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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Cuando nuestra radio bajo los plomos, reportó una batalla

Nada menos que Germán Pinelli, en medio de los tiros, acostado en una acera y micrófono en mano, reportó para la nación el siniestro hecho
Germán Pinelli

Germán Pinelli

Un día, en septiembre de 1947, San Cristóbal de La Habana fue escenario de cierto acontecimiento verdaderamente singular: en la capital de un país que no se hallaba en estado de guerra, se desarrollaba una cruenta batalla.

El hecho tenía copiosos antecedentes, más o menos cercanos en el tiempo. La revolución del ´30 deja tras sí a un sinnúmero de combatientes antimachadistas, entre los cuales no van a faltar quienes desciendan por la espiral de la corrupción.

Pistola en mano, y a menudo con la complicidad de los políticos, ya su último fin no es la lucha por la democracia o la justicia social, sino la consecución de posiciones privilegiadas y prebendas gubernamentales.

Se asesinan sin miramientos. Ha quedado inaugurada la época del gatillo alegre.

Presentación de los rivales

En el clima de violencia política reinante en la Cuba de los años cuarenta, se fueron definiendo tendencias gansteriles, que la prensa denominaba elegantemente con el eufemismo “grupos de acción”.

 Lideraba una de estas facciones Mario Salabarría, cuya vida política había comenzado en el Instituto Número Uno de La Habana, en la lucha del Directorio contra el déspota Machado.

Durante aquel régimen tiránico, sufre prisión. Más tarde, participa en la huelga del ´35. Fue jefe del Servicio de Inteligencia de Actividades Enemigas.

Encabezando una facción rival, Emilio Tro. Aún adolescente, bajo las banderas del trotskismo, participó en luchas sindicales, y cumplió condena de prisión. Peleó en la Segunda Guerra Mundial.

Estos dos grupos contendientes ya habían intercambiado su tirito bobo, como dice el pueblo.

Pero ahora iban a dirimir sus diferencias a pura ráfaga.

Se desata la tormenta

El día de la batalla, 15 de septiembre de 1947, Emilio Tro se encontraba en una casa ubicada en Ocho y D, Reparto Orfila, Marianao. Era esta la residencia del comandante Antonio Morín Dopico, personaje que requiere de presentación.

El susodicho contaba con un abultado expediente dentro del llamado bonche, y se le atribuían hechos de sangre.

Esa tarde, un veloz auto policial roció a tiros la casa del Reparto Orfila. Iba a comenzar una tragedia que sería comparada con la Matanza de San Valentín, o del Día de los Enamorados, cuando en Chicago una pandilla gansteril le pasó cuentas a otra.

Un saldo siniestro

Pronto se generalizó el tiroteo. Fuerzas policiales batían la casa, de donde respondían el fuego.

Al final, del inmueble surgen banderas blancas. Después, un espectáculo repugnante: el asesinato de quienes se rendían.

El gánster José Fallat, conocido como El Turquito, declararía haber ametrallado a la gestante esposa de Morín porque estaba herida, y así le ahorraba sufrimientos.

Enseguida, tanto en la prensa como en la ciudadanía, surgió una interrogante. Dada la cercanía de Columbia, jefatura general de las fuerzas armadas, ¿cómo el ejército tardó tres horas en aparecer y dar término a la batalla?

Pues se dice que el presidente Grau dejó que se mataran, y que cuando le pedían que interviniese, haciendo su típico gesto de “el pollito”, contestaba sonriendo mefistofélicamente: “Ah, estos muchachos… ¡estos muchachos son tremendos!”.

Pero, culminando estas líneas, regresemos al título.

En efecto, nada menos que Germán Pinelli, en medio de los tiros, acostado en una acera y micrófono en mano, reportó para la nación el siniestro hecho.

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