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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Taque, donde estés: ¡guárdanos un sitiecito!

En cada instante, jamás la patria esperó por él. Claro, era asunto del mismísimo ADN

Dijo Simone de Beauvoir que la muerte es “una violencia indebida”.

Si lo sabremos quienes vimos a Rafael Taquechel Hernández (Santiago de Cuba, 1942) dar hace unos años el salto irreversible hacia el trasmundo.

Yo, este insignificante “emborrona cuartillas”, comenzó a despedir duelos, con quince años, en su inconmensurable oriente natal. Pero nunca se le planteó un reto semejante a rememorar a este hermano ido.

Porque, ¿cómo encasillar al que ha partido? Su personalidad, escurridizamente inatrapable, plantea un desafío.

Nunca la discutida tv cubana tuvo en su nómina, bajo el rubro “asesor”, a alguien con más valía como para ser incluido en semejante clasificación.

Ser de cultura insondable. A las tres de la madrugada, uno —encasquilla’o en alguna crónica— lo llamaba telefónicamente para saber cuáles habían sido las bajas en la batalla de Las Guásimas. Y él, sin que le temblase un músculo de la cara, te respondía que fueron tales del lado español, y tales en las filas cubanas. (Claro, después me recordaba, amablemente, a la autora de mis días, por haberlo despertado).

En cada instante, jamás la patria esperó por él. Claro, era asunto del mismísimo ADN. ¿No dice ese evangelio del pueblo, el refranero, que “de casta le viene al galgo”? ¿Y que “de tal palo, tal astilla?”. Y El Taque, más que con leche materna, se crió con comunismo a pulso. Ese padre fue decisorio. Juan Taquechel. Un estibador que comenzó liderando, dígame usted, a los obreros portuarios, y nada menos que… ¡en Santiago! Era de los ñángaras tiratiros. Sí, porque fueron su invento ciertas Brigadas de Autodefensa: cuando salían en una manifestación, y la policía balaceaba, ellos hacían lo mismo. Habían ñampios de la’o. Y vaya lo uno por lo otro. Después Juan ocuparía una curul en la corridísima Cámara de Representantes, para defender a los de abajo, a los preteridos, a los ninguneados.

Sí, El Taque resultó fiel seguidor de los genes heredados.

A modo de cierre, dígase que Rafelito fue todo un gentleman (no británico, sino criollísimo, claro está). Sobre todo con las damas. (Quizás por eso siempre se vio tan bien favorecido por ellas, sus hadas madrinas, provistas de celestiales alitas).

 

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