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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

La riqueza del valor simbólico

Valoraciones sobre ficcionales audiovisuales que aportan ideas y contribuyen a establecer asociaciones de notable impacto en la existencia de generaciones

La primera actriz Obelia Blanco, Premio Nacional de Televisión, ha conmovido mediante su arte interpretativo en policíacos, series y telenovelas. Foto: Jorge Valiente.

Contar historias ajenas y propias, compartir la esperanza, las angustias, los errores y el secreto de los demás evidencia una cierta ilusión de realidad en la cual influyen el tono, el punto de vista y la intencionalidad elegida para el relato.

El ensayista y crítico de arte francés Baudelaire profesaba que “en el amor como en literatura, las simpatías son involuntarias, no obstante, necesitan ser verificadas, y la razón tiene ulteriormente su parte”. Al interiorizar dicha máxima lo comprendemos, pero no basta la sugestión provocada por la diversidad de contenidos y su transmisión en pantalla requiere artisticidad.

A la defensa de esta prioridad se debe el auge de producciones favorecidas con buenas historias de guionistas que emigraron del cine y aprovechan la repercusión de productos audiovisuales en el incremento del consumo por Internet o la llamada pequeña pantalla.

La programación televisual concebida para este difícil tiempo de aislamiento físico por el bien social, hace énfasis en cuentos, relatos breves, telefilmes, películas y temporadas de series que han logrado establecer un hábito en las audiencias participativas, estas suelen exigir empatía, reconocimiento e identificación con temas, conflictos, preocupaciones disímiles.

En opinión de la primera actriz Obelia Blanco “corresponde a la actriz y al actor hacer creíble cada relato en el que debemos entregar cuerpo y alma, de lo contrario no se cautiva a los espectadores”.

De igual manera, los policíacos cubanos al estilo de Tras la huella aportan fábulas, moralejas, provocaciones que suelen motivar incluso a entrenados internautas. Basada en hechos reales, cada historia del referido espacio denuncia conductas delictivas de diversa índole: asesinatos, robos, violaciones, corrupción, tráfico y consumo de drogas, prostitución, malversaciones; fenómenos nocivos de repercusión social.

Transformar esas complejas realidades en un espectáculo artístico proporciona a los televidentes la comprensión de lo que ocurre y cómo ocurre mediante asociaciones de aspectos diversos. Nunca puede obviarse que esa realidad otra pertenece a la ficción, a lo imaginario, deviene una extensión de la realidad subjetiva del creador y del espectador, en la medida en que logra ser objetivación del contenido ideológico y emocional de las personas.

No obstante, en ocasiones esos propósitos evidentes de trasladar hábitos correctos, advertir y enseñar, llevan en sí cargas de didactismo en situaciones y diseños de personajes-tipo, las cuales impiden modelar la riqueza expresiva de la imagen, su función simbólica.

Pensemos, si un personaje o tipo es estático, nunca duda, teme o vacila, se le pertrecha de una coraza o de la más exquisita inverosimilitud, no conquistará a quien está ávido de “ver” acciones en la trama, en lugar de que le representen la perfección ganada a ultranza, lo cual es una falsedad. Guionistas y realizadores deben seguir cultivando narrativas en las que proliferen confrontaciones, luchas, catarsis.

En ese espacio existen certezas de la calidad del policíaco cubano. También lo demuestra la retransmisión de la serie Julito el pescador (Canal Educativo, sábado, 5:00 p.m.), con dirección del maestro Jesús Cabrera. En ella se aprecia la relevancia de la construcción dramatúrgica, la cual implica desde el manejo constante de los tiempos en la narración hasta el rigor del diseño visual y la densa introspección de actores. No se improvisan el saber decir, la voz y la dicción, la cadencia. Ciertamente, la clave de todo reside en el dominio de las partes del conjunto en el producto comunicativo audiovisual.

Nunca lo olvidemos: el poder de la ficción es infinito. A veces, hace creer sensato el deseo de lo imposible. Al revelar valores éticos y estéticos en una trama motiva la reflexión, incluso propicia reconstruir la vida propia con su carga de causas y azares. Por tanto, la ficción se propugna en prototipo de texto abierto, tal como postulara Humberto Eco al referirse a que un texto origina innumerables interpretaciones, todo depende de cada humano, de sus pasiones pocas veces previsibles. Pensemos en esto.

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