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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Rosa eterna

La gran diva cubana realizó una amplia carrera en el cine, la radio y la televisión de Cuba

Aunque hoy le vemos en antiguas grabaciones, en antiquísimas fotografías o gracias a la voluntad de algún director radial volvamos a escuchar su voz, toda Cuba presume de esa vedette que se convirtió en un mito de la cultura nacional. Pudo residir permanentemente en México o Miami, continuar envuelta en ese “halo” de fama inacabable rodeada por periodistas faranduleros atentos a sus declaraciones, actos…

Si bien nació en Nueva York, Rosa Fornés se ancló en La Habana y en esta ciudad de realidades y maravillas, ganó el reconocimiento de un pueblo que veneró su belleza natural, sus dotes para el canto, el baile, la actuación; rió con sus comedias y agradeció cada una de sus entregas en el teatro, la televisión, el cine… Fue declarada como la Mejor Vedette de América, de ella se enamoraron cientos de hombres, fue blanco de envidias, de constantes polémicas… Sin embargo, ella se mantuvo ahí, coherente con su arte, fiel a una tradición y a millones de personas que optaron por llamarla a través de un diminutivo amoroso: Rosita.

“Artista—se puede decir—, lo he sido desde que tuve uso de razón. Yo jugaba cuando era chiquitica con mis amiguitas a que yo era artista y las demás, a lo mejor, hablaban de que ellas eran madres o dueñas de una casa, pero yo era eso, la artista”, así nos confesó la mítica intérprete en el año 2011.

“He cultivado muchos géneros y hay muchos de ellos en los que se debe tener el dominio de un arte más elevado que otro. Gracias a los maestros que tuve desarrollé el género lírico, la zarzuela, la opereta donde hay que salir a representar al personaje y no solamente cantarlo. Claro que debes hacerlo muy bien, colocar correctamente tu voz, pero además debes de actuar, tienes que poner en juego esa cuestión.

“Después de eso, hice mucho teatro dramático, comedias, altas comedias, ligeras y también debuté en México con grandes espectáculos de revista musical donde era la primera figura. Allí tenía que hacer un poco de todo, hasta bailar”.

“Yo he tenido algo que necesita siempre el artista: carisma”, nos dijo la estrella que en décadas atrás fue ovacionada gracias a obras como La viuda alegre, Doña Francisquita, y llevó su arte a los más exigentes teatros del mundo compartiendo escena con otras figuras como La Única, Rita Montaner.

“He tratado en mi carrera y en mi vida artística de hacer las cosas lo mejor posible. He sido también muy crítica conmigo misma, nunca he quedado completamente satisfecha con todo; pude haberlo hecho mejor en un momento dado”.

Cuba también le debe una película a esa Rosa sensual de la que se habla con alegría y nostalgia. Como legado quedaron sus canciones, cada uno de los filmes en los que participó, la enseñanza de ser una vedette con los pies en la tierra, tan diferente a aquellas que se quedaron entre las plumas y las pestañas. Sin dejar el glamour, ella demostró ser rebelde y, entre luces y maquillaje, aquella Rosa lució con orgullo tres colores que la marcaron para siempre: blanco, rojo y azul.

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