18 de abril de 2024

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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Emeterio o el Hombre- Nada

Nuestro “héroe” de hoy –quien respondía por el nombre Emeterio-- se distinguió como el ser más decididamente opaco que recoge la historia del planeta.
la zona bayamesa donde estuvo el cementerio

la zona bayamesa donde estuvo el cementerio

Humildemente opino que esta croniquilla mostrará características sui géneris. Sí: tiene de peculiar que narraremos una anécdota cuyo personaje protagónico no fue un obispo relevante por su piedad, ni un militar recordado por sus hechos de armas, ni un científico cuyo genio desbrozara nuevas parcelas del saber humano.

   No hay tal. Nuestro “héroe” de hoy –quien respondía por el nombre Emeterio–  se distinguió por ser… nada. Sí, tal como usted lo acaba de leer: nada.

   Emeterio fue el ser más decididamente opaco que recoge la historia del planeta.

   Y, para conocer a esa grisura hecha ser humano, hemos de trasladar nuestras coordenadas hacia una de las villas inaugurales, San Salvador de Bayamo, donde la calidez de la atmósfera compite con la del alma.

              El escenario

   Según era habitual en los días coloniales, en Bayamo los enterramientos se llevaban a cabo en las iglesias. Mas un día comenzaron a soplar aires de ilustración, que repudiaban tan antihigiénica práctica. (Sin lugar a dadas, no tenía nada de saludable escuchar misa en medio de cadáveres putrefactos).

    Entre las pocas decisiones felices de su desastroso reinado, Carlos IV comenzó a poner en vigor lo legislado por su padre: que se estableciesen necrópolis en las afueras de las poblaciones. Y en Cuba la disposición se aplicó, por vez primera –antes de que existiese el habanero cementerio de Espada–, en San Salvador de Bayamo. 

   Junto a la iglesia San Juan Evangelista, el 5 de enero de 1798 Bayamo inaugura su cementerio al aire libre, bendecido durante una ceremonia religiosa y oficial. Algunos investigadores opinan que no fue sólo el primero de su tipo en Cuba, sino en toda América.

   Durante más de un siglo, aquel camposanto sería la morada postrera de todos los bayameses. Hoy allí se encuentra el Parque Retablo de los Héroes.

   Y en el cementerio viejo de Bayamo enterraron a Emeterio.

              El personaje

   Esta necrópolis estuvo en funciones hasta 1919, pero, en tan dilatado lapso, no albergó a nadie tan gris, tan poca cosa como Emeterio.

   El protagonista de la presente estampa no era un ser humano, sino el vacío perfecto. Me explico. Tras su primer –y penúltimo–  acto trascendente, que fue nacer, Emeterio siempre dio la impresión de que postpartum lo habían multiplicado por cero. Aquello no era un hombre, sino la nulidad en dos patas.

   Jamás amó, mucho menos “con dolor”, como dice García Márquez. Las hijas de Eva –¡él se las perdió!–  lo tuvieron sin cuidado.

   Emeterio nunca estrechó emocionado la mano de un amigo, ni supo de farras pantagruélicas, ni se preocupó por la buena o mala fortuna del prójimo.

   Cuando sus coterráneos bayameses se alzaron contra el poder colonial y, heroicos, dieron fuego a su ciudad antes que entregarla al enemigo, él se buscó un escondrijo donde su aburrida seguridad no peligrase.

   Su vida fue, como dictaminaría sobre el agua un texto de Química, incolora, inodora e insípida.

              Una rara despedida de duelo

   A principios del siglo pasado, a aquel anteproyecto de vida le llegó la ocasión de su segundo y último acto trascendente: ponerse la guayabera de pinotea, mudarse pa`l Reparto Bocarribacolgar los tennis. En fin, morirse.

   Ah, y aquello fue menudo reto para el despedidor de duelos local, quien –como casi todos los oradores fúnebres municipales–  era un periodista amante de las letras y bastante inclinado a chuparle el rabo a la jutía, o sea, abusar de líquidos etílicos.

   ¿Podía decir que el finado era un cofre de virtudes? No, pues ninguna tuvo.

   ¿Que fue fiestero y rumboso hasta el delirio? Menos que menos, pues aquel hombre jamás supo de guateques ni francachelas.

   ¿Que era amigo a prueba de trabajos y sacrificios? No, nunca movió un dedo por nadie.

   ¿Padre amantísimo y esposo ejemplar? No, si ya dijimos que jamás tuvo nada que ver con las féminas.

   ¿Patriota esforzado y valiente? Por Dios, si Emeterio fue lo más amarillo que imaginarse usted pueda.

   No había de dónde asirse para dedicarle un elogio real. El orador carraspeó y volvió los ojos al cielo, mientras musitaba con voz aguardentosa: “Emeterio… Emeterio…”.

   Fue entonces cuando, gracias a la rima, halló la oración fúnebre que merecía aquel fracaso hecho hombre:

      “Emeterio, Emeterio,

      tú fuiste del b… de tu madre

       al cementerio”.

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