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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Lo “imaginado” de lo real

Trasladar una auténtica vida ficcional a la pantalla requiere verosimilitud y agudeza propositiva del equipo de realización

Montaigne disfrutaba la lectura de obras sobre vidas, en las cuales el ser humano era el protagonista, con sus cualidades, defectos, y maneras distintas de manifestarse. En la época del escritor francés, aún no se mencionaba la palabra biografía, que utiliza por primera vez el dramaturgo inglés John Dryen, en 1683, al referirse a Vidas paralelas, de Plutarco, quien plasma en este libro un retrato poliédrico de la antigüedad romana y griega.

Entonces, el concepto tradicional de la existencia tenía su asiento fundamental tanto en la unidad del espíritu humano como en la presentación de acciones heroicas.

En la recreación audiovisual, guionistas y directores acuden a narraciones inspiradas en acontecimientos, personajes reales, historias de vida, recreaciones biográficas, y asumen con independencia de la selección del contenido que “la realidad siempre es imaginaria”, según Umberto Eco. En esencia, todo relato deviene una construcción significante.

Trasladar una auténtica vida ficcional a la pantalla requiere defender la ilusión de verdad, con caracterizaciones, reparto adecuado, buceo en el mundo interior de personajes o tipos, sin obviar procedimientos textuales que le otorgan consistencia a la historia.

Para la vedette de Cuba, Rosita Fornés, siempre fue esencial dominar el concepto del director sobre su personaje.
“La Isabel Ilincheta de la zarzuela “Cecilia Valdés”, con música del maestro Gonzalo Roig, fue un desafío doble, pues ella ya existía en una novela monumental de Cirilo Villaverde. No podíamos desconocer ese precedente asentado en la literatura cubana. También constituyeron retos “La viuda alegre”, “Hello, Dolly”, “Luisa Fernanda”, y otros muchos con una larga vida en la escena internacional. Nunca podemos renunciar al estudio consciente de aristas poco exploradas y de otras, las cuales han sufrido desgaste, y requieren otra mirada, otra energía”.

Como motivo de inspiración que propicia la búsqueda de indagaciones y respuestas, la relación entre literatura y ficción televisiva, en tanto espectáculo, se establece desde cambios sígnicos y pertinencias entre vínculos temáticos, ideológicos, culturales, semánticos, sintácticos, históricos y artísticos.

Entre un lenguaje (literario) y otro (televisual) ocurren transmutaciones, engarces, intertextualidades, lecturas con diferentes matices, cruces, provocaciones, las cuales en el relato otro deben producir, motivar, incentivar, lecturas asociativas que se nutren de fuentes culturales sedimentadas sin la pretensión de mantener estáticos, inamovibles, el punto de vista, las diferentes maneras de descubrir, profundizar y revelar el pensamiento, los conceptos, las imágenes icónica y verbal; el referente da la posibilidad de construir un sentido otro.

La primera actriz María Teresa Pina considera que cada personaje o tipo es único e irrepetible. “No importa que venga con su propia historia en una canción, un cuento, una puesta teatral o cinematográfica. Cada obra incita a repensar el concepto y el desarrollo del personaje o tipo, todo depende de la dramaturgia y del punto de vista escénico”.

Nunca podrá la ficción agotar su significado y ser apreciada exclusivamente como objeto de consumo o electrodoméstico familiar, en tanto responde a la categoría de género cultural, cuya definición abarca el reconocimiento de formas y contenidos, los cuales deben sustraerse al juicio estético y, además, del entretenimiento deben satisfacer la demanda humana de experiencias audiovisuales.

Como advierte el profesor colombiano Omar Rincón, “el campo audiovisual está listo para concebir nuevas experiencias-sujetos y experiencias-colectivo para contar en forma de diversidad de tecnologías, redes, pantallas, relatos; cada televisión debe ser un laboratorio expresivo”.

De ahí la importancia de asumir las complejidades de cada representación por parte de los realizadores, quienes deben ser conscientes de toda obra que exige un contrato de disfrute, requerimiento inviolable para conseguir estar juntos; de lo contrario, el resultado no comunica, pierde artisticidad.

Hay que abrir todas las posibilidades productivas y de creación para que la puesta sea polisémica, provocadora; de lo contrario, no influirá en los públicos, que frente a la pantalla, también son creadores.

 

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