13 de abril de 2024

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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

La televisión y su transcendencia para niños y jóvenes (1)

Idear una programación para niños y jóvenes en la televisión cubana, no debería ser una camisa de fuerza. Aunque cada espacio siempre tendrá sus códigos propios, la magia es que llegue a todos sin importar nada más.
La televisión y su transcendencia para niños y jóvenes

En la quinta década del siglo XX, en los Estados Unidos, los estudios cuantitativos de audiencias del austríaco director de radio Paul Felix Lazarsfeld (allí radicado desde 1933) y el estadounidense Robert King Merton; la Mass Comunication Research y la sociología empírica funcionalista concebían a los grupos sociales y sus líderes cómo elemento fundamental en la relación efectos-contenidos con los receptores.

Pero la realidad evidencia la rigidez así lastrada, pues no hay dos personas iguales, ni por coincidir color de piel, sexo, opción sexual, lugar de residencia, nivel académico. Por eso, siempre me he cuestionado la idea de una televisión para cada grupo social. Precisamente, parte de su magia, es que llega a toda persona por cualquier motivo y de manera diferente, sin importar absolutamente nada más.

No puede degenerar una falacia, entonces, hacer televisión para unos u otros públicos; lo que no veta que si queremos que los niños lo entiendan, ha de considerar sus códigos, tonos, lenguajes y motivaciones.

Lo mismo para programas de lenguaje de señas para los hipo acústicos, los buenos doblajes para los invidentes; y otros muchos y diversos grupos para los cuales nunca deben faltar los atractivos, ritmo, agilidad y otros valores que requiere una televisión de óptima calidad.

Cada vez menos, por fortuna, existen los dilemas privativos de un grupo social: los problemas de unos lo son de todos, y a todos interesan, o debieran interesarles, al menos por convivencia.

En fechas de niños y jóvenes como el 4 de abril en Cuba, las vivencias personales y el más leve acercamiento al tema nos devela entre las más saludables tradiciones televisuales, una programación infantil y juvenil muy bienvenida y aprovechada.

En el caso cubano, Pavel López Guerra rememora las primeras “aventuras” hacia 1952 en el pionero Canal 4 Unión Radio Televisión, luego en CMQ Televisión, Canal 6, en horarios y frecuencias variables, que llegarían a Tele Rebelde y Canal Educativo.

Mientras, Mayra Cue cita Samarkan, el indomable (1954, por Sirio Soto, con “el novísimo Enrique Almirante” y Maritza Rosales) y afirma que este que se llegaría a considerar un género dentro de la televisión, lo inauguró en el Canal 4 Antonio Vázquez Gallo aunque humorístico, a mediados de aquellos años 50, y con El hacha escondida inauguró el programa “Aventuras”.

Vázquez Gallo en Unión Radio había hecho para niños El abuelito cuentalotó y Kindergarten musical, y con Patio andaluz y otros infantiles, debutó en Canal 4; luego escribiría para infantes: El niño inválido, y Nachito.

A inicios de 1963 comienzan ¿otras? “Aventuras” sobre buena parte de lo mejor de la literatura universal, según Rafael Lam cita en entrevista a Silvano Suarez, por idea de Amaury Pérez García, con Carballido Rey y otros.

Se han mencionado en orden Veinte mil leguas de viaje submarino (entonces con Enrique Almirante, luego en otra versión con Rogelio Blain), La isla del tesoro (Antonio Vázquez Gallo, 1963), Robin Hood (1964), El corsario negro (también de Vázquez Gallo), El zorro (1965), Guillermo Tell y Los bucaneros; series que se acompañaban de los juegos de álbumes a llenar con postalitas y de los pasquines de entonces: Aventuras, Muñequitos, Fantásticos y Dindon, todo lo cual coleccionábamos entusiastas, además de otros temas.

Inicialmente no se filmaban exteriores, todo era en los estudios del Focsa, donde hubo un puesto de mando del Nautilus; solían transmitir una de 7 a 7.30 p.m. y otra, de 7.30 a 8 p.m., que sería la que quedaría definitivamente, antecedida para los menores (pero que igual todos disfrutábamos), por Tia Tata Cuenta Cuentos los martes, y Amigo y sus Amiguitos los jueves.

Recuerdo que para ese entonces, mi padre logró un televisor en casa: un Philco de colores crema y verdosos, con una pantalla grande y redonda (que hoy parecería la cabeza de un extraterrestre) que lo unía al equipo rectangular acostado y más pequeño, sobre el que se sustentaba.

Hoy, agradezco mucho a aquel antiguo equipo y a la televisión. A ellos debo lo mejor de mi formación que aún hoy me sustenta y salvaguarda, mis valores, sensibilidad y capacidades. Agradezco también a mis padres por alentar mi interés por compartir con ellos todo lo que enriquecería mi vida, aunque no fueran programas estrechamente entendidos para mi edad.

Esa, es quizás mi convicción heredada y lo que promuevo hoy: todo lo bueno es mejor cuando se comparte, sobre todo con seres queridos. Siendo un niño disfruté del dominical Circo en Tv y espacios dramatizados que contribuyeron a mi formación en teatro y literatura universal, incluso los nocturnos sabatinos Tensión y A las doce.

Luego, la curiosidad continuaba buscando en los libros, zarzuelas, operetas y otros espectáculos musicales como los de Rosita Fornés, Los Meme, Luisa María Güell y tantos más, que fueron a la postre, los que me enamoraron definitivamente de las artes, y que llegué a incorporar a mi repertorio personal con mi hermano para sobrevivir los apagones.

La televisión nos regaló películas “de aventuras”, misterio, comedias y musicales estadounidenses (en menor medida, españolas, italianas, francesas, etcétera) y otras que definitivamente, no clasificarían en esa estrechez “para niños y jóvenes”.

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