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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

“La Radio Cubana genera cultura”

Reveladoras ideas y pensamientos del destacado intelectual Miguel Barnet, en vísperas de su aniversario 81, el próximo 28 de enero
Miguel Barnet

Miguel Barnet

Lo fascina la voz sencilla del hombre sin historia. Esteban Montejo le contó su biografía de un cimarrón y Julián Mesa protagoniza “la novela de las nostalgias enfrentadas”, según reconoció García Márquez sobre La vida real (1986). Desanda parajes insólitos de íntima serenidad al rememorar fábulas ricas en moralejas que alertan riesgos y silencios.

El prestigio intelectual Miguel Barnet (La Habana, 1940), reconocido con premios, condecoraciones, de las cuales forman parte la Orden Félix Varela y la Medalla Alejo Carpentier, ha sentado cátedra en el arte de hilvanar historias de vida, palabras e imágenes desde una visión culta, oídos atentos y mirada escrutadora. El Doctor en Ciencias Históricas, poeta, etnólogo y narrador descubre la brújula de las raíces, estas alimentan el árbol frondoso de la existencia.

Habla despacio, bajo, una y otra vez, sondea la memoria, estímulo que lo incita a buscar en lo recóndito del ser humano una curiosidad nunca satisfecha, siempre ingeniosa, retadora, inquietante. Según reconoce: “Tengo vocación de promotor cultural. Me hace feliz contribuir a la cultura de nuestro país desde la Fundación Fernando Ortiz, mi poesía y la literatura. Todo me deja una gran fortaleza”.

Su pasión lo orienta y motiva. “Me nutre hasta el aire que respiro. Soy un lector voraz, veo, percibo con la triple óptica de poeta, escritor, y antropólogo; siento interés por la historia. Amo la obra de quienes se basan en dicho sedimento. Lo hicieron Alejo Carpentier, Lezama Lima en Paradiso y otros autores contemporáneos cubanos.

“Interiorizo esa carga en mis libros, aunque llamo novelas-testimonio a Biografía de un cimarrón, Canción de Rachel, Gallego, La vida real y Oficio de Ángel, son producto de la imaginación, de recrear vivencias, una escritura de lo existente. Nunca somos originales por entero, aunque nos hagamos esa ilusión.

“Me alimento de todo, en especial del aprendizaje, durante nueve años trabajé en la Academia de Ciencias como etnólogo. También me alimento de la metodología que aplico, por la cual tienen mis textos un sesgo ni bueno, ni malo, ni mejor, ni peor, sino diferente al resto de los escritos en mi país. Ese todo incluye saberes populares, la psicología de las personas, la idiosincrasia tan rica, controvertida y misteriosa de este pueblo del que somos parte los artistas e intelectuales”.

Disfruta intensamente la lectura, el teatro, la música y en especial “ser un radioescucha consumado. Hay quien despierta con Reloj, yo escucho el programa La guitarra en la emisora CMBF, después vienen Beethoven, Scarlatti. Es un bálsamo para el alma a través del dial. La Radio genera cultura. Ofrece un amplio abanico de informaciones, ritmos, sonoridades, conceptos, que influyen en el intelecto y la espiritualidad de las personas”.

Savias profundas

Infinitas huellas revitalizan el acervo cultural de Barnet, orfebre de pluma y espada, dado a establecer vasos comunicantes, complicidades con reconocidos artífices. “El nombre de Don Fernando Ortiz suena mucho, pero lamentablemente no se ha leído a fondo. Tampoco existe una hermenéutica de su legado. En la Fundación que lleva su nombre, la cual fundé hace 16 años, hacemos una labor intensa con un pequeño grupo de adalides de su obra, de Argeliers León y otras personalidades.

“Ortiz es el intelectual –en mi modesta opinión– más importante del siglo XX en Cuba, en las ciencias sociales, la ciencia, la historia y la antropología. Su sabiduría trasciende cualquier percepción impresionista, debemos analizar lo que rescató, incluso revalorizó en los mundos de origen indígena, negro, hispano; los aportes de lúcidos conceptos que publica en El engaño de las razas (1948).

“Él ya venía proponiendo enunciados de principios, los cuales tienen hoy plena vigencia en la genética, el ADN, las definiciones actuales del género y la racialidad. Don Fernando es inabarcable, constituye una fuente insondable, profunda, hay que leerlo cada día. Nació en el siglo XIX, estuvo a horcajadas en el XX, tuvo una visión incomparable con el resto de sus contemporáneos –los superó a todos, en mi criterio–. Llegó a una definición de lo cubano muy inteligente, sabia, al expresar que la cubanía es la vocación de ser cubano. Aportó una interpretación psicosocial, penetró en la psiquis del ser humano de este país. Aseveró que la cultura cubana se proyectaba con una universalidad inherente, porque somos una isla; dada esta condición, estamos transidos de cambios, movimientos migratorios, transculturaciones. Estos nos definen en tanto personas que podemos instalarnos fácilmente, sin ningún gran esfuerzo, nada nos ata: ni la tradición, ni la modernidad, ni la contemporaneidad, por eso somos socialistas.

“Soy profundamente martiano, no solo por designios astrológicos: nací el 28 de enero de 1940 a las 10 de la noche; sino porque, como dijera Lezama, ese hombre es un misterio que nos acompaña. Vivió solo 42 años, hizo una poesía grandiosa, unió a los cubanos en la gran guerra de independencia, venció obstáculos, contradicciones, eso es inexplicable, un misterio.

“Creo en el método marxista, el materialismo histórico y la dialéctica los aplico aleatoriamente, pero no soy un marxista por disciplina, sino más bien por intuición. Llego al materialismo histórico de una manera orgánica, no porque nadie me lo imponga ni por manuales, solo me ilustra la realidad. Soy martiano, marxista y sobre todo fidelista, porque Fidel supo conjugar las ideas del marxismo con el pensamiento martiano, que no tienen ninguna contradicción.

“También el cristianismo aportó a la historia de Cuba, a las guerras de independencia y al pensamiento. Lo demuestran el presbítero Félix Varela, José Agustín Caballero, José de la Luz, José María Heredia, entre otras figuras cristianas posteriores que clamaron por la libertad de la Isla frente a la metrópoli española y al despotismo ilustrado”.

A Miguel Banet lo nutren relatos, personajes, sueños, interrogantes, la necesidad de conocer al otro, defender múltiples afanes y desafíos que nunca dejará de asumir.

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