Corazón feliz: contra el facilismo y la pseudocultura
Es sábado en la mañana y en mi casa está encendido el televisor. No puedo sentarme a disfrutar como querría, pero mis oídos alcanzan a oír diálogos y canciones poco comunes. Digo «alcanzan a oír» porque tuve que exagerar un poco con los decibeles del artefacto: en los bajos alguien se empeña en aprenderse de memoria El tin en todas sus versiones.
Siento un extraño placer cuando suena esa música en mi televisor, quizás por la añoranza de la instructora de teatro que soy y todo lo que luché por evadir esa otra contaminación. Aunque estoy convencida que ya vi el programa por la presencia del personaje El sastre, interpretado por el simpático Rigoberto Rufín, me atrevo a escribir un mensaje de WhatsApp: Gracias Maestro. Usted no sabe cómo ver el programa (aunque repetido) me pone el Corazón feliz.
Rubén Darío Salazar Taquechel, Premio Nacional de Teatro, guionista y director artístico del programa, además amigo cercano que sabe lo que hablo sin tantas explicaciones; responde con la serenidad y sapiencia de siempre:

«Me alegra saber que lo disfrutas y sí, es la temporada 21 cuando debía estar saliendo al aire la 26. Agradezco tu mensaje pero es un trabajo colectivo pensado desde la actuación, la literatura, el diseño, la música, la psicología, la pedagogía, la realización audiovisual, la historia. Corazón feliz no es un programa nacido de un vacío de referencias, todo lo contrario. Todos los que conforman el equipo somos profesionales de reconocida trayectoria en el trabajo con las infancias desde diferentes campos».
Y ya fue inevitable seguir la conversación con la franqueza de quien ha vivido, conoce y defiende a ultranza la historia. ¿Qué aporta Corazón feliz al unir títeres con la televisión en la programación infantil?
«Los artistas del teatro de títeres siempre han estado vinculados en nuestro país a la televisión, desde la propia inauguración de esta a principios de los años 50 del siglo pasado. Sucedió con la labor de los hermanos Camejo y su Guiñol titiritero, con los actores del grupo La carreta de Dora Carvajal o con las marionetas de María Antonia Fariñas».
«Esa distancia entre los artistas del teatro y los de la televisión nunca ha sido cierta del todo. Es que una forma y otra se complementan y alimentan entre sí, hay muchos especialistas que aportan no solo sus experiencias, sino tendencias estéticas, literarias y musicales que tienen en las infancias sus objetivos principales. No tener en cuenta esto es desconocer nuestra propia historia en estos caminos creativos».
Yo, sin proponérmelo, lanzo otra pregunta: ¿Qué significa que la música sea el centro del programa?
«Escuchar, conocer y promocionar desde un espacio como Corazón Feliz u otro, todo lo bueno que se crea en materia de música para las infancias, entronca con la batalla contra el neocolonialismo cultural, la pérdida de identidad imperante en la región y en buena parte del mundo, liderado por las transnacionales poderosa».
«Además esto es una forma de dar a conocer desconocidas o nuevas voces en nuestra pequeña pantalla, junto a las de consagrados compositores latinos y caribeños como Teresita Fernández, la argentina María Elena Walsh o el mexicano Francisco Gabilondo Soler».

«No quiero ser absoluto en decir que Corazón feliz ha sido pionero en la promoción de canciones de creadores de la región latina y caribeña a través de la pequeña pantalla nacional; pero puedo asegurar que ha sido puntero en la labor, llegando incluso a traerlos físicamente a nuestro país».
La conversación se vuelve más intensa. En tiempos donde la televisión se debate entre lo efímero y lo perdurable, preservar un espacio infantil de este tipo es imprescindible. ¿Cómo lograr que valores tan grandes lleguen a las infancias sin parecer sermones?
«Ética, espiritualidad y patriotismo no pueden ser asuntos tratados con oscuridades en los programas pensados y creados para las infancias. Es un deber hacerlo con toda la responsabilidad que eso conlleva, o sea, con todo el conocimiento de causa del desarrollo del arte en nuestros tiempos».
«Además debemos dominar los puentes de comunicación con los niños y niñas, que hoy por hoy han evolucionado más allá de la pantalla de la televisión o el cine hasta convertirse en videojuegos, en cápsulas para consumir de manera inmediata en los móviles o tabletas. A nada de esto se puede estar ajeno, tampoco a la necesidad de sembrar sensibilidad, humanismo y optimismo en nuestros infantes».
Entonces me doy cuenta que, sin quererlo, el WhatsApp se convirtió en un espacio de análisis. Me atrevo a preguntarle a Rubén si me permite convertir nuestra informal conversación en un artículo que pueda, humildemente, abordar la importancia de la permanencia de Corazón feliz en medio de tantas crisis. El osado titiritero me responde con la fuerza de quien defiende lo que ama.
«Yoa, vivimos tiempos de crisis reales y somos parte de ellas y ya repercute en todos lados. Somos protagonistas de un período difícil donde la resiliencia explora nuevos avatares.Tú, desde la comunicación, nosotros desde el teatro, otros desde la posición de tomar decisiones; cada cual desde su parte puede aportar. Hay que reinventarlo todo otra vez si queremos subsistir y permanecer sin involucionar».
«No hay espacios para egos desmedidos, desunión, extravío de las coordenadas que unen sociedad, cultura, ideología y futuro construido hoy. Porque esas son las infancias: el futuro construido hoy. Si desconocemos eso, puede afirmarse que estamos iniciando una época en que se rendirá culto a lo inocuo, lo superficial, lo fácil y lo pseudocultural y todo eso huele a quietud y muerte. No sé si respondí tu pregunta, sabes que hablo mucho pero las señas las tienes».
Entiendo que Corazón feliz es otra de las pasiones de Rubén Darío hecha resistencia cultural y un espacio que defiende la infancia como futuro y la televisión como memoria. Nuestra programación infantil tiene en Corazón feliz un ejemplo de lo que significa trabajar con veracidad, calidad y sentido de pertenencia.
Respaldar su continuidad significa apostar por una pantalla que no se rinde al facilismo, que reconoce las dificultades pero insiste en la calidad y en el sentido cultural para que la pantalla siga siendo un lugar donde la infancia encuentre música, valores y cultura, lejos de lo superficial y lo empobrecedor.
He aquí un ejemplo de compromiso y coherencia cultural: un espacio que une tradición y contemporaneidad, que defiende la música y los valores como pilares de la formación de nuevas generaciones, un lugar donde la infancia encuentra belleza, identidad y sentido.
El equipo no se conforma con entretener, sino que defiende la música, los valores y la identidad como pilares de la infancia. Corazón feliz es, en sus palabras y en su entrega, un acto de resistencia cultural frente a lo superficial y lo pseudocultural. La infancia, como futuro construido hoy, merece programas que la acompañen con belleza, ética y sensibilidad.
Vale la pena defender 27 minutos diferentes en la semana; disfrutando de la tropa que lidera el travieso Pelusín del Monte con sus canciones, historias, adivinanzas, trabalenguas y todas las ocurrencias que salen de la pluma de Rubén, aún en medio de tantas dificultades porque sé, se nota, a él también eso le pone el corazón feliz.