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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

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La literatura, el cine y la televisión poseen una larga historia de diálogos y retroalimentaciones.

Desde su surgimiento, el cine halló en las grandes obras de la literatura universal una valiosa fuente de emociones y experiencias humanas.

Muchos han sido los clásicos literarios que han sido llevados a la pantalla grande, como por ejemplo: Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, Los miserables, de Víctor Hugo, Ana Karénina, de Leon Tolstoi, El nombre de la rosa, de Umberto Eco y Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, entre otras.


De acuerdo con José Luis Sánchez Noriega, profesor y especialista en el tema, “a lo largo de la historia, la literatura y el cine se han fecundado mutuamente (desde la importancia de la novela decimonónica en la gestación del cine narrativo con Griffith hasta las novelas cuya técnica de escritura serían imposibles sin la existencia del cine, como por ejemplo El Jarama). Son  muy variadas las convergencias y peculiaridades enunciativas y de significación de unos lenguajes basados respectivamente en la palabra y en la imagen”.

La televisión también en su proceso de desarrollo ha contado con propuestas (algunas estelares y otras no tan bien logradas) nacidas de un texto narrativo de probados méritos artísticos, y ha logrado llevar a un público más masivo las historias y conflictos de sus personajes.

Muchas de las series que más sigue hoy el público cubano (ya sea en la programación televisiva nacional o en lo que propone cada semana el Paquete) han tenido su inspiración en obras literarias.

Sherlock constituye una moderna relectura del clásico de Arthur Conan Doyle; El tiempo entre costuras, un fenómeno mediático en España y parte del mundo, nació de una novela escrita por María Dueñas en 2009; Juego de Tronos, una de las series de mayor impacto y popularidad de los últimos tiempos, está basada en la saga de novelas Canción de hielo y fuego.

En Cuba el público asiduo a estas adaptaciones extraña el espacio El cuento que durante las vacaciones ha llevado a la pantalla chica notables piezas de la cuentística nacional.

Este programa ha tenido el acierto de poner a dialogar grandes directores de la  televisión con los textos de importantes escritores cubanos contemporáneos, como Karla Suárez, Anna Lidia Vega, Alberto Guerra Naranjo, María Elena Llana, entre otros.

Frente a la tentación espontánea de los espectadores de comparar el texto literario con su adaptación en pantalla, Sánchez Noriega recomienda que debe juzgarse a cada uno de ellos con textos de su misma índole (la novela con otras novelas, el audiovisual con otros audiovisuales),  teniendo en consideración los parámetros establecidos por la crítica para cada lenguaje.

No siempre la historia literaria original es superior a su adaptación cinematográfica o televisiva. Existen varios ejemplos de que una trama, sus personajes y el tratamiento del espacio y el tiempo pueden crecer y mejorarse cuando se trasladan con coherencia al lenguaje audiovisual.

El tercer hombre, novela cinematográfica de Graham Greene y protagonizada en el celuloide por Orson Welles es, en este sentido, paradigmática. Sobre ella expresó su autor que “este libro no fue escrito para ser leído, sino para ser visto. En realidad la película es mejor que el cuento porque es, en este caso, el cuento en su forma definitiva”.

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