar a ciertos artistas que en cualquier lugar público, desde una barbería hasta una parada de guaguas, interpretaban piezas musicales acompañados de muy diversos instrumentos simultáneamente: filarmónica, guitarra, tambor.

Y que tras la “función” apelaban a la generosidad de la gente con el pedido “¡Coopere con el artista cubano!”. El último integrante de esa tribu que vi, deambulaba por parajes habaneros, hace décadas. Se autoapodaba Fantomás).

 Y dígase que mi semibiografiado de estas líneas, por su plurivalencia, me recuerda a aquellos imborrables personajes.

  El protagonista

Carlos Padrón aterrizó en este mundo terráqueo en Santiago de Cuba (su amado Chago), a pocas cuadras de donde se gesta la conga de Los Hoyos. El hecho sucedió el 21 de marzo de 1947. “Soy lo que se dice un Aries muy definido. Pero, por encima de todo, un revolucionario y un artista”, ha declarado.

   Comienza a hacer sus pininos artísticos en el ambiente escolar.

El padre, médico entregado al servicio del doliente, por lo cual nunca tuvo consulta privada, sin embargo comenta –quizás con razón– que si su hijo persevera en esa vía va a pasar hambre. Pero no interfiere en la propensión del muchacho. La madre siempre alentó su vocación.  Aunque no había entonces un verdadero movimiento teatral en Santiago, ella lo llevaba a ver todas las compañías que visitaban la ciudad, dramáticas o liricas.

Ingresa en el movimiento de aficionados y su grupo de teatro, en el bachillerato, recibe un premio que lleva a Carlos a verse protagonizando “La esquina de los concejales”, de Nicolás Dorr, nada menos que en el capitalino teatro Payret, hecho que todavía lo conmueve.

Durante muchísimas décadas (más de las que a él, siempre juvenil, le gusta admitir) Calos será una entidad omnipresente en el teatro, la radio, la TV, el cine.

 Alguien, armado de una obsesa afición por las estadísticas, asegura que estuvo en tantas obras teatrales,  tantos programas radiales y más cuantas películas. Yo no voy a citar aquí esas cifras, pues son tan gigantescas que dan mareo.

   Se le vio desenvolverse como actor, director, dramaturgo, guionista, asesor…

   Interrogado sobre el desempeño que prefiere en el mundo del arte, contestó: “En mi caso, que no soy lo que se dice un hombre de la radio, tampoco un hombre de la TV y algunos me niegan que lo sea del teatro, que es al que debo la primera pertenencia, aunque a veces haya estado algunos años sin volver a él, debo decirte que mi preferido es ACTUAR.

Ante una cámara, un micrófono o en un escenario, incluso en una casa de cultura, o en una tarima, en un parque de tal o mas cual municipio, o, menos aún, entre un grupo de amigos, cuando alguien te pide un poema en cualquier noche de fiesta.

 Tienes que actuar; hay que actuar; entonces tienes que sacar el monstruo que uno tiene dentro, ángel o demonio, pero debe salir. Si no, no lo puedes hacer. Y si no quiere salir, y no lo puedes hacer, entonces, el que es actor de veras, quiere morirse, porque ese día no quiso salir su monstruo”.

   Pero todo eso no le bastó al amigo Carlos. Siempre ha sido un estudioso de nuestro ayer. No es casual que se graduase de historia en la Universidad de Oriente. Y esa afición por hurgar en el pasado nos deparó dos libros que son, sin abusar del adjetivo, imprescindibles.

   Es de sobra conocido el alud inmigratorio que provocó en Oriente la Revolución Haitiana. En algún momento, uno de cada cinco habitantes de Santiago era de habla francesa. Todo lo pusieron de cabeza, para bien: las artes, la agricultura y hasta las formas de hacer el amor.

De tal evento trata Franceses en el suroriente de Cuba, Unión, 1997. (Este humildísimo ente tuvo el placer de presentar el texto en Santiago, Guantánamo y La Habana. Dondequiera la obra fue acogida con entusiasmo).

   Y con su Lo que fuere sonará, 2 tomos, Alarcos, 2018, Carlos amplió nuestra visión en cuanto a la historia del teatro cubano.

 Una interrogación, como despedida

  Habida cuenta de todo lo anteriormente expuesto, ¿exageró este emborronacuartillas al escoger el título del presente articulillo?

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