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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Desventuras de la lengua en los medios *

Pablo Neruda se acercó con humildad a ese libro sagrado, y escribió la Oda al Diccionario. Entonces, hay que ir cultivando una mayor asiduidad en las visitas al mataburros

la lengua en los medios

Yo no podría asegurar si la anécdota es auténtica o apócrifa. Pero dicen que una vez Unamuno vagaba por las callejuelas de un pueblucho andaluz y tropezó, en cierto establecimiento, con un cartel que textualmente decía: KA PAN KALÁ.

Imagínense qué reto para Don Miguel, el rector de la universidad salmantina, hombre polígloto si los ha habido. Se rascó la cabeza y no tuvo dudas de que PAN es “todo” en griego. Y después se convenció de que KA significaba no sé qué cosa en sánscrito. Pero… ¿KALÁ?

Finalmente recurrió al currito que atendía a aquel establecimiento, quien, tras largo interrogatorio, se hizo entender: allí se ofrecía “cal para encalar”.

Dondequiera se cuecen habas

No hay que irse hasta el Mediodía Ibérico para tropezarse con semejantes joyas. Por aquí hemos tenido “se vende cuna para niño de palo” y “se tiñen zapatos de negro”.

Claro, si se va a ver, todo eso es peccata minuta, falta levísima. Porque solo incide sobre uno que otro transeúnte que acierte a pasar por el paraje.

No, lo tremebundo viene cuando el disparate se amplifica, gracias al poder multiplicador de los medios. Y tal hecho no resulta inédito, ni mucho menos, en este, nuestro atlántico-caribeño archipiélago.

¿Ejemplos? Abundan más que la verdolaga. Vaya uno: cierto colega encabezó una reseña con las siguientes palabras: “cuatro pintores en cuatro”. (Cualquiera podía haber pensado que se hacían públicas las inclinaciones de esos artistas a “recibir ofrenda de varón”. Pero no, solo se anunciaba que había cuatro artistas en otras tantas exposiciones).

Hemos desafiado a las leyes de la Física, retado a los principios de la mecánica, abofeteado a Galileo y a Newton. Sí, porque tenemos, por ejemplo, “las lluvias caídas en mayo”. ¿Es que hay acaso lluvias antigravitacionales, que ascienden?

El preterido mataburros

En una redacción –de cuyo nombre no quiero acordarme– se ha visto a periodistas tildando de ignorante a un colega porque con frecuencia se remitía al diccionario. Y, claro, eso no queda impune, pues tiene al ridículo como moneda de pago.  

Pablo Neruda se acercó con humildad a ese libro cuasi sagrado, y escribió la Oda al Diccionario. Entonces, hay que ir cultivando una mayor asiduidad en las visitas al mataburros, y en general, a las fuentes bibliográficas.

Con tan plausible hábito, podemos ir extirpando muchísimos males, entre ellos el de “como decimos los cubanos”. Me explico, con un ejemplo extraído de la vida real en nuestros medios: “en el capitalismo salvaje, tanto tienes, tanto vales, como decimos los cubanos”. Pues no, muy señor mío: es ese uno de los refranes sanchescos, que tanto molestaban al ingenioso hidalgo.

Por tanto, no es “como decimos los cubanos”, sino como dicen los andaluces, leoneses, castellanos, uruguayos, panameños… y un largo etcétera que engloba a la bicoca de varios cientos de millones de parlantes.

El lugarcito común y la palabra facilona

Se afirma, con toda la razón del mundo, que quien primero comparó a la mujer con una rosa, fue un poeta. Pero el segundo que tal dijo no pasó de servil imitador, artífice de lugar común, frase hecha o cliché.

A cualquiera ya le duelen los epiplones de escuchar cómo se repite “aromático grano,dulce gramínea, preciado líquido”.

Y, ¿qué me dice usted del “aguerrido colectivo y las merecidas vacaciones”?

Claro, nada tan delicioso como una larga y penosa enfermedad.

Junto con todas estas catástrofes, en la comunicación también proliferan las llamadas “palabras fáciles” o comodines”. A quien arrastra, como si fuese una roca, su pobreza léxica, le basta con echar mano a voces como hacer, decir, tener o cosa. De manera que cuando se refiere a una cosa importante, lo mismo puede estar describiendo la incomparable actuación del Ballet Nacional, que la terapéutica acción bactericida de los antibióticos.

En ocasiones, Dios amanece y usted se da de boca con una palabrita o una frase que se ha puesto de moda. Por ejemplo: como si fuese a través de un decreto, quedaron abolidos los combustibles. Ya sólo hay “portadores energéticos”.

La voz actividad se tornó ubicua, universal, capaz del multi oficio. El nunca bien llorado Orlando Castellanos, quien odiaba a la “palabreja”, me contó cuán mal le fue cuando la usó.

En una de sus andanzas rurales para Radio Habana Cuba, se tropezó con una fila india de guajiros jinetes. Cuando peguntó qué actividad era aquella, un guajiro le espetó: “Esto no es ninguna actividad. ¡Esto es un entierro!”.

Desplazamiento y muletas

A veces sospecho que, por artes de magia negra, me han trasladado hacia esa zona geográfica que mis amigos burlones llaman “el Coño Sur”.

Sí, porque en los países de la plata son frecuentísimos los desplazamientos acentuales, como cuando pronuncian desarrollándose, etc.

Pero yo juro, por lo más sagrado, que no conozco a un solo cubano de a pie que incurra en desplazamiento acentual. No lo he oído en ni en el habanero barrio de Vieja Linda.

Ah, pero no vaya usted a ponerse en sintonía con las ondas hertzianas. Porque allí pronuncian nóticiero, córresponsalia, télevision, ínformativo.

No podemos dejar de lado otra dolama del mal decir: la “muletilla”, esa palabra o frase repetida por el hablante para apoyarse, que no en vano se llama también “bordón”, como el bastón que socorría al peregrino de paso vacilante.

Hay muletillas elementales, como el eee que tachona a veces el desarrollo discursivo. Pero no faltan hasta las ofensivas hacia el interlocutor, como el insufrible ¿entiende?

Existen fanáticos del por supuesto, como en “él tenía dos hijos, por supuesto”. (Podía no haber tenido ninguno. O ser un caballo padre que compitiese con el coronel Aureliano Buendía).

Claro está es deliciosa muletilla. Escuchamos en una emisora “el genial Goya era sordo, claro está”. O sea: el hecho de que Goya fuese sordo –y sifilítico– explica el genio que produjo a las Majas y los Caprichos.

Despedida, como una súplica

Hermanos comunicadores: no demos la razón al torvo Nietzsche, quien identificaba idioma de periodistas con idioma de marranos.

Queridos colegas: recordemos cuánto respeto nos debemos a nosotros mismos. Imagínense que hace muchísimos siglos un pensador latino aseguró que la palabra es el espejo del alma, y que, según hablamos, así somos.

  • Versión de una charla, en el Concurso Caracol 2003.

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