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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Desde los exitazos hasta un final de novela policíaca

Una breve travesía por la vida del cantante cubano Orlando Contreras
Orlando González Soto

Orlando González Soto

A quienes leemos las biografías que le dedicaron, nos da la impresión de que fue un ser signado por alguna estrella para crearnos confusiones en cuanto a su vida.

Según algunos biógrafos, nació en la oriental Palma Soriano, en tanto que otros mencionan a la capital de la nación. (Estos enredos llegarán hasta los que rodearon a su discutida muerte, según se verá al final de estas líneas).

Lo cierto es que, con fecha 22 de mayo de 1930, él arribó a este valle de lágrimas. (No otra cosa era Cuba bajo el tiranuelo que apodaron Mussolini Tropical y Asno con Garras).

Llegó llamándose Orlando González Soto, pero sería unánimemente conocido por un nombre artístico: Orlando Contreras.

Su carrera se inició cantando en grupos musicales de La Habana, como el trío de Arty Valdés.

Entre 1952 a 1956 lo vemos con la Orquesta de Neno González. Simultáneamente está en el Conjunto Casino.

Su brillante desempeño le ganó el título de «La Voz Romántica de Cuba». Las ondas radiales estaban saturadas con su presencia.

Pero tuvo otros sobrenombres. Por ejemplo, jugando con las palabras, lo nombraron “El Jefe de Despecho”. Lo cual se explicaba porque las canciones que interpretaba —según fue una constante en nuestra cancionística— giraban en torno a la desesperación por un amor frustrado: “Por un puñado de oro / cambiaste su sino y el mío…”, “…un amigo mío / en mi propia casa me vino a robar…”, “…y a la larga tú serás / la única perjudicada…”, “Me sentenció el destino / y sin embargo / prefiero verte…”, “Un corazón de madera / tengo que mandarme a hacer…”. Y un largo etcétera.

Se presentaba en esa meca de la canción cubana que fue el Ali Bar, junto a figuras como el inconmensurable Benny y su tocayo Orlando Vallejo.

En septiembre de 1965 parte hacia los Estados Unidos.
Entre 1966 y 1970 está contratado para cantar en un barco turístico de bandera portuguesa.

Graba un disco inigualable, nada menos que con El Inquieto Anacobero, Daniel Santos.

Realiza giras por América y España.

Se establece en la llamada capital de la montaña, la colombiana Medellín. Allí los asiduos de los bares les conceden el rango, a él y a Daniel Santos, de “Los Jefes”.

En Medellín graba junto a la acreditada orquesta Fruko y sus Tesos.

Enigmático final

Con 63 años de edad, el artista fallece en su hogar el 9 de febrero de 1994, a las siete de la mañana. Y de inmediato se desata un pandemónium de opiniones en cuanto al hecho.

El cadáver es cremado, sin autorización de la familia, cuando solo habían transcurrido dos horas del deceso. No se realizó la autopsia.

Algunos rumoran que se ha tratado de un asesinato, por un asunto de faldas. (Muy amigo de las damas, como Daniel Santos, el cantante dejó tras sí una decena y media de hijos).

No había unanimidad en cuanto al estado de su salud. Para unos, estaba padeciendo de un cáncer pulmonar, mientras otros juraban que era un hombre muy saludable.

La familia se puso en contacto con la policía, para que investigase el hecho.

Andaba rodando un cuchicheo: la mujer que trabajaba como empleada doméstica en su casa habría exhibido documentos que demostraban su matrimonio con el cantante, quien estaba casado con una colombiana, llamada Diana Cárdenas Jaramillo.

Pero, ¿qué hubo detrás de todo aquel embrollo? ¿El gusto por el comadreo de unos cuantos chismógrafos? ¿Las malas artes de periodistas cultivadores del sensacionalismo? ¿O un verdadero homicidio?

Este humilde emborronacuartillas no se pronuncia por ninguna de las opciones, pues bien recuerda aquel viejísimo consejo: “Ante la duda, ¡absténgase!”.

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