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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Los cantos del violín de Salvador

El canto de mis canciones (Ediciones En Vivo, 2019) es un poemario que recoge una zona del trabajo de escritura que, como el violín mentado, cultivó por años el reconocido actor Salvador Wood
Los cantos del violín de Salvador

Los cantos del violín de Salvador

El famoso pintor francés Dominique Ingres, además de su dedicación a la plástica por la que es mundialmente reconocido, estudió música y la practicaba como gustosa ocupación secundaria. De hecho, además de integrar durante un tiempo una orquesta en Tolousse, se afirma que tocó en recitales privados organizados por ese genio que fuera Niccolo Paganini. La reiterada frase “violín de Ingres” surge de esa suerte de desempeño alternativo o secundario, sea artístico o sea en otro ámbito. Bajo tal apelativo, se nombran los estancos del quehacer humano que, por lo general, se ubican en una segunda plaza del podio vital.

Regresa tal aserto a la memoria a propósito del libro El canto de mis canciones, que publica la Editorial En Vivo, y que pertenece a la autoría de Salvador Wood. Los argumentos son muy sencillos. El texto es un poemario que recoge una zona del trabajo de escritura que, como el violín mentado, cultivó por años el reconocido actor santiaguero.

De Wood hay mucho que decir luego de toda una vida de trabajo y muy poco que no se sepa sobre su vasta obra en el cine y la televisión. Es el protagonista de esos clásicos del cine cubano de todos los tiempos que son La muerte de un burócrata, de Tomás Gutiérrez Alea y, junto con su hijo Patricio, de El brigadista, de Octavio Cortázar, entre otras películas. Sus personajes en un buen número de series, novelas y aventuras televisivas como Finlay, Cuando el agua regresa a la tierra, Orden de ataque, En silencio ha tenido que ser y La frontera del deber, además de muchas otras, dejaron bien asentada su imagen en el recuerdo del público cubano.

Sin embargo, junto con sus inicios en la radio, su trabajo como escritor y como íntimo poeta es poco o nada sabido hasta ahora. En el prólogo, bajo la firma de Josefa Bracero, el propio Salvador aporta algunas aclaraciones. “Yo escribí programas dramáticos… Creé lo que se tituló La novela deportiva… En ese tiempo yo escribía además estampas humorísticas en el espacio Cosas que pasan, de la emisora CMKW… En la Habana para Radio Progreso escribí un espacio dedicado a las biografías de los mártires cubanos; en 1960, los libretos del programa costumbrista La mesa está servida (…) y la adaptación, en 1961, de la novela La ciudadela, de Archivald J. Cronin”.

Este libro de poemas se conforma con obras escritas durante muchos años, en circunstancias disímiles. No obstante, por lo general viajaron en cartas o miradas que tenían siempre una misma destinataria: la eterna Yolanda Pujols, esposa y musa del actor, trasmutado en estas páginas en enamorado poeta. Como explica la nota de contratapa del volumen, la poesía de Salvador Wood se ocupa de la “nostalgia, la añoranza, el amor y la esperanza.” Son versos donde, confiesa el autor, podía escapar de lo diario y explorar horizontes mayores, amplios y difíciles, como los que sugiere el mar, un personaje siempre presente. El poeta entonces, “se nutre de vivencias propias y ajenas para mostrar en diáfanas imágenes su mundo interior, su sensibilidad poética, su adoración por los paisajes de la Patria y el testimonio de una época convulsa para los cubanos”.

Ciertas artes escapan a las definiciones. En el caso de estos versos, son justamente los hijos del escritor los que redondean una guía, más sentimental que decantada en explicaciones estéticas o técnicas, para encarar las páginas. “El regocijo de compartir su inspiración y revitalizarla en infinitas lecturas, unido al hecho de que no somos especialistas en materia literaria, nos disuade de intentar un análisis total de esta compilación, quizás tampoco lo merezca; pero hay aquí una demostración clara de que para la poesía basta el acto de dos. Hay una autenticidad ante la necesidad de amores primordiales que se debaten en la misma soledad, pero en él revertida en musa: «yo era feliz aún en mi tristeza…», confesó en la última lectura de estos poemas”.

No vale entonces otra definición u otro sentir que aquellos que cada cual escoja para sí cuando recorra estas páginas. Así queda hecha la invitación para acudir a este diálogo a solas con la poesía y sus caminos. Las pantallas de papel de El canto de mis canciones esperan por ser abiertas.

 

 

 

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