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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Orlando, un simpatiquísimo hombre radio

Sin dudas, un caso único en nuestras ondas hertzianas

Escenario: Ciego de Ávila, ciudad que había comenzado a surgir, durante 1840, circundada por llanuras, en la mitad oriental de la Isla.

Época: la segunda mitad de la década iniciada en 1930.

La ciudad avileña presencia cómo un grupo de “locos bajitos” —en el decir de Serrat— anda en lo suyo: jugar, sin descanso. Puede ser a “los escondidos”, “los quemados” o “ponerle el rabo al burro”.

Pero algunos de los chiquillos no se sienten atraídos por estas variantes lúdicas. Son los que prefieren el llamado “invento de Orlandito”. Se trata de un artefacto consistente en dos latas vacías de conservas, enlazadas por un cordel. Lo que se dice en una de las latas, transmitido por las vibraciones del cordel, se escucha en la otra. Ellos suelen llamarlo “el teléfono”, pero el inventor del aparato prefiere denominarlo “el radio”.

El padre de Orlandito mantenía estrechas relaciones con la CMJO, radioemisora local. Y sucedió que un día un locutor no pudo estar presente para sacar al aire un programa. Una oportunidad para que el niño, de solo nueve años, quedase a cargo del espacio radial.

Aquello fue como una especie de anticipación del futuro.

Pasó el tiempo. Y llegó 1961, año crucial, por muchas razones, en el devenir cubano. Y se crea Radio Habana Cuba, la voz de la Antilla Mayor en el éter mundial.

Entre los fundadores, Orlandito, ahora Orlando Castellanos Molina (Ciego de Ávila, 1930- La Habana, 1998).

Allí crea el espacio Formalmente informal, donde —si se me permite la blasfemia— solo le faltó entrevistar al mismísimo Dios: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz, Camilo José Cela, Alejo Carpentier, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Miguel Barnet, Pablo Armando Fernández, Bola de Nieve, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Frank Fernández… Cuando le preguntaron cuántos habían sido los entrevistados, ripostó: “El dato numérico no lo tengo. Pero creo que, por el programa, por no dejar de pasar, pasó hasta el aire”.

Aquel inspirado laboreo fue copiosamente reconocido: Distinciones Raúl Gómez García y Por la Cultura Nacional, Premio Nacional de Periodismo José Martí, Medalla Alejo Carpentier.

Sus entrevistas tomaron forma de libros: Formalmente informal (1990), Palabras grabadas (1997), Más palabras grabadas (2008).

Este humilde “emborronacuartillas” no puede concluir estas líneas sin expresar una opinión que de seguro nadie discutiría: junto con su colosal desempeño como entrevistador, él hubiera podido asumir la faena del humorista. De los mejores, esos que saben reírse hasta de sí mismos. Vaya a continuación un botón de muestra que prueba lo antes dicho.

Bien conocemos esa manía nacional que resulta un fácil comodín para quienes andan cojos en materia de léxico: enamorarse de una palabra que les resolverá todo, todo, todo.

Tal sucedió con el término “actividad”. Era una actividad el acto del Primero de Mayo o la presencia de Alicia Alonso en el escenario del Teatro Nacional. Y a Castellanos y a muchos más ya les dolían los epiplones cuando observaban tal vicio al expresarse.

Pues bien, andaba Castellanos por no sé qué paraje de nuestra Cuba rural, cuando se tropezó con un grupo de guajiros que iban sobre sus cabalgaduras, en fila india. Le pidió al chofer que se detuviera y preguntó a los campesinos: “Compañeros, ¿qué actividad es ésta?”.

Entonces recibió una respuesta contundente: “Esto no es ninguna actividad, … ¡Esto es un entierro!

Y él narraba el hecho desternillándose de la risa.

Alguien dijo que hablar con Castellanos era una fiesta. Porque, en efecto, fue también un simpatiquísimo cubanazo.

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