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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Eduardo Rosillo: la voz de la alegría

Sin ser bailador y apenas interesado en tararear algunas melodías Eduardo Rosillo vivía a través de la música y la radio
Eduardo Rosillo

Eduardo Rosillo

Desde la calle Vapor, ubicada en Centro Habana no se apaga la contagiosa risa y la charla amena del popular locutor radial Eduardo Rosillo Heredia.

Nació en Songo La Maya, pero fueron Radio Progreso y la música cubana sus dos grandes pasiones. Afortunadamente el tránsito por diferentes cabinas detrás del micrófono le permitieron convertirse en todo cuanto significa hoy: un maestro de la comunicación, conocedor y promotor imprescindible de lo más genuino de las tradiciones musicales de la Isla.

Sin ser bailador y apenas interesado en tararear algunas melodías —de las cuales no faltaban las atesoradas desde su infancia— Eduardo Rosillo vivía a través de la música. Por eso, programas como Alegrías de sobremesa, donde se convirtió en un sello de excelencia de la Onda de la Alegría, así como la Discoteca del Ayer y la Discoteca Popular, y en la última etapa de su vida, el espacio dominical Un domingo con Rosillo, cada uno desde dinámicas y estéticas diferentes, significaron acercar al pueblo a su raíz, a la esencia de un modo de ser que en gran medida está condicionado por la influencia que ejerce, genera, aporta y desarrolla la música.

En ese sentido, y en medio de su incansable labor de búsqueda y rescate de intérpretes, agrupaciones y compositores, muchas veces desconocidos por los medios, pero de real alcance nacional e internacional, se frustró su intento de crear la Casa del Son, como modo de enaltecer esa manifestación musical que tanto identifica el ser cubano. Afortunadamente esa visión del género es una realidad probada y el recuerdo de Eduardo Rosillo también queda ahí estampado.

El 3 de enero de 2015 no se escuchó más su palabra atinada y siempre esperanzadora acerca de los más disimiles temas relacionados con la cultura y la vida. Recuerdo que, en una oportunidad en medio del café, entre las cinco y cinco y media de la tarde, hecho de obligado y feliz cumplimiento para él, sobre todo porque lo colaba de maravillas, intenté hurgar en esos proyectos o deseos que le seguían acompañando, ya con casi ochenta años. Y entre la curiosidad que me despertaba verlo continuamente leyendo y escuchando viejos long play, quise saber sobre algunas de sus ambiciones. Sin pensarlo mucho me comentó:

“Nunca he tenido ambiciones materiales, tal vez porque de pequeño tuve lo que mis padres pudieron ofrecerme, que en ningún sentido fue poco. Justo de ellos aprendí cómo ganarse las cosas, no bastaba con desearlas, había que trabajar”.

“En ese sentido, mi mayor ambición en pleno siglo XXI se consume en la Casa del Son, en nombre de los que ya no están y sin embargo animan a los cultores de la música cubana actual. Por todos ellos es que apuesto por este espacio de tributo al género musical, que internacionalmente más nos identifica.

Y en cuanto a mi país, sí ambiciono que siempre sea dueño de su destino como lo es ahora”.

Así era Eduardo Rosillo, el Premio Nacional de Radio, Artista de Mérito del ICRT, quien mereció también la Gitana Tropical y otros tantos lauros, el hombre que fuera centro de cuantiosas ofertas para abandonar el país y la respuesta desde la sencillez fue: “me debo a mi país y su gente…ellos me hacen ser quien soy”.

Tabaco en mano y con la respuesta justa a flor de piel, Eduardo Rosillo es exponente esencial de la radio y la cultura cubanas. La cabina central de Radio Progreso lleva su nombre y su imagen custodia cada paso que da esta emisora maestra, en pos de preservar lo más auténtico de nuestras tradiciones. Genuino hombre de la casa azul, como es conocida la mencionada emisora, regaló allí hasta el último momento la voz de la alegría.

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